La celebración del Sínodo Panamazónico ha sido el soplo del Espíritu que necesitaba la Iglesia de la Amazonía para discernir nuevos caminos en su actividad misionera. Fue realmente un “kairós” que se manifestó como un desborde de las aguas del Amazonas en Roma, cuna del cristianismo occidental

La Iglesia de la región amazónica, purificada por estas aguas del Espíritu, retoma con nueva fuerza y con renovada esperanza su misión fertilizadora en la Amazonía. Los pueblos de la Amazonía siempre han considerado a la Iglesia como su más fiel aliada. Desde los comienzos de la evangelización de esta parte del continente, nunca la ha abandonado y menos lo hará en este momento crucial para la vida de esta región y de la humanidad entera. El papa Francisco nos lo recuerda, la Iglesia en la Amazonía “es determinante para el futuro de la zona (Río de Janeiro, 27 julio 2013).”

En esta misión evangelizadora de la Iglesia hoy, el cuidado y la defensa del territorio amazónico y de los pueblos indígenas que lo habitan, se ha convertido en una bandera de lucha que quiere sostener la actividad eco-pastoral de la Iglesia en la Amazonía. El grito de la madre tierra, el grito de la “madre tierra” ha sido escuchado en el Sínodo, pero sigue acuciándonos con su lamento. El espíritu profético de la Iglesia en la Amazonía debe seguir su cauce acompañando a los pueblos de la Amazonía en la defensa del bosque y de los más vulnerables en esta región.

Defensa de la tierra

Recuerdo el día anterior de la venida del papa Francisco a Puerto Maldonado (enero 18, 2018), donde los pueblos indígenas de Brasil, Bolivia y Perú se reunieron en preparación a su visita. Eran más de dos mil personas y estuvieron presentes los obispos representantes de todos los países amazónicos. Los representantes de las diferentes etnias indígenas de estos países tomaban el micrófono para responder a una pregunta: ¿Qué le pedirán al Papa cuando lo vean?  En sus respuestas repetían una y otra vez con emoción la palabra tierra. Denunciaban los abusos que se cometía contra la “madre tierra” y contra ellos, que la cuidaban, y pedían al Papa que los ayudara. Al día siguiente el Santo Padre, en su discurso a los pueblos amazónicos hizo eco de este llamado angustioso en Puerto Maldonado, y dijo que venía para, junto con ellos, “reafirmar una opción sincera por la defensa de la vida, defensa de la tierra y defensa de las culturas”.

El padre Miguel Ángel Cárdenas bautiza a un niño del poblado de Urarina (Perú). Foto/CNS

Para el indígena la tierra es la vida. Defendiendo su tierra defendemos su vida. Podemos decir que la batalla más difícil en la evangelización por una ecología integral en la Amazonía es la de acompañar a los pueblos originales en sus luchas por el derecho a la delimitación, demarcación y titulación de sus tierras.  Está demostrado que son los que mejor cuidan el territorio de la región amazónica. Por eso, cualquier intento de evangelización no será completa ni auténtica si deja de lado aquello que es esencial para que ellos puedan tener una vida digna.

Un hito histórico en la defensa de las tierras indígenas de Brasil, país que abarca más del 60 por ciento del total del territorio panamazónico, ha sido la Constitución Federal de 1988. El obispo de Xingú, Dom Erwin Kräutler, calificó esta Constitución de “copernicana” en términos de la legislación indígena. Esta Constitución, a diferencia de las anteriores, dejó de considerar al indígena como un menor de edad y le dio carta de ciudadanía como al resto de sus compatriotas. Desgraciadamente, la promesa de la demarcación de las tierras indígenas en el plazo de cinco años a partir de la promulgación de la Constitución, se quedó en el papel y nunca se cumplió.

Tecnocrático y globalizado

Esta situación conflictiva se ha acentuado y se ha agudizado en todo el territorio panamazónico. Esto se da en el contexto de las últimas décadas, de la transformación de una economía capitalista a una economía más tecnocrática y globalizada, lo cual ha contribuido a cambiar la perspectiva sobre el tratamiento de la tierra y de la reforma agraria.

Antes se trataba de denuncias y reivindicaciones por enormes extensiones de tierras que no se usaban en las grandes haciendas o latifundios. Esta situación injusta buscaba ser remediada por una reforma agraria con una alianza entre el campesinado y el capital industrial nacional, para convertir las tierras improductivas en productivas y contribuir al desarrollo económico nacional. Pero esta situación ha cambiado y actualmente la banca mundial, las corporaciones transnacionales y el capital financiero internacional están transformando las grandes extensiones de tierra del latifundio improductivo en agro negocios, monocultivos en gran escala y asentamientos mineros.

Esto sucede también en la Amazonía. Así, el problema ya no es el abandono o mal uso de la tierra, sino la pretensión de usarla toda, destruyendo sistemáticamente un integrado complejo ecológico. Se comienza con la tala de los árboles cuyas maderas son más cotizadas en el mercado internacional, después se explota la madera restante y finalmente viene la eliminación total de la vegetación con fines de agricultura industrial o de ganadería extensiva.

En algunos países ha habido una actitud positiva del gobierno al reconocimiento de las tierras comunitarias indígenas dentro de un marco jurídico legal. Sin embargo, esta postura está cada vez más debilitada. Ahora más que nunca son muchas las presiones de grupos poderosos nacionales e internacionales que quieren incidir en la Amazonía de forma directa, en el menor plazo posible y buscando la mayor extensión de tierras para explotarlas. Por lo cual se busca dejar sin efecto o modificar las leyes que protejan las tierras indígenas, para usurpar sus tierras boscosas y dar paso al abuso en la explotación de los recursos naturales de esta región.

Sacerdote visita en canoa diversos poblados del Santarem (Brasil). Foto/CNS

La validez de estas leyes corre un grave peligro ante el número grande de solicitudes de empresas mineras esperando el permiso necesario para apoderarse de alguna tajada de esta torta verde inmensa que es la Amazonía. Sólo en el 2016 existían en Brasil 17.509 procesos mineros (investigación y solicitudes de uso de tierras) que involucran a tierras indígenas (4.181) y unidades de conservación (14.076) en esta región. La explotación minera en tierras indígenas no es permitida en Brasil, pero la regulación de estas tierras depende del gobierno y esto puede convertirse en una tragedia para los pueblos indígenas.

Cáncer de la corrupción 

La lucha por la demarcación de las tierras en la Amazonía está ligada también al problema de la corrupción. La corrupción en Latinoamérica ha causado una llaga grande en el tejido de los Estados y gobiernos, difícil de curar. Es una llaga cancerosa profunda que afecta también a los países amazónicos, acrecentándose la debilidad y fragilidad del cuidado de la naturaleza con este azote moral. El caso Lava Jato y otros casos más, nos hablan de la competencia fiera de empresas transnacionales que descaradamente incluyen en sus proyectos un presupuesto de dinero y regalías para corromper a los intermediarios en la adquisición de los proyectos de construcción de carreteras o de extracción de recursos en todos los países. Esta corrupción a nivel macro se ha generalizado tanto que se ha convertido en un riesgo grande para toda la región amazónica.

Pescador brasileño de Fonte Boa muestra peces al lado del río Amazonas. Foto/CNS

También el extractivismo de los recursos naturales en el modelo tecnocrático va acompañado del sabotaje a los recursos morales de las poblaciones amazónicas. El cáncer de la corrupción busca corroer o quebrar las normas éticas y morales del comportamiento de las personas, en este caso de los que componen las poblaciones indígenas. Efectivamente, la corrupción estimula diálogos entre empresas y poblaciones indígenas, donde la falta de transparencia y la injusticia afecta a las poblaciones locales, con el convivio de sus mismas autoridades. La estrategia del “divide y vencerás” en las negociaciones con la comunidad, es muy común por medio de coimas, promesas y privilegios que benefician solo a la autoridad y a su familia.  En este sentido, las empresas, con la ayuda de estos líderes comunales, buscan apaciguar las demandas o protestas de toda la comunidad ofreciendo muy poco a cambio de lo que desean de las comunidades indígenas como es la construcción de una escuela, de una posta médica o de un campo deportivo.

Profecía y martirio

En el siglo XX los religiosos mártires ahora lo son por la defensa del territorio de los indígenas y como defensores de los derechos humanos de los más pobres.

Dorothy Mae Stang S.N.D. (1931-2005), Doti, como la llamaban, ayudó a los migrantes expulsados de sus tierras del nordeste que venían a la Amazonía, con un Proyecto de Desarrollo Sustentable en Boa Esperança, Anapú, Estado de Pará, Brasil. Fue un modelo exitoso de producción de cacao y por eso muy peligroso a los ojos de la élite económica de la región, hacendados, madereros y traficantes de tierras. Fue asesinada con 6 tiros a quemarropa a la edad de 74 años.

El hermano Vicente Cañas, SJ., “Kiwxí” (1939-1987) vivió con el pueblo “aislado” de los Enawene-Nawe en Mato Grosso, Brasil. Se identificó con esta cultura aprendiendo su lengua, participando en sus rituales, trabajos agrícolas y labores artesanales. Kiwki, como uno de la tribu, luchó defendiendo la tierra sagrada de la etnia Enawene Nawe, codiciada por las haciendas colindantes. Fue asesinado a la edad de 48 años.

Monseñor Alejandro Labaca OFM, Cap.(1920-1987) vivió con el pueblo indígena Huaorani, en Ecuador, por diez años antes de ser obispo vicario apostólico de Aguarico. El grupo indígena Tagaeri en aislamiento voluntario era parte de la etnia Huaroni y estaba amenazado por la expansión de la explotación petrolera en la Amazonía ecuatoriana. Labaca fue enviado junto con la hermana Inés Arango, CTM para ser intermediaros entre el gobierno ecuatoriano y la etnia Tagaeri.  Preocupado por la suerte de esta etnia, había dicho: “Si no vamos nosotros, los matan a ellos”. En el encuentro fueron pronto masacrados por las lanzas de los Tagaeri. Monseñor Labaca había escrito: “Hoy los que trabajan por las minorías tienen que tener vocación de mártires” (Crónica Huaorani, p. 198).

A éstos mártires por la defensa del territorio amazónico se suman muchos otros, los “mártires desconocidos” cuyo número ha crecido en forma alarmante en estas últimas décadas. Difícil dejar de mencionar a “Chico” Mendes (1944-1988) asesinado en Xapurí, estado de Acre, Brasil. Fue un defensor del medio ambiente, y se rebeló contra la tala de árboles de áreas boscosas explotadas sosteniblemente por los “shiringueros”, como él, trabajadores del caucho. Hizo famosa la estrategia de lucha pacífica del “empate” (impedimento, bloqueo), por medio de la cual grupos de 50 a 100 personas se entrelazaban de manos, formando escudos humanos para impedir a los tractores o excavadoras que derribaran los árboles.

Doctrina social de la Iglesia

A veces parecería que existe una falta de compromiso social y político de los laicos acompañados por sus pastores. Y una de las causas parece ser la falta de formación de los fieles bautizados en la doctrina social de la Iglesia. Desgraciadamente muchas veces nos hemos quedado en una catequesis que ha favorecido solamente la dimensión doctrinaria, con una moral personal y centrada en el plano individual. Pero sabemos que nuestra fe no está desligada de los problemas por las que atraviesa la humanidad.

Todo está interconectado. El amor a Dios y al prójimo lo conecta todo.  La caridad, dice el papa Francisco, “no es sólo el principio de las micro-relaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas”. Por eso no podemos ser indiferentes a lo que está sucediendo a esta región de la Amazonía, a sus bosques y a los pueblos originarios que los habitan.

En el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesiaencontramos criterios que nos ayudan a vivir nuestra fe en sociedad. En este sentido se encuentran diferentes tópicos que vale la pena mencionarlos: los derechos humanos, el principio del bien común junto a los principios de subsidiaridad y solidaridad, la familia como protagonista de la vida social, la dignidad y el derecho al trabajo, la autoridad política, el sistema de la democracia, la salvaguarda del medio ambiente, la promoción de la paz, el compromiso de los fieles laicos.

La doctrina social de la Iglesia como parte de la “tradición” de la Iglesia nos ofrece criterios para vivir nuestra fe con una sensibilidad más social, colectiva y ahora ecológica, más en tono con los desafíos de los tiempos en que vivimos. La tradición eclesial es una tradición viva que se va enriqueciendo constantemente. Así, la encíclica Laudato Si, ha aportado mucho a la doctrina social de la Iglesia integrando en su quehacer evangelizador la dimensión de la “ecología integral.”

En la Amazonía, los laicos y laicas tienen mucho que aportar desde el campo social, económico, político y otros campos del saber, para que la Iglesia en esta región pueda convertirse en una Iglesia profética.  "Cristo (...) realiza su función profética no sólo a través de la jerarquía (...), sino también por medio de los laicos” y deberían defender, desde sus propias competencias profesionales, los derechos de la región, del medio ambiente y de las poblaciones que la habitan.

Derecho a consulta previa

Existen acuerdos internacionales suscritos con varios Estados y países amazónicos como es el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo sobre pueblos indígenas y tribales. Este convenio apoya el derecho de los pueblos indígenas a ser consultados sobre sus territorios y a participar efectivamente en las decisiones que les afectan. Más todavía, según este derecho, la consulta con la comunidad debe hacerse en conformidad con sus propias tradiciones y debe tener en cuenta los métodos tradicionales del pueblo o comunidad para la toma de decisiones

Pobladores de diversos poblados de la Amazonía brasileña danzan a la ribera del río Ituqui. Foto/CNS

El Convenio 169 es un mecanismo que ayuda a abordar el problema que plantea el papa Francisco: “cómo conciliar el derecho al desarrollo incluyendo también el derecho de tipo social y cultural, con la protección de las características propias de los indígenas y de sus territorios”. Desgraciadamente, en muchos casos no hay voluntad política para llevar a cabo este diálogo en forma honesta y buscando el bien común. A menudo, el problema mayor de este diálogo o negociación intercultural, es que la empresa forastera o foránea, con una mentalidad occidental y dispuesta a explorar y a explotar el territorio de los pueblos indígenas, confía más en su poder y se cree superior a éstos. A veces ni siquiera intenta comprender a su interlocutor, lo oye, pero no lo escucha y se vale de sus artimañas legales y de la corrupción para poder salirse con la suya.   

Caminar juntos

El Sínodo Panamazónico ha sido, y todavía lo es, como su nombre lo indica, un proceso de “caminar juntos,” y esta vez, comenzando nuevos caminos para la evangelización y de ecología integral en el territorio amazónico. Y este caminar juntos lo debemos hacer acompañando, acompañándonos y dejándonos acompañar en el espíritu profético de nuestra vocación cristiana.

Han sido primeramente los obispos, los pastores encargados de las circunscripciones eclesiásticas de la Amazonía los que, con un espíritu de discernimiento, han dado respuesta en el Sínodo Panamazónico con un documento profético, a la indignación de los pueblos amazónicos.

Al mismo tiempo, los obispos nos invitan a mantener el espíritu profético en la región amazónica de manera solidaria y colectiva. En este sentido, la Red Eclesial Panamazónica (REPAM) ha sido y sigue siendo una instancia de acompañamiento profético; el trabajo que ha desempeñado en la organización de la Asambleas territoriales pre-sinodales así lo demuestra. Estas asambleas no se han detenido en la indignación y en la denuncia apuntando con el dedo y reclamando, sino que también han discernido y han apuntado a nuevos caminos, los cuales el Sínodo ha confirmado.

En este Sínodo pedimos mucho y el Espíritu nos dio con creces. Los resultados así lo señalan. Pero sería ingenuo pensar que las cosas van a cambiar en la Amazonía solamente con unos buenos resultados. No queremos un giro copernicano en la evangelización de la Iglesia de la Amazonía que se quede en el papel. La Iglesia en la Amazonía ciertamente será “una Iglesia con rostro amazónico y una Iglesia con rostro indígena” si es también, al mismo tiempo, una Iglesia profética.

* Pablo Mora SJ, doctor en Teología Pastoral, trabajó en la reparación del Sínodo Panamazónico como oficial del Sínodo de los Obispos en Roma.