En septiembre de 1995 empecé a escribir una columna regular para el periódico católico The Messenger en la Diócesis de Belleville, ¡hace ya casi un cuarto de siglo! Luego, continué la práctica en The Georgia Bulletin durante mi ministerio episcopal en la Arquidiócesis de Atlanta. Preocupado por el tiempo que necesitaría para hacerlo y, francamente, por la posibilidad de no tener más cosas buenas que decir, confieso que originalmente no asumí este compromiso con todo el entusiasmo con que pude haberlo hecho todos esos años. No obstante, en la actualidad, habiendo ya ofrecido unos 700 mensajes, he llegado a apreciar este ejercicio quincenal como un valioso medio para conectarme con el pueblo de Dios en mi diócesis. Así pues, teniendo esto en mente, me complace “retomar el trabajo donde lo dejé” con mi nueva familia de fe aquí en la Arquidiócesis de Washington.  

Lo que he visto y oído será ahora una columna regular en El Pregonero normalmente de unas 600 a 700 palabras. Los mensajes estarán enfocados temáticamente según los acontecimientos, encuentros y actividades en los que yo participe con los fieles de nuestra Arquidiócesis, dando ocasionalmente un paso atrás para ofrecer perspectivas sobre los grandes asuntos que afectan a la Iglesia y al mundo. El título proviene de varias expresiones que figuran en el Nuevo Testamento, como una que hay en la Primera Carta de San Juan [1, 3] y otra en el Libro de los Hechos de los Apóstoles [22, 15], que describe la misión que Ananías le dio a San Pablo de convertirse en el misionero evangélico propio del Señor.

Los temas se escogen con el fin de tratar de ayudar a profundizar la fe de ustedes los fieles e inspirarlos a testimoniar y reflexionar sobre cómo Dios está actuando a través de ustedes, a menudo en forma ordinaria y a través de encuentros regulares de los unos con los otros. En el transcurso de los años he descubierto que estas columnas suelen provocar preguntas y comentarios de los lectores, los que me agrada mucho recibir. A veces las personas están plenamente de acuerdo con lo que he escrito; otras veces hacen excepción de uno o dos puntos. 

Me han dicho que estos artículos son una de las secciones más leídas de los periódicos diocesanos, y estoy convencido de que eso debe ser solo porque permiten entrever lo muy profundamente que dependo de ustedes para inspiración y orientación en mi propia vida y ministerio, aun cuando el contexto no sea el de una consulta formal, sino de una interacción personal simple y providencial. Algunos me han comentado que, a su parecer, estas columnas relativamente cortas son más accesibles que las cartas pastorales más prolongadas, que suelen tratar temas individuales. Sea lo que sea que le llame a usted la atención en esta columna, sepa que estoy agradecido por su presencia y su atención, y especialmente por la oportunidad que el Santo Padre me ha dado de servirles a ustedes. Como escribí en mi primera columna, hace casi veinticinco años, “¡Aquí va!”

Como se pueden imaginar, he recibido muchos excelentes mensajes de bienvenida desde mi nombramiento como su Arzobispo, que en su gran mayoría han sido sumamente amables, alentadores y reconfortantes. Algunos han esbozado detallados cursos de acción para mi consideración. Otros me han recomendado cosas que yo debería hacer o no hacer. Casi todos me han ofrecido fervientes oraciones para mi éxito como su nuevo Arzobispo, y agradezco sinceramente cada una de las promesas de oración y las correspondo de buena gana.  

Uno de esos mensajes en especial me llegó profundamente al corazón. Provenía de un joven de la Escuela Católica San Juan Evangelista de Silver Spring, y simplemente decía: “¡Enorgullece a Jesús!” Con la profunda sencillez e inocencia de un niño, esa nota escrita en una tarjeta sintetizó en forma incomparable, tanto en sus efectos como en su brevedad, las intenciones que muchas expresiones más largas y quizás más sofisticadas han tratado de transmitir.

El ministerio episcopal (y de hecho el de demasiados obispos individuales) nunca ha sido más intensamente examinado ni con tanta frecuencia justificadamente criticado como lo es el día de hoy. Ha habido más de unos pocos momentos en la historia en que los obispos se han visto cuestionados o ridiculizados, muchas veces con razones sólidas y validación específica. Lo que es diferente hoy en día, sin embargo, es la amplia difusión de opiniones y críticas que se publican en los medios sociales, donde cada blog, tuit y posteo es tratado de igual forma y considerado presuntamente cierto. Los cuestionamientos a menudo válidos y los ocasionalmente fabricados que nos llegan quedan instantáneamente disponibles para que cada cual los vea y los juzgue según el prejuicio de su propia tendencia, experiencia e ideología, y permanecen en el ámbito cibernético a perpetuidad. Las sugerencias y los reproches que recibimos también quedan expuestos en forma prominente.

En vista de todo lo anterior, “¡Enorgullece a Jesús!” es sin duda el mejor consejo que pude haber recibido al asumir mi ministerio como Arzobispo de Washington, y nadie pudo haberlo expresado de forma más concisa o perfecta que aquel joven. No olvidaré la exhortación, ni su valiosa e inocente fuente, y no faltaré a mi promesa —como vuestro arzobispo ciertamente, pero sobre todo como su hermano en la fe— de cumplirla siempre.