Los jóvenes indocumentados que sientan el llamado del sacerdocio no deben tener temor de decirle ‘sí’ al Señor, solo estar listos para dar ese vital paso, subrayó David Antonio Valencia, quien viajó a México esta semana para formarse en el seminario Santa María de Guadalupe.

David, un joven indocumentado, alienta a los jóvenes -que tienen la misma situación migratoria que él- a abrir sus corazones a Dios porque él siempre abre puertas y sabe adónde les llevará.

Muchos de esos jóvenes tienen miedo de salir del país porque consideran que este es el lugar de las oportunidades y es aquí donde quieren formarse –explicó David-. Mas, cuando uno descubre su vocación no importa adónde vayamos porque uno se convierte en universal, cuando se decide obedecer a Dios.

A los jóvenes les aconseja no ser materialista y hacer las cosas diferentes, ahora que el mundo sufre de una pandemia, sin detenerse en el pasado, y sin tener miedo de abrirse al Señor, porque tienen más que ganar que perder.

En México estudiará, ocho años, en el seminario Santa María de Guadalupe fundado, en 1999, por sacerdotes y obispos de Estados Unidos para formar jóvenes que no han podido estudiar en seminarios norteamericanos y luego –una vez concluidos sus estudios- puedan traerlos de regreso a Estados Unidos.

David Valencia (31) nació en El Salvador en el seno de una familia católica humilde de seis hermanos: Alba Luz, José Miguel, Cristina Guadalupe, Arely del Carmen y Pablo de Jesús. 

Sus padres, Santana (70) e Isidra Valencia (63), se interesaron mucho en darles a sus hijos valores humanos y cristianos. Entonces –dice David- no entendí que nos regalaban la fe y poco a poco fui entendiendo la importancia de Dios en nuestras vidas.

Confiesa que en su adolescencia fue un poco rebelde, pero sus padres tuvieron mucha paciencia en inculcar a sus hijos el ir a la iglesia. Su vida cambió, a los 14 años, cuando asistió a un retiro invitado por un grupo juvenil de su iglesia local.

En ese encuentro con Dios –precisó-, entendí cómo Dios nos ama tanto y pude también entender la fortaleza de ese amor. Salí de ese retiro cambiado y con otra mentalidad. 

Entonces no sabía qué era la vocación, solo que le gustaba lo que hacían los monaguillos, mas no había encontrado alguien que le orientará. “Si uno no es constante esa llamita se va acabando”, señaló.

A propósito de sus padres, dice que siempre soñó con darles una mejor vida por todo el esfuerzo que hicieron por él y sus hermanos. Esa fue la razón por la que emigró a los 18 años a Estados Unidos. 

Ya en suelo norteamericano se sintió, en principio, libre de todo control. Sin embargo, pronto empezó a sentir “un vacío y una soledad tan grande” por no tener a su familia. Empezó a extrañarles y a buscar el refugio de una parroquia para no sentirse solo.

Su primera preocupación fue trabajar, porque tenía que hacer dinero para ayudar a su familia. Con el paso de los años empezó a sentir la necesidad de Dios. Ahora, tiene a 3 hermanos viviendo en Estados Unidos.

En sus viajes por el país siempre sintió que le faltaba algo y no era completamente feliz. Hace un par de años, empezó a preguntarse: “¿Dónde me quiere Dios?”. Sus amigos habían encontrado su vocación y estaban contrayendo matrimonio.

Cuenta que -por intermedio de una amiga- conoció a un grupo de vocaciones y fue así que, en un encuentro vocacional, finalmente se preguntó: “¿Adónde me está llamando Dios? ¿Para qué soy bueno en este mundo?". Y empezó a discernir su vocación sacerdotal por medio de la oración, la Eucaristía y un asesor.

Quiso ingresar a un seminario, pero no pudo hacerlo por su condición de indocumentado. Llamó a todos los seminarios y la respuesta era siempre la misma: que no se podía. Siguió insistiendo diciéndose a sí mismo: “Señor, si esa es tu voluntad, me abrirás puertas”.

Fue así que, en febrero de este año, acudió a un retiro vocacional en el seminario Juan Pablo II, donde, según sus propias palabras: “Allí, Dios me confirmó mi vocación. Luego recibí un correo donde se me pedía reunirme con el director de vocaciones de la Arquidiócesis de Washington. Ese día, sentí una gran alegría porque Dios se estaba comunicando conmigo”.

Ya en la reunión –a él y a otros jóvenes- se les informó lo que podían hacer para ingresar al seminario y la opción de participar en un programa para estudiar en México y, luego después de concluir sus estudios, regresar a Estados Unidos. Un detalle crucial: era importante que los jóvenes invitados estuvieran listos, a lo que él respondió con un rotundo sí.

En abril, le comunicaron que habían abierto el programa para que fuera a estudiar a México. En mayo, le respondieron que había sido aceptado en el seminario.

Luego de vivir la mitad de su vida en Estados Unidos, donde tiene también a la mitad de su familia y de sus amistades, David Valencia viajó esta semana a México con el propósito, luego de finalizar su formación, de regresar para servir al Señor. 

“Siento que Dios me irá confirmando que esta es mi vocación –insistió-. Cuando uno ora con fe, Dios responde y uno tiene que estar listo para responder al llamado del Señor. Y no tener miedo”.

En el proceso de discernimiento, el padre Mario Majano, su guía espiritual, le orientó por dónde ir para saber escuchar la voz de Dios y le enseñó, también, a escuchar esa voz interior que uno puede sentir por medio de la oración.

Antes de arribar a México, David Valencia hará una parada previa en El Salvador para visitar a sus padres, quienes están contentos y listos para recibirle después de 14 años de ausencia.