A nadie le es ajeno que vivimos en una aldea global donde, para bien o para mal, lo que le pasa a ‘uno’ repercute en el ‘otro’. La pandemia que nos aflige incide con mayor intensidad que nunca en una inequívoca e ineludible realidad: ninguno de nosotros puede aceptar un mundo donde algunas personas estén protegidas mientras que otras no. Y para vencer ‘enemigos invisibles’, como el nuevo coronavirus, queda solo el camino de la cooperación y la solidaridad. No hay tiempo para proteccionismos y nacionalismos, sino para perfilar un mejor futuro a través de un compromiso internacional, una mitigación del cambio climático y una mayor cooperación económica, que sería lo ideal. Mas, no hay un momento ideal para hacer algo, sino simplemente hacer lo que se tiene que hacer. Por eso, esperar por situaciones ideales para hacer o poner algo en marcha es una ingenua actitud que linda con la negligencia, donde el ‘esperar –como dice el poeta- es nutrirse de un amor vacío’.

¿A qué viene toda esta disquisición? La pandemia del Covid-19, amén de acabar con vidas, de revelar quiénes son esenciales, de destrozar la economía e imponer una ‘nueva normalidad’, ha pisado también a fondo el acelerador de la transformación económica y la automatización que se prefiguraba como algo necesario que sucedería en los próximos seis o diez años. Esa ‘nueva realidad’ ya está aquí: teleducación, teletrabajo y robots que reemplazarían a humanos lo que provoca muchos miedos en la clase trabajadora. La tecnología, sin duda alguna, es y siempre será buena para los que tienen las habilidades requeridas, pero deja y dejará rezagados a los que carecen de ella. A través de la historia vemos como la tecnología ha ido de la mano con el aumento de la desigualdad y la polarización en el mercado laboral, donde muchos trabajadores no cuentan con las oportunidades para mejorar. Los cambios tecnológicos se han venido dando a través del tiempo en progresión geométrica lo que, en otras palabras, nos dice que en el contexto postpandemia será necesario una reinvención que exigirá trabajadores con nuevas habilidades para una nueva economía, donde los más afectados serán los que no tengan habilidades digitales y los que carezcan de capacidad de adaptación. 

Lo señalado nos da una idea de lo imperativo que es educar a nuestros jóvenes, a nuestra comunidad, habida cuenta que la innovación desarrolla nuevas oportunidades, entiéndase entrenamientos en las ocupaciones de mayor demanda y en la identificación de los talentos que las compañías buscan y necesitan. En este aspecto, se hace necesario un tándem ‘gobiernos-compañías’ para no dejar a nadie rezagado. Si algo bueno tiene la crisis, más temprano que tarde, es habernos empujado a la digitalización por necesidad. Los Gobiernos usan la tecnología para comunicar a sus ciudadanos como combatir el nuevo coronavirus; las escuelas, universidades e iglesias continúan sus actividades de manera digital, al igual que la telemedicina y las transacciones digitales.

A diferencia de una economía análoga, en una economía digital todo fluye. Y así como en la economía, los estímulos no son suficientes para restaurar la confianza en la inversión y en el consumidor prestando al futuro para vivir hoy, el gran reto para nosotros es no escatimar esfuerzos de hacer todo lo posible que esté a nuestro alcance para educar a nuestra gente, sin preocuparnos en el costo de hoy, más bien lo que nos costara mañana, sino lo hacemos hoy, y no estar a la espera de situaciones ideales que quizá nunca lleguen. Un gran reto, pero también una gran oportunidad de reinventarnos, de reinventar un nuevo mundo para todos.