La Unidad Interactiva del Diccionario de la Real Academia Española (UNIDRAE), acaba de cumplir su primer año con un balance positivo. (Fotos/Paco Torrente)
La Unidad Interactiva del Diccionario de la Real Academia Española (UNIDRAE), acaba de cumplir su primer año con un balance positivo. (Fotos/Paco Torrente)
Tiene un nombre tan largo que asusta un poco: Unidad Interactiva del Diccionario de la Real Academia Española (UNIDRAE) y acaba de cumplir su primer año con un balance positivo en su tarea de facilitar a los hispanohablantes que sus objeciones y sugerencias para modificar el idioma sean escuchadas y, en su caso, aceptadas.

"La lengua es de todos y un diccionario es siempre una obra perceptible, por lo que estamos abiertos y solicitamos el concurso de nuestros lectores y usuarios, de toda la comunidad de hablantes" para mejorarlo, explica el secretario de la Real Academia Española (RAE), Darío Villanueva.

Esta colaboración, que ahora se canaliza a través de UNIDRAE, ya ha dado sus frutos. Una de las primeras sugerencias que llegaron a esta unidad supuso el cambio de las definiciones de palabras tan comunes como "champú" y "loción", además de una revisión del campo semántico de los productos cosméticos y de higiene.

DE CHAMPÚ A MANGA

El origen de todo ese cambio fue una mujer colombiana residente en Australia, quien hizo notar a la RAE que un champú no era una loción para el cabello, como figuraba en el diccionario, sino un jabón.

"Es extraordinariamente gratificante ver que la gente se interesa por su idioma", señala Villanueva, para quien el caso de esta hablante es "una prueba clara" de que el español es una lengua global. "Esta señora sigue pensando en español y le manda a la Real Academia de la Lengua Española en Madrid una sugerencia, que es muy acertada y hace que mejoremos el diccionario".

Otro caso con mayor repercusión en los medios fue el de "manga", en referencia al cómic japonés, acepción que fue incorporada hace un par de meses a la versión electrónica del DRAE y cuya definición, "género de cómic japonés de dibujos sencillos, en el que predominan los argumentos eróticos, violentos o fantásticos", cayó muy mal entre los seguidores de este género, al considerarla no ajustada a la realidad.

En apenas dos semanas los expertos analizaron el caso y rectificaron la definición de "manga" por la de "cómic de origen japonés". Villanueva insiste en que la academia está dispuesta a "reconocer errores o desenfonques que se hayan producido en artículos como estos y está dispuesta a corregirlos".

Hace ahora un año que se creo UNIDRAE, pero antes la academia ya recibía las sugerencias de los hablantes, aunque no de una manera sistematizada. "Antes esas propuestas y sugerencias llegaban por diversos conductos y no había un proceso regular para atenderlas", pero ahora "todo esto está perfectamente ordenado", señala el secretario.

La UNIDRAE ha recibido en un año 288 comunicaciones, la mayoría por correo electrónico (245), según su primer informe, y Villanueva indicó que están "muy satisfechos" porque les permite "tomarle mejor el pulso a la opinión de los usuarios sobre el Diccionario" y que estos sepan que su aportación "no va a caer en saco roto".

PALABRAS CON NOMBRE Y APELLIDO

Pero Villanueva recuerda que "la decisión final" corresponde a la Real Academia, que es la responsable del diccionario. "La academia no engaña a nadie, hay propuestas que son muy razonables y otras que no son viables y se llega a esa conclusión después de estudiarlas".

Así, recuerda el caso de un hispanohablante residente en Estados Unidos que les propuso usar la palabra "desmuerzo" (como unión de desayuno y almuerzo) en lugar de la inglesa "brunch". Pero la academia "no es una fábrica de palabras ni un laboratorio de experimentación lingüística".

Si una persona quiere promover una palabra y "consigue que los hablantes la acepten, no cabe duda que acabará incorporándose al diccionario". Y no es tan difícil como puede parecer pues "hay palabras que tiene un origen absolutamente individual".

Villanueva recuerda el caso de "mileurista", que se usa en España para describir la situación de las personas que ganan mil euros al mes. Este término tiene una inventora, Carolina Alguacil, que lo usó en 2005 en una carta al director de un periódico en la que se definía como tal y desde ahí su uso se generalizó en todo el país y se ha mantenido en el tiempo.

José Ortega y Gasset también inventó una palabra que hoy forma parte del lenguaje diario. Se trata de "vivencia", que el filósofo ideó para traducir un término alemán y que ha llegado a nosotros gracias a su uso.

Las sugerencias y aportaciones al diccionario surgen, sobre todo, de personas individuales. "El idioma es de todos y son tan dueños (los hablantes) cada uno de ellos como nosotros también lo somos".

Sin embargo, Villanueva advierte sobre la tentación de querer hacer un diccionario de palabras asépticas. "El idioma no es políticamente correcto y por lo tanto el diccionario no puede serlo".

"Nosotros usamos las palabras para ser buenos pero también para ser canallas, utilizamos las palabras para agradar pero también para ofender. Utilizamos palabras bonitas y elegantes y utilizamos palabras obscenas y groseras. Si un diccionario censurara lo obsceno, lo grosero y lo canalla sería -dice el secretario- un diccionario pacato y un diccionario verdaderamente censurado. Eso es absurdo, no tiene ningún sentido".