Uno de los hechos más terribles que ha vivido la humanidad es la destrucción de las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Allí la humanidad se dio cuenta del poder destructor que tenía entre sus manos. En pocos segundos, horas, semanas, el número de víctimas entre las dos ciudades rondaba el medio millón de personas muertas. A continuación, reproducimos algunos fragmentos de cómo el padre Pedro Arrupe cuenta su experiencia en Hiroshima, quien tras llegar a este país asiático en 1938 se puso inmediatamente a aprender la lengua y costumbres japonesas.

El 8 de diciembre de 1941, unas horas después de la entrada de Japón en la contienda, fue arrestado y encarcelado por las autoridades locales bajo la acusación de ser espía. Fue liberado al cabo de unas semanas y al poco tiempo, nombrado maestro de novicios en Nagatsuka, una pequeña localidad situada a siete kilómetros de lo que luego sería el epicentro de la explosión nuclear en el centro de Hiroshima.

Vivencia

Pedro Arrupe recogió en el libro –‘Yo viví la bomba atómica’– sus vivencias del día de la tragedia y los meses posteriores. El 6 de agosto de 1945 se encontraba en una casa con 35 jóvenes y varios padres jesuitas, cuando a las 08:15 horas vio «una luz potentísima, como un fogonazo de magnesio, disparado ante nuestros ojos”.

 Al abrir la puerta del aposento, que daba hacia Hiroshima, “oímos una explosión formidable, parecido al mugido de un terrible huracán, que se llevó por delante puertas, ventanas, cristales, paredes endebles…, que hechos añicos iban cayendo sobre nuestras cabezas”. Fueron tres o cuatro segundos “que parecieron mortales”, aunque todos los allí presentes salvaron sus vidas. Sin embargo, no había rastro de que hubiera caído una bomba por allí.

 Ante ellos se extendía “un enorme lago de fuego” que con el paso de los minutos dejó a Hiroshima “reducida a escombros”. Los que huían de la ciudad lo hacían “a duras penas, sin correr, como hubieran querido, para escapar de aquel infierno cuanto antes, porque no podían hacerlo a causa de las espantosas heridas que sufrían”.

Responder al sufrimiento

El padre Arrupe, que había estudiado medicina, y el resto de los jesuitas improvisaron un hospital en la casa del noviciado. Allí lograron acomodar a más de 150 heridos, de los cuales lograron salvar a casi todos, aunque la gran mayoría de ellos sufrieron los devastadores efectos de la radiación atómica en el ser humano. Más de 70.000 personas murieron el día de la bomba en Hiroshima y otras 200.000 quedaron heridas. A finales de 1945, la cifra de muertos había ascendido a 166.000 personas.

Pedro Miguel Lamet, biógrafo de Arrupe, refiriéndose a cómo esta experiencia lo marcó afirma: “La bomba atómica marca el centro del itinerario espiritual de Pedro Arrupe. Aquel instante eterno en la capilla, frente al reloj parado por la explosión, desata en su interior otro estallido de amor. Pedro transfor­ma la fuerza destructora, que acabó con 200.000 japoneses, en energía para la creatividad.

Arrupe experimentó en Japón lo que en lenguaje oriental se denomina la "iluminación". Una y mil veces repetía: "Lo vi todo claro. Lo veo todo claro. Siempre fui feliz".


Del libro Yo viví la bomba atómica, reproducimos el siguiente relato: Todos quedaban en las afueras de la ciudad, y cuando les preguntábamos qué era en realidad lo que había pasado, nos contestaban con mucho misterio:

-       Ha explotado la bomba atómica.

Y al instante:

-       Pero ¿qué es la bomba atómica?

-       La bomba atómica es una cosa terrible.

-       Que es terrible ya lo hemos visto; pero díganos qué es.

Y terminaban diciendo:

-       La bomba atómica es… la bomba atómica.

Porque ellos tampoco sabían más que el nombre. Era una palabra nueva que entonces entraba por primera vez en el diccionario. Además, saber que era la bomba atómica la que había explotado, no nos ayudaba nada, desde el punto de vista médico, ya que nadie en el mundo conocía sus efectos en el organismo humano; nosotros éramos en realidad los primeros conejillos de Indias de experimentación.

Pero sí nos ayudó, y mucho, desde el punto de vista misionero. Porque nos dijeron:


-       No entren en la ciudad porque hay un gas que mata durante setenta años.


Y entonces es cuando uno parece sentirse más sacerdote, cuando sabe que hay dentro de la ciudad cincuenta mil cadáveres que de no ser cremados, originarían una peste terrible. Además, había ciento veinte mil heridos que curarAnte este hecho un sacerdote no puede quedarse fuera para salvar su vida. Vaticano News