El papa Francisco extiende su mano en la Plaza San Pedro para permitir que una paloma pueda descansar antes de retomar su vuelo.  Foto/VN
El papa Francisco extiende su mano en la Plaza San Pedro para permitir que una paloma pueda descansar antes de retomar su vuelo. Foto/VN

Con las palabras que Jesús sugirió que usaran sus discípulos en misión comienza el Mensaje del Santo Padre para la 52ª Jornada Mundial de la Paz que se celebrará el próximo 1° de enero, y que ha sido firmado en la Ciudad del Vaticano el pasado 8 de diciembre. “Dar la paz –escribe el papa Francisco– está en el centro de la misión de los discípulos de Cristo. Y este ofrecimiento está dirigido a todos los hombres y mujeres que esperan la paz en medio de las tragedias y la violencia de la historia humana”.

El Santo Padre explica que la “casa” mencionada por Jesús es cada familia, cada comunidad, cada país y cada continente, con sus características propias y con su historia”. De modo que se puede decir que casa es sobre todo “cada persona, sin distinción ni discriminación”. Naturalmente, también es nuestra “casa común”: el planeta en el que Dios nos ha colocado para vivir y al que estamos llamados a cuidar con interés”.

El Papa escribe que “la paz es como la esperanza de la que habla el poeta Charles Péguy; es como una flor frágil que trata de florecer entre las piedras de la violencia”. Sí, porque como escribe, “sabemos bien que la búsqueda de poder a cualquier precio lleva al abuso y a la injusticia”. De ahí que la política sea “un vehículo fundamental para edificar la ciudadanía y la actividad del hombre”, si bien cuando quienes los que se dedican a ella “no la viven como un servicio a la comunidad humana, puede convertirse en un instrumento de opresión, marginación e incluso de destrucción”.

Asimismo, recuerda que el papa San Pablo VI subrayaba: “Tomar en serio la política en sus diversos niveles – local, regional, nacional y mundial – es afirmar el deber de cada persona, de toda persona, de conocer cuál es el contenido y el valor de la opción que se le presenta y según la cual se busca realizar colectivamente el bien de la ciudad, de la nación, de la humanidad”.

En cuanto a la función y la responsabilidad política, el Pontífice recuerda que “constituyen un desafío permanente para todos los que reciben el mandato de servir a su país, de proteger a cuantos viven en él y de trabajar a fin de crear las condiciones para un futuro digno y justo”. De manera que su la política se ejerce en el respeto fundamental de la vida, la libertad y la dignidad de las personas, “puede convertirse verdaderamente en una forma eminente de la caridad”.

Francisco recuerda además las palabras del papa Benedicto XVI, cuando afirmó que “todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la polis”. A lo que añadía que “el compromiso por el bien común, cuando está inspirado por la caridad, tiene una valencia superior al compromiso meramente secular y político”. Y que “la acción del hombre sobre la tierra, cuando está inspirada y sustentada por la caridad, contribuye a la edificación de esa ciudad de Dios universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana”.

El Papa afronta asimismo los vicios que tampoco falta en el ámbito político y que se deben tanto “a la ineptitud personal como a distorsiones en el ambiente y en las instituciones”.

Por eso afirma que “estos vicios, que socavan el ideal de una democracia auténtica, son la vergüenza de la vida pública y ponen en peligro la paz social: la corrupción – en sus múltiples formas de apropiación indebida de bienes públicos o de aprovechamiento de las personas  – la negación del derecho, el incumplimiento de las normas comunitarias, el enriquecimiento ilegal, la justificación del poder mediante la fuerza o con el pretexto arbitrario de la ‘razón de Estado’, la tendencia a perpetuarse en el poder, la xenofobia y el racismo, el rechazo al cuidado de la Tierra, la explotación ilimitada de los recursos naturales por un beneficio inmediato, el desprecio de los que se han visto obligados a ir al exilio”.

El Pontífice destaca que “cuando el ejercicio del poder político apunta únicamente a proteger los intereses de ciertos individuos privilegiados, el futuro está en peligro y los jóvenes pueden sentirse tentados por la desconfianza, porque se ven condenados a quedar al margen de la sociedad, sin la posibilidad de participar en un proyecto para el futuro”. Mientras cuando la política “se traduce, concretamente, en un estímulo de los jóvenes talentos y de las vocaciones que quieren realizarse, la paz se propaga en las conciencias y sobre los rostros”. Además de que – como escribe – “la política favorece la paz si se realiza, por lo tanto, reconociendo los carismas y las capacidades de cada persona”.

La paz se basa en el respeto de cada persona

Ésta es la razón – añade Francisco – por la que reafirmamos que el incremento de la intimidación, así como la proliferación incontrolada de las armas son contrarios a la moral y a la búsqueda de una verdadera concordia”. Por eso no duda en afirmar que “no son aceptables los discursos políticos que tienden a culpabilizar a los migrantes de todos los males y a privar a los pobres de la esperanza”.

El pensamiento del Pontífice también se dirige “a los niños que viven en las zonas de conflicto, y a todos los que se esfuerzan para que sus vidas y sus derechos sean protegidos”. Por eso recuerda que en nuestro mundo, “uno de cada seis niños sufre a causa de la violencia de la guerra y de sus consecuencias, e incluso es reclutado para convertirse en soldado o rehén de grupos armados”. De ahí que el “testimonio de cuantos se comprometen en la defensa de la dignidad y el respeto de los niños” sea sumamente precioso para el futuro de la humanidad. Vaticano News