Kevin Cruz, estudiantes de Don Bosco Cristo Rey, Takoma Park, orgullo de estudiar en una escuela católica. Foto/ Jaclyn Lippelmann
Kevin Cruz, estudiantes de Don Bosco Cristo Rey, Takoma Park, orgullo de estudiar en una escuela católica. Foto/ Jaclyn Lippelmann
La decisión de matricular a un niño en una escuela católica le   corresponde a los padres de familia, pero con el paso de los años los muchachos van cimentando una opinión propia y valoran la importancia de tener una formación espiritual que comulgue la adquisición de nuevos conocimientos. Hace unos días, con motivo de la “Marcha por la Vida”, coincidieron en Wa-shington estudiantes de diversas partes del país, quienes no dudaron en expresar su orgullo de ser católicos.
Para Luis Pancorvo, estudiante de la       escuela St. Cecilia Academy, Nashville (Tennessee), la esperanza de poder ayudar a construir una   sociedad basada en valores cristianos lo alienta a seguir estudiando y le entusiasma la idea de ser ‘factor de cambio’ en el mundo. “Mis amigos que estudian en escuelas publicas siempre dicen que quieren ser profesionales  y ganar mucho dinero, pero casi nunca mencionan como pueden ayudar al prójimo. La escuela católica te permite una visión    distinta de todo”.
Any Lorenzetti, alumna del Holy Trinity High School, Chicago (Illinois), dijo que en un principio las exigencias académicas de las escuelas católicas le parecían exageradas, pero poco a poco fue entendiendo que su preparación escolar no solo era para llegar a la universidad, sino para servir a los demás. “De niña no entendía muchas cosas, pero ahora que me faltan dos años para terminar la escuela, entiendo la importancia de darle un sentido cristiano a las cosas, de soñar en un mundo más solidario y justo que tenga    a Dios en el centro”.      
La familia de Tom Sotomayor, estudian-te del Bishop Machebeuf, Denver       (Colorado), siempre ha preferido que todos sus integrantes se formen en escuelas católicas y los resultados hasta el momento han sido altamente positivos. “Yo me siento orgulloso de mi escuela, de mis profesores, de los sacerdotes que son mis guías espirituales y de todos aquellos que me enseñan a ver el mundo de una manera distinta al resto de los jóvenes. Entender a los inmigrantes no es fácil, comprender porque existe pobreza no es simple y trabajar por los más pobres es un compromiso que nadie puede eludir”.
John Marcano, alumno del St. Paul, Bristol (Connecticut), quien de niño vivió en República Dominicana, también se muestra orgulloso de estudiar en una    escuela católica y de saber que en unos años tendrá la opción de ayudar a cambiar el mundo. “Cuando uno ve la pobreza, el hambre y el abandono moral en el que viven miles de niños en el mundo, es cuando entienden muchos pasajes del Evangelio. Yo quiero ser doctor para ayudar a los que no tienen nada”.        
Kevin Cruz, estudiante de Don Bosco Cristo Rey, Takoma Park (Maryland), es de la opinión que el mundo solo podrá cambiar si todos hacemos la parte que nos corresponde, tanto en el plano in-telectual como de fe. “Yo vengo de una familia inmigrante y entiendo perfectamente la importancia de tener una buena educación. También sé que tengo que cumplir con mi rol      de católico practicante a favor de la comunidad. Gracias a la formación espiritual recibida en mi escuela yo ahora tengo una visión distinta del mundo”.