Mi bebé de casi ocho meses había despertado a las 5:30am el día en que se anunciaría la decisión acerca del programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA). Normalmente, habría estado presionando el botón para reactualizar mi pantalla esperando que apareciera la decisión, pero aquella mañana en particular, estaba fuera de mi rutina; me sentía medio aturdida y cansada.

Mi marido me dio la noticia y —no lo digo en broma— me sentí como un ciervo encandilado por la luz de un vehículo. Una vez que caí en cuenta y sin pensarlo se me saltaron las lágrimas, lágrimas de alegría y alivio. ¡Era una victoria! Después de años de ataques, de ser usados como fichas de juego, los inmigrantes finalmente conseguíamos una victoria. ¡Alabado sea Jesús!

La Corte Suprema dictaminó (5-4) que la forma procesal en que el Gobierno federal había rescindido el DACA era “arbitraria y caprichosa”, por lo que era preciso restituir el programa y autorizar a los nuevos interesados a presentar su solicitud.

Transcurrida casi una semana, la victoria se va sintiendo cada vez menos como una victoria, y cada vez más como un burdo parche con tela adhesiva sobre una herida sangrante. Quizás nos ayude a llegar a la meta...

Como beneficiara de DACA, naturalmente recibo con agrado este alivio temporal para un futuro incierto. Pero, no me mal interpreten: estoy realmente agradecida por ello. Jesús sabe que ya no daba más; pero también se siente como que el aire llegó comprimido en una bolsa.

DACA no es una solución permanente y nunca tuvo la finalidad de serlo. La única solución real vendrá cuando se promulgue una ley que sea justa, humana y que restaure la dignidad otorgada por Dios a los “soñadores.” Para que quede claro, cabe decir que el término “soñadores” comprende un número mucho mayor de personas que aquellos que realmente califican para DACA.

Pero, seamos realistas, estamos en un año electoral, en el cual el presidente actual presenta nuevamente como plataforma política una retórica anti-inmigrante, y no hay indicios de que pronto vaya a haber una solución legislativa.

De hecho, la administración ya ha dado varias advertencias de que planea volver a rescindir DACA cumpliendo los puntos señalados en la decisión de la Corte Suprema. Aún está por verse que eso vaya a suceder, pero no me hace sentir que la espera haya terminado.

Para complicar aún más las cosas, el Servicio de Ciudadanía e Inmigración de Estados Unidos (USCIS) no ha publicado directrices para los nuevos solicitantes de DACA. Por una parte, algunos defensores y abogados presionan a los nuevos aspirantes a preparar sus solicitudes y me pregunto (sin pretender dar ningún servicio legal), cómo va a funcionar esto, dada la falta de orientaciones y el posible peligro que significa compartir la información personal con USCIS en la situación actual.

Por otro lado, creo que los “soñadores” que no logaron obtener cobertura de DACA por causa de la recensión merecen tener, cuando menos, la misma oportunidad que tuvimos nosotros. Hay que instar al USCIS para que divulgue sus directrices lo más pronto posible.

Pero, además de las directrices, USCIS debe garantizar a todos los beneficiarios y solicitantes de DACA que nuestra información se encuentra segura y que no se entregará al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) de Estados Unidos en ningún momento. Esto es algo que se ha cuestionado una y otra vez a lo largo de los años.

La ironía de que me haya sentido media aturdida y cansada aquella mañana por la noticia es que así es como realmente me siento en general sobre mi travesía como beneficiaria de DACA. ¿Acaso no puede el Gobierno dejar de jugar con mi futuro ahora? (Y no hay que olvidar tampoco a los otros casi 700.000 beneficiarios de DACA).

Quiero celebrar la victoria porque me da un sentido de renovada esperanza: esperanza en la justicia, esperanza en los sistemas de equilibrio, esperanza en la cruz que llevo a cuestas. Pero, el camino de esta cruz particular no ha terminado aún.

Continuaré rezando por aquellos que ostentan el poder, por todos nosotros los afectados por un sistema de inmigración inoperante y, especialmente, por aquellos que sienten que ya no dan más. ¡Ustedes no están olvidados!

(Edith Avila Olea es gerente de políticas en la Illinois Coalition of Immigrant and Refugee Rights en Chicago. Galardonada en el 2015 con el Premio Cardenal Bernardin al Nuevo Liderazgo, Edith tiene una maestría en política pública y una licenciatura en comunicación organizacional.)