El padre Cantalamessa ofrece su última predicación de Cuaresma en preparación a la Pascua. En el centro se observa la presencia del papa Francisco. Foto/VN
El padre Cantalamessa ofrece su última predicación de Cuaresma en preparación a la Pascua. En el centro se observa la presencia del papa Francisco. Foto/VN

Este viernes en la Capilla Redemptoris Mater del Palacio Apostólico, el padre Raniero Cantalmessa ofreció su quinta y última predicación de Cuaresma ante la presencia del papa Francisco y los miembros de la Curia Romana. El tema elegido este año ha sido “Vuelve a ti mismo”, inspirado en el pensamiento de San Agustín, para continuar su reflexión iniciada en Adviento sobre el versículo del Salmo que reza: “Mi alma tiene sed del Dios vivo”.

“Dios ha elegido lo que es necio para el mundo para confundir a los sabios”. Así se titula esta reflexión ofrecida por el predicador de la Casa Pontificia, quien comenzó recordando que en el Nuevo Testamento y en la historia de la teología hay cosas que no se entienden si no se tiene en cuenta un dato fundamental, es decir, el de la existencia de dos enfoques diferentes, aunque complementarios, hacia el misterio de Cristo: el de Pablo y el de Juan.

En efecto, Juan y Pablo – dijo el padre capuchino – ofrecen dos reflexiones diferentes acerca de la fe en dos momentos históricos diferentes. Una dicotomía que se compone y que ayuda a comprender el Nuevo Testamento y la historia de la Teología, superando el “error fatal” de ver una división “en el origen mismo del cristianismo”. De ahí la importancia de “tener en cuenta esto para comprender la diferencia y la complementariedad entre teología oriental y teología occidental”:

Las dos perspectivas, la paulina y la joánica, aunque fusionándose juntas – como vemos que sucede en el Credo Niceno-Constantinopolitano – conservan su distinta acentuación, como dos ríos que, confluyendo uno en otro, conservan durante un largo trecho el distinto color de sus aguas. La teología y la espiritualidad ortodoxa se basan predominantemente en Juan; la occidental – la protestante más aún que la católica – se basa principalmente en Pablo. Dentro de la misma tradición griega, la escuela alejandrina es más joánica, la antioqueña más paulina. Una hace consistir la salvación en la divinización, la otra en la imitación de Cristo.

Juan y Pablo: dos miradas diferentes sobre el misterio

Dos miradas sobre el misterio de Cristo desde dos enfoques diferentes y reflejando dos momentos históricos diferentes.

La peculiaridad de esta visión joánica salta a los ojos si la comparamos con la de Pablo. Para Pablo, en el centro de atención no está tanto la persona de Cristo, entendida como realidad ontológica; está, más bien, la obra de Cristo, es decir, su misterio pascual de muerte y resurrección. La salvación no está tanto en creer que Jesús es el Hijo de Dios venido en la carne, cuanto en creer en Jesús “muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación”. El acontecimiento central no es la encarnación, sino el misterio pascual.

El padre Cantalmessa se refirió al “Cristo de Pablo que cambia el destino de la humanidad en la cruz”. Y citando la Primera Carta a los Corintios que introduce “la novedad en la acción de Dios”, dijo:

El Apóstol habla de una novedad en el actuar de Dios, casi un cambio de ritmo y de método. El mundo no ha sabido reconocer a Dios en el esplendor y en la sabiduría de la creación; entonces él decide revelarse de modo opuesto, a través de la impotencia y la necedad de la cruz. No se puede leer esta afirmación de Pablo sin recordar el dicho de Jesús: “Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11,25).

Tras recordar que el Papa Benedicto XVI, en su encíclica “Deus Caritas Est”, muestra las consecuencias que tiene esta distinta visión a propósito del amor. El Predicador dijo que “Dios se ha manifestado en la cruz, sí, ‘bajo su contrario’, pero bajo lo contrario de lo que los hombres han pensado siempre de Dios, no de lo que Dios es verdaderamente. Dios es amor y en la cruz se produjo la suprema manifestación del amor de Dios por los hombres. En cierto sentido, sólo ahora, en la cruz, Dios se revela ‘en la propia especie’, en lo que le es propio”.

También aludió al teólogo medieval bizantino Nicolás Cabasilas quien nos proporciona la clave mejor para entender en qué consiste la novedad de la cruz de Cristo cuando escribe: “Dos cosas dan a conocer al amante verdadero y le aseguran el triunfo sobre el amado: hacerle todo el bien que le es posible y tolerar por su amor los más terribles tormentos”. Vaticano News