Glenda Ávila (nombre ficticio) empezó a involucrarse en pandillas a los 13 años en la capital, pero gracias al apoyo de organizaciones que combaten la violencia puede escribir una mejor historia de su vida. Ahora ayuda activamente a otros chicos que han tomado malas decisiones y se han desviado del camino para alcanzar un futuro próspero. Se siente útil a la sociedad y se está labrando un mejor porvenir en la universidad.

“Quiero graduarme y ser enfermera”, afirma quien hace pocos años abrió los ojos a un futuro distinto.

Asegura que su inclinación ha nacido desde niña, ya que le tocaba cuidar a sus hermanitos y otros pequeños de su familia cuando estaban enfermos porque su mamá tenía que trabajar.

Pudo notar que en las consultas médicas los doctores no se tomaban el tiempo para conversar con los padres de familia, más bien siempre estaban apurados por atender al siguiente paciente.

“Veía que las enfermeras eran las que pasaban la mayoría del tiempo con los pacientes y eso es lo que yo quiero hacer”, según Glenda. “Quiero estar segura de que los niños sean tratados con el cuidado que se merecen y quiero dedicar tiempo para conversar con los padres”.

Un nido pobre

Glenda creció con su hermana y dos hermanos con las limitaciones económicas de muchos inmigrantes. “Hemos vivido en el mismo apartamento de un solo dormitorio durante los últimos 18 años”, contó hace varios meses en un ensayo solicitado por la organización de apoyo a la familia “Columbia Heights/Shaw Collaborative” en pleno barrio latino de la capital.

Confesó que su madre no tenía más opción que trabajar fuertemente para sostener a la familia. “Trabajaba día y noche para mantenernos y sacarnos adelante lo mejor que podía”, dijo quien es la primera en su familia en graduarse de la escuela secundaria y va a ser la pionera al graduarse de la universidad.

“Quiero que mi madre esté orgullosa de mis logros”, dice Glenda. “No dejaré que pase esta oportunidad para mí, como otros en mi familia”. “Me gustaría -un día- recompensar a mi madre dándole todo lo que ella me dio desde niña”.

Recuerda que creció en un ambiente de mucha violencia. Con frecuencia, sus padres discutían frente a ella y sus hermanos, gritaban, se tiraban cosas e incluso se maltrataban físicamente.

“Pocas veces veía a mi padre, quien iba y venía de El Salvador, y cuando estaba en casa peleaba con mi mamá”.

Reconoce que desafortunadamente, ver esa violencia hizo que uno de sus hermanos se volviera violento. “Él me trataba como si fuera una bolsa (pera) de boxeo y me golpeaba por cosas que nisiquiera yo hacía. Me trataba como si no fuéramos familia, me hacía sangrar, me dejaba moretones... a tal punto que a veces perdía hasta la respiración”.

Claro, todo ese ambiente de negatividad, la empujó hacia las pandillas. “Vagabudeaba por las calles de noche tarde haciendo cosas que no se suponía que debía hacer. Me fugaba de clase para ir a fiestas en hora de escuela, bebía, fumaba... y todo para no pensar en lo que pasaba en mi casa”.

Aprendió a burlarse y acosar a la gente alrededor y siempre estaba dispuesta para pelear con alguien. Era líder de un grupito de chicas en su comunidad a las que todos temían. Se le iban olvidando las cosas positivas de la vida y la relación con su hermano empeoró. “Hubo un momento en que me lastimó tanto que casi tuve que ir al hospital”, contó quien un buen día abandonó su hogar y se fue a vivir a otro estado. “Me alejé de mi casa para alejarme de todo lo que estaba pasando conmigo”, confesó.

Siguió involucrada en actividades negativas hasta que a los dos meses regresó a DC hasta que escuchó que alguien de la comunidad le estaba buscando. Ella era Jasmin Benab, de “Columbia Heights/Shaw Collaborative”, quien presenta talleres dos veces a la semana en las escuelas a chicas envueltas en pandillas. Las muchachas se reúnen con ella después de clase, reciben ayuda con las tareas, escriben poesías, participan en talleres y hasta aprenden a bailar Hip-Hop/Reggae.

Glenda y Jasmin conversaron y esta jovencita decidió ingresar a un programa de liderazgo juvenil, en el cual aprendió a lidiar con asuntos que encaraba a diario y cómo conseguir ayuda.“Lentamente empecé a darme cuenta lo que era mejor para mi futuro”, declaró la ex pandillera.

Jasmin se convirtió en su mentora, la apoyaba día y noche y no se rendía en el esfuerzo por mantenerla en el buen camino. Cuando su hermano se atrevió a golpearla otra vez, la policía se involucró y -por otros cargos- terminó en la cárcel. “Al fin -dice Glenda- pude respirar nuevamente”.

Se dedicó a trabajar en organizaciones comunitarias y desarrollar herramientas de liderazgo, aprendió mucho sobre su vida, la ética laboral, etc. Reconoce que no fue fácil mantener la cabeza en alto y seguir avanzando. Retomó las clases, iba regularmente a la escuela y dejó de pelear.

Hasta un trabajo consiguió en esas organizaciones que le habían ayudado a mejorar. La consigna era desempeñarse como un ejemplo positivo para otras chicas de la comunidad, lo cual era un verdadero reto para una joven que había estado en pandillas.

Entonces, Glenda supo que era el momento de darle un giro a su vida y batallar con el trabajo, la escuela, la casa y la presión de las calles. “Finalmente superé los obs-táculos y me encarrilé”, dijo.

Su hermano salió de la cárcel y nunca más le puso una mano encima porque la joven tiene apoyo y nunca dejará que la violencia doméstica la vuelva a atormentar.

Logró graduarse de la escuela secundaria con distinguidas A y se enorgullece de poder ayudar a los demás y no permitir que su historia se repita en otros jóvenes.

Está aprovechando las becas y otras oportunidades que tiene en la universidad, usando sus conocimientos de español y llevando cuidado de salud a su comunidad. Aspira ayudar a sus familiares con cualquier problema de salud. “Cuando sea enfermera voy a demostrarle a la gente de mi barrio que pude hacerlo y que si ellos se enfocan y se esfuerzan, también pueden lograrlo”.

“Todos merecemos una oportunidad... Y con la influencia y los ejemplos adecuados, ellos pueden hacerlo como yo lo hice”.

Jasmin es gerente de respuesta a la violencia juvenil en la organización de apoyo a la familia “Columbia Heights/Shaw Collaborative”. El eslogan de esta entidad es claro: “Inspirando a jóvenes, fortaleciendo familias, construyendo comunidades”.

La colaborativa ha realizado 35 mediaciones en las calles y 14 campañas educativas. Cuenta con 216 jóvenes involucrados en grupos y talleres, 94 se incorporaron este año, 50 participaron en el programa de empleo de DC y 101 en el programa de desarrollo educacional (GED, universidad o job corps).

La colaborativa está ubicada en 1470 de la calle Irving, en el noroeste de Washington. Para detalles, llame al (202) 319-7599.