Tímidamente, los humanos empezamos a asomarnos a las calles. Al parecer, van quedando atrás los más terribles días de miedo, tribulación, angustia y luto que nos dejó la pandemia por el coronavirus llamado covid-19. Cuando escribo este artículo, las cifras “oficiales” globales dan cuenta de casi tres millones y medio de contagiados, padeciendo en la más absoluta soledad, un millón de recuperados y casi doscientos cincuenta mil muertes en solitario, difuntos anónimos, sin dolientes ni pompas funerarias.

La humanidad entera vivió una situación inusitada e inédita de encierro, de retiro obligatorio, de confinamiento planetario, de cuarentena y asilamiento social como el remedio más efectivo para impedir el contagio, en prevención y cuidado de los dones inestimables de la salud y de la vida.

Esta es la mayor crisis sanitaria de nuestro tiempo que trastocó toda nuestra cotidianidad y “normalidad”, invirtió todas nuestras seguridades, certidumbres y costumbres, produjo la sospecha de los unos por los otros, sacudió nuestras ideas de solidaridad y fraternidad consistentes en estar-juntos, próximos los unos a los otros y produjo una –todavía– incalculable desaceleración económica mundial, manifestada, en primerísimo lugar, en una suma aterradora de desempleos.

Nadie duda que esta pandemia es un hito en la historia de la humanidad y un punto de inflexión para nuestra manera de vivir, de ser y estar en la tierra. Por eso, por estos días todos nos preguntamos cómo volver a lo que se llama ya la “nueva normalidad”. Y aunque la humanidad ha conocido pestes y pandemias, ésta es la que nos correspondió vivir y sobre la quiero compartir aquí unas breves reflexiones que ojalá medien entre el exagerado optimismo de unos, según el cual –pasada la pandemia– el mundo será “nuevo”, “otro” y radicalmente “distinto” al conocido, como si por arte de magia el virus nos convirtiera en mejores seres humanos y el pesimismo fatalista de otros que pregonan desastre, caos, hecatombe y muerte.

En primer lugar, permítanme resumir otra de las evidencias y lecciones que nos deja la pandemia. De repente, descubrimos la inutilidad de las mil cosas que teníamos por importantes y la utilidad de las que valen de veras: una vida con sentido, con dirección, con valores. Porque la pandemia nos enfrenta a la realidad más real según la cual nada vale ni nada cuenta si no hay salud ni hay vida.

Por lo mismo, la pandemia nos enseña que no existen ni la economía ni ninguna otra área de la vida en sociedad sin la salud y la vida, como valores fundamentales de la existencia humana. La pandemia también nos reveló de golpe y crudamente quién es quién en la sociedad. Quién es socialmente útil y quién inútil: porque hoy es más importante ser camillero de un hospital o domiciliario de un restaurante que jugador de fútbol, estrella de cine o charlatán politiquero de pacotilla, a los que tanto culto y pleitesía rendimos. De repente, el personal sanitario y los profesionales científicos –a los que tan poco o ningún reconocimiento social damos- quedaron en la primera línea de la sociedad, en la lucha contra la pandemia

Aprendimos también sobre la condición planetaria y ecuménica de los seres humanos: que somos profunda y universalmente solidarios en el bien y en el mal. Que –literalmente– cuando alguien estornuda en China hay fiebre en el otro extremo de la tierra. Y que nada que interese a un ser humano puede dejar indiferente y ser ajeno al resto de la humanidad. Que como por estos días lo ha repetido el papa Francisco “nadie se salva solo” y que todos compartimos la misma “casa común”.

Aprendimos que aunque la bondad y el altruismo no han desaparecido y se manifiestan por estos días en mil iniciativas de solidaridad con los más desprotegidos de la sociedad coexisten con formas de inconciencia, de egoísmo, corrupción y maldad manifestados por estos días especialmente en la no cooperación y cuidado para no contagiar a otros y en el robo de ayudas gubernamentales para los más pobres.

Si algo desnudó esta crisis sanitaria fue la insuficiencia e incapacidad de la tan publicitada “globalización” y de las instituciones gubernamentales para enfrentarla. Que un problema global ha pretendido ser resuelto con medidas locales. Quedaron, además, al descubierto grandes fisuras y fallas estructurales en el seno de las sociedades, según las cuales las mil formas de inequidad y de injusticia estructurales no pueden continuar.

Nos percatamos también de una ausencia total de liderazgo mundial. Estados Unidos perdió la oportunidad de ejercerlo y los que soñábamos con un nuevo orden mundial multilateral, de golpe nos despertamos literalmente sin norte, sin rumbo, desorientados.

Todo esto, con el peligro de que –con el pretexto de la pandemia– los abusadores en ciertos regímenes y gobiernos de turno se aprovechen de los miedos colectivos para atropellar y conculcar los derechos humanos, las libertades civiles e individuales alcanzadas, con estados de excepción, toques de queda, estados de emergencia para legislar, mayor intervención policial y militar para contener a la población en las calles. Peligro que conduciría desgraciadamente a nuevas formas de autocracias, de autoritarismos, populismos, totalitarismos, dictaduras, proteccionismos, aislacionismos, nacionalismos y xenofobia, que atentarían contra formas de vida social en democracia ya conquistadas.

Curiosa y dolorosamente esta pandemia fue vivida con la ausencia del acompañamiento espiritual de las instituciones religiosas. En sociedades ya abiertamente ateas en las relaciones y estructuras sociales, a cada ser humano le ha tocado resolver solo –en su personal confinamiento– las preguntas más angustiantes y fundamentales sobre el sentido de la vida y la proximidad de la muerte y el más allá.

Pero este no es el fin de la vida humana en la tierra y no puede ser tampoco el fin de la confianza, la solidaridad y la esperanza. Esta crisis ha de procurarnos a todos una nueva y distinta actitud frente a la vida y a los demás. Esta crisis puede significar una oportunidad para que los gobiernos del mundo apliquen nuevos paradigmas en todos los campos de la vida social: la familia, la salud, la educación, el trabajo, la vivienda, los servicios públicos. Esta inconmensurable crisis es una oportunidad sin igual para ajustar valores humanos y sociales, para enderezar la andadura. Ahora se trata no sólo de vencer el virus, sino de vencer nuestras soberbias vanas y los fracasos humanos y globales puestos al descubierto por la pandemia.

Esta crisis nos urge a todos por nuevas formas de cooperación internacional y formas de solidaridad globalizada menos dañinas y más sanas para todos, para que seamos capaces de lidiar con presentes y futuras crisis tales como el hambre, las guerras, el cambio climático, temas estos que involucran también a la entera familia humana.

De la pandemia aprendamos que es falsa la disyuntiva salud-economía. Que en adelante el bien público exige que la economía esté puesta al servicio de la salud de todos. De cómo resolvamos y gestionemos las lecciones que nos deja esta pandemia dependerá –en gran parte– el futuro próximo de la humanidad. El virus no acabara con la desigualdad económica, tampoco con la mala entraña de gobernantes y gobernados. El virus tampoco obrará milagrosamente una mutación en el espíritu humano. Nos salvarán, eso sí, la solidaridad fraterna, la igualdad de oportunidades, el trabajo honesto y la confianza –sin temores ni angustias- en nosotros mismos, en los demás y en nuestras instituciones.

¡Que llegue pronto la vacuna! ¡Que regrese la alegría de vivir! ¡Que la próxima pandemia sea la del amor solidario y fraterno! “Llevadera es la labor cuando entre todos compartimos la fatiga” decía Homero. Y “un viaje de mil millas comienza con el primer paso” dijo Lao-Tse. Pues, ¡Demos el primer paso!

* Mario Paredes es presidente de SOMOS CEO