Estamos, litúrgicamente hablando, en pleno tiempo de Adviento y muy cerca de celebrar la Natividad de Jesús de Nazaret. Como se sabe, “Adviento” no significa “espera”, como podría suponerse, sino “presencia” o, mejor dicho, “llegada”. Para la fe cristiana en este tiempo litúrgico se anuncia que la presencia de Dios en el mundo irrumpe, de forma plena, con el nazareno. La Iglesia primitiva usó la palabra adventus para indicar que Dios nos ha visitado en Cristo y se ha quedado a vivir entre nosotros, por lo que podemos encontrarlo en nuestra propia historia.

San Óscar Romero, en una de sus homilías pronunciadas en este contexto de Adviento y Navidad dijo: “¡Qué consuelo da saber que Dios va con nosotros en la historia! Al mismo tiempo que se inicia el año litúrgico celebramos ese gran acontecimiento ‘del Dios con nosotros’, como lo anunció el profeta Isaías cuando dijo que una virgen concebiría y daría a luz a un niño que se llamaría así, Emmanuel, Dios con nosotros”.

En esta línea, son emblemáticas y bellas las metáforas empleadas por Isaías al hablar de los cambios radicales que se producen con la llegada del Mesías esperado: “El desierto y la tierra reseca se regocijarán, el arenal de alegría florecerá […] Fortalezcan las manos débiles, afirmen las rodillas vacilantes. Digan a los cobardes: sean fuertes, no teman; ahí está su Dios, que trae el desquite, viene en persona, los desagraviará y los salvará. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como ciervo el tullido, la lengua del mudo cantará” (Is. 35, 1-6). Como vemos, cuando Dios se hace presente entre nosotros, la realidad cambia de forma esencial: los que han sido ninguneados y excluidos, recuperan su dignidad y son empoderados. Es decir, “los últimos son primeros”.

Por eso, en Navidad no solo celebramos el nacimiento de una persona excepcional, sino el surgimiento de una humanidad nueva manifestada en Jesús de Nazaret, en su modo de ser, en su mensaje, en sus actitudes liberadoras. Pero la buena y gran noticia no es solo que en Jesús ha aparecido una Humanidad Nueva, sino que a partir de él se puede construir una Nueva Humanidad. Ya los primeros cristianos experimentaron a Jesús como fuente de vida nueva, por eso después de su muerte y resurrección, prosiguieron su causa y lo consideraron el modelo de ser humano a seguir, más todavía, lo confesaron como “Dios con nosotros”, porque en ese modo novedoso y sorprendente de ser humano, solo puede ser y estar Dios.

Ahora bien, situados en nuestra realidad, ¿qué pueden significar para nosotros estas celebraciones entendidas como un revivir en el presente la esperanza de la humanidad nueva que se revela en Jesús? 

Ante todo, digamos que, para captar este tiempo de salvación y humanización, es preciso “vivir despiertos”. Esta es la primera llamada que se hace en la liturgia de la palabra. Esto significa: no caer en el escepticismo y la indiferencia ante la marcha del mundo. No dejar que nuestro corazón se endurezca. 

Implica, no quedarnos solo en quejas y condenas. Significa vivir con pasión la pequeña aventura de cada día. No desatendernos de quien nos necesita. Seguir haciendo esos pequeños gestos que aparentemente no sirven para nada, pero que sostienen la esperanza de las personas y hacen la vida un poco más llevadera. 

“Vivir despierto” significa conectar con nuestra fe, (fe encuentro con Jesús, fe confianza, fe disponibilidad, fe respuesta, fe seguimiento), buscar a Dios en la vida y desde la vida, intuirlo muy cerca de cada persona. En esta línea, el papa Francisco ha recordado que en Adviento y Navidad “estamos llamados a ensanchar los horizontes de nuestro corazón, a dejarnos sorprender por la vida que se presenta cada día con sus novedades”. Para hacer esto, explica, “es necesario no depender de nuestras seguridades, de nuestros esquemas consolidados, porque el Señor viene en la hora en la que no nos imaginamos. 

Son memorables también en ese sentido, las palabras que dijo el santo Romero durante su última celebración de navidad en el año 1979. Ahí hizo la siguiente exhortación: “Es hora de mirar hoy al Niño Jesús no en las imágenes bonitas de nuestros pesebres. Hay que buscarlo entre los niños desnutridos que se han acostado esta noche sin tener que comer, entre los pobrecitos vendedores de periódicos que dormirán arropados de diarios allá en los portales. Entre el pobrecito lustrador que tal vez se ha ganado lo necesario para llevar un regalito a su mamá o, quién sabe, el vendedor de periódicos que no logró venderlos y recibirá una tremenda reprimenda de su padrastro o madrastra…”.

Tras esas palabras está la convicción de que el Dios cristiano no es un dios descarnado, lejano e inaccesible. Es Dios encarnado, próximo, cercano. Un Dios que contrasta con nuestros esquemas y moldes de pensamiento porque nosotros lo imaginamos fuerte y poderoso y Él se nos ofrece en la fragilidad de un niño débil, nacido en un pesebre (con sencillez y pobreza). Lo colocamos casi siempre en lo extraordinario y sorprendente, pero Él se nos presenta en lo cotidiano, en lo normal y ordinario. Lo imaginamos grande y lejano, y Él se nos hace pequeño y cercano. En suma, el Adviento y la Navidad, nos recuerda que la presencia de Dios no responde siempre a nuestras expectativas, pues se nos ofrece donde nosotros menos esperamos. No lo esperamos, por ejemplo, en cualquier ser indefenso y débil que necesita de nuestra fraternidad y hospitalidad.

(*) Profesor del Instituto Hispano de la Escuela Jesuita de Teología de la Universidad de Santa Clara. Profesor jubilado de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” de El Salvador. Exdirector de YSUCA.