Durante este mes de junio la Arquidiócesis de Washington va a ser nuevamente bendecida por las ordenaciones diaconales en transición y permanentes, como también la ordenación de 10 sacerdotes, quienes recibirán su ordenación sacerdotal de manos de nuestro arzobispo, monseñor Wilton Gregory, para el servicio pastoral de los feligreses de distintas parroquias de nuestra Iglesia particular. 

El sacerdocio es una llamada de Dios hecha a hombres que gratuitamente reciben el encargo de predicar el evangelio, santificar al pueblo de Dios mediante la celebración de los sacramentos y de cuidar y amar al rebaño a ellos confiado para que, a imagen de Cristo, que no vino a ser servido, sino a servir, puedan abogar y acompañar y traer el don de Dios a las vidas de aquellos que más lo necesitan. 

De esta forma el sacerdocio es ejercido por hombres que, revestidos de la gracia del Espíritu Santo, no vacilan en dar su vida en profunda coherencia de palabra y vida. Confiados a la oración y al acompañamiento de sus propias familias, encuentran después de su ordenación una nueva gran familia que es la Iglesia de Cristo. Todos ellos están llamados a hacer una ofrenda de su propia vida y a esforzarse por configurarse con la imagen del único y Buen Pastor que dio su vida hasta la muerte por la salvación de la humanidad. Dios ama a sus sacerdotes y es su deseo hacerlos santos. Este es un llamado que se recibe en diferentes momentos de la existencia, pero al cual hay que responder en profunda libertad. Recordemos que nadie pide ser ordenado, sino que la iglesia encuentra los candidatos idóneos para llamarles a las órdenes sacerdotales. 

Por tanto, la respuesta al llamado de Dios debe ser asumida en el presente con las cruces y dificultades por las cuales hemos tenido que peregrinar. No podríamos ignorar la cruz pesada que la Iglesia ha tenido que llevar durante el último año, pero la palabra de Dios nos ilumina y nos hacer ver ante esta fecunda ordenación sacerdotal de 2019 que donde abundó el pecado sobreabundó la Gracia. (Romanos 5, 12). Por esta razón no nos debe quedar alguna duda que las tragedias, traen siempre enseñanzas y estas son asumidas por nuevas generaciones que buscan a Dios como a su propio fin, iluminados por la gracia sacramental se encaminan a ser fieles administradores de la misericordia y el amor de Dios. 

Por esto, queridos lectores, es mi deseo pedirles que oren por estos nuevos ministros de la Iglesia, son de Dios y pertenecen a Dios. Amar al sacerdocio es amar nuevamente el sacrificio que Jesús hizo en la cruz hace más de 2.000 años, ellos necesitarán de sus oraciones y de su apertura para poder fructificar en los dones del Espíritu que el día de su ordenación recibirán. Tengamos fe en la providencia de Dios que no abandona a su pueblo en momentos de tribulación, sino que muy por el contrario lo llena de amor y de esperanza. Veamos en nuestros sacerdotes los hombres buenos y generosos que llevan un corazón limpio y que lo ofrecerán a diario en la celebración de la Santa Eucaristía. Ellos son de Dios y de la Virgen María. Digámosle a ella orando por nuestros nuevos sacerdotes: “Bajo tu amparo te los entregamos Santa Madre de Dios, no desprecies las oraciones que te dirijamos por nuestros sacerdotes, antes bien líbrales de todo peligro Oh Virgen gloriosa y bendita”.