La vida de la inmigrante salvadoreña Dinorah Hernández (38) ha sido cuesta arriba. Con osadía cruzó dos veces sola la frontera, superó los reveses de ser indocumentada y el dolor de ser víctima de violencia doméstica. Ya fortalecida, dice que los esfuerzos valieron la pena porque ahora está contenta con sus tres hijos -uno de ellos autista- y a punto de convertirse en ciudadana estadounidense.

Dinorah cruzó  ilegalmente la frontera en 1995 a sus 16 años. "El viaje fue de un mes y medio, doloroso y triste. Recuerdo que cuarenta inmigrantes cruzamos en lancha de Guatemala a México de noche por el mar".

Igualmente arriesgado fue el ingreso a Estados Unidos, por Arizona. Pasó tres noches en el desierto caminando bajo la guía de los llamados 'coyotes'. "Desde que uno sale de su casa es un sufrimiento sin palabras, pero valió la pena", subrayó Dinorah hace pocos días.

No estaba llegando al paraíso soñado. Quedó embarazada de su pareja y él no quería al niño por nacer, decía que era de otro, consumía alcohol y drogas, le pegaba. "Ya no aguanté más y me regresé a El Salvador estando embarazada".

Después de que naciera su hijo en su tierra natal, la pareja se reconcilió y la joven emprendió nuevamente la odisea de cruzar sola la frontera a sus 22 años. Como pagó 7.500 dólares a los traficantes de personas, pues la aventura duró mucho menos: siete días.

Esta joven madre entró a México escondida en el compartimiento del aire acondicionado de un autobús. Avanzó hacia la frontera con Estados Unidos escondida en el compartimiento de las maletas de otro bus y luego tuvo que caminar tres días por el desierto otra vez.

Ya unida al padre de su hijo, reconoce que todo era felicidad. Se casaron e iniciaron el trámite para que ella y el niño tuvieran estatus migratorio legal. El pequeño llegó en avión y otro niño venía en camino, de modo que la familia de cuatro estaba feliz.

Poco duró porque su esposo empezó otra vez a abusar de ella. "Durante mi tercer embarazo, un día llegó borracho, me golpeó delante de los dos niños y en la pelea llegó a cortarme la respiración", dijo Dinorah de un hombre que incluso le echaba la culpa de que la niña de ambos fuera autista.

En medio del abuso físico, verbal y emocional, esta residente de Gaithersburg, Maryland, tenía mucho miedo de denunciar a su agresor porque él la tenía amenazada de muerte. Hasta que un día los vecinos llamaron a la policía y se llevaron al abusador, pero la familia se quedó sin casa porque no había quien pagara la renta.

Esta madre inmigrante trabajaba en un restaurante y poco a poco logró salir adelante sola con los tres pequeños. Se divorció (a lo cual la Iglesia Católica no se opone en este tipo de casos de abuso doméstico) y buscó ayuda en el Centro Católico Hispano de la Arquidiócesis de Washington. Así solicitó un perdón ante las autoridades de migración, hizo el trámite de cambio de estatus migratorio y conseguió su residencia permanente a través de la ley VAWA. Al año recibió su tarjeta de residencia permanente.

La ley federal VAWA (Violence Against Women Act) permite hacer un ajuste de estatus migratorio a víctimas de violencia doméstica cuando el abusador es residente o ciudadano. Esposo/a, padres e hijos de ciudadanos, igual que esposo/a e hijos de residentes pueden ampararse en este recurso sin que el agresor lo sepa.

Como ya tiene cinco años con la green card, Dinorah va a someter este mes su solicitud para convertirse en ciudadana estadounidense, al igual que su hijo mayor. "El Centro Católico es todo para mí", dijo quien limpia cuartos en un hotel. "Siempre hay esperanza, hay que tener fe y pedirle a Dios que aparezcan ángeles que le ayuden a uno".