Doctor William Kelly, hematólogo y oncólogo en Hospital Holy Cross de Silver Spring, MD. (Fotos/cortesía/W. Kelly)
Doctor William Kelly, hematólogo y oncólogo en Hospital Holy Cross de Silver Spring, MD. (Fotos/cortesía/W. Kelly)

¿Nos importa?  Quiero decir, ¿de verdad nos importa? ¿Tanto como para hacer algo al respecto?  ¿Por nuestros hermanas y hermanos?

Escuchen lo que pasó ayer: estaba apurado, en camino, para llegar a la clínica a la una, cuando me llama el médico del hospital:

—“Dr. Kelly, ¿podría atender a esta señora rapidito?  Tiene mieloma. No se preocupe. Ya tiene un oncólogo. Pero está con mucho dolor y quiero asegurarme de que no tenga una compresión medular. ¿Podría darle una miradita?”

—Seguro.

Está obviamente muy adolorida.  Aparenta ser más joven que sus 65 años. Parece que se ha aferrado a una cuota de respeto a sí misma. Siento que trata de no ocupar mucho de mi preciado tiempo.

Habla poco inglés, pero estoy acostumbrado y puedo unir los datos cruciales.

Es de Honduras (¿o Gua-temala?) y hace 38 años que vive aquí. A mi modo de ver, esto le da por lo menos derechos (de okupa).
Le pregunto si puede llamar a su hija por teléfono.

Me cuenta que su madre fue a Proyecto Salud en septiembre. Le dijeron que seguramente tenía mieloma y la derivaron a un hematólogo. Finalmente fue atendida en noviembre, y le dijeron que necesitaba un trasplante de médula ósea que le costaría unos 4 000 dólares. Por supuesto, no tenía el dinero, así que la dejaron sin diagnóstico ni tratamiento. También la atendieron en la sala de urgencias del Sibley y en el Hospital Adventista de Washington, en donde le dijeron que tenía mieloma múltiple y que necesitaba ver a un hematólogo. (En ese momento pensé: “Ahora ya tienes uno”).

Además me cuenta, que, mientras el dolor empeoraba, y sus huesos se des-hacían, seguía yendo a trabajar de noche, a limpiar la iglesia.

¡Señor, ten misericordia de mí!

En el ínterin, entra su otra hija al cuarto y, por alguna razón —quizás por ser el momento  oportuno—, me parte el alma pensar que esta señora es la Madre de Alguien. Me doy cuenta de que si está fuera mi madre, o tu madre, o la madre de Trump, no aceptaríamos este trato. En realidad, esto jamás les pasaría a nuestras madres. En este instante, al contemplar su mirada, no puedo sacarme de la cabeza que ella es la Madre de Alguien.

Después de atender a mis pacientes, vuelvo a su cuarto para conocer a la hija y repasar lo que hay que hacer. Me cuenta sobre su madre y el horrible calvario sufrido. La joven ha vivido aquí 28 de sus 34 años de vida. Es inteligente, elocuente y positiva. Me cuenta lo duro que ha sido para ellos, que pareciera que a nadie le importa. A este punto, ambas tienen lágrimas en los ojos, y yo me esfuerzo por contener las mías.

Me conmueve de una manera que nunca antes había sentido. Ella puede ver que estoy indignado. No de una manera agresiva, sino más bien queriendo hacer algo al respecto.  Le digo que espere, que tengo que hacer una llamada.

Emily es nuestra enfermera creativa, la que decora el piso de oncología cuando se acercan las fiestas para levantar los ánimos. Yo la llamo nuestra “enfermera de manualidades”. Le digo que necesito un cartel para la puerta que diga “Sala VIP”, en rojo, blanco y azul. Se ríe y dice: “Dr. Kelly, usted está loco”.

—Sí, lo sé. —respondo.

Repasamos el plan y me tengo que ir. Me disculpo, pero tenemos mucho trabajo por delante. Llamo al radiólogo intervencionista para que haga el procedi-miento en la médula. Sabe que nadie le va a pagar por el trabajo, pero no menciona el tema. Sé que no le importa. Listo, rápido y sin dolor. Yo escribo una nota poco profesional:

¡IMPORTANTE!  ESTA PACIENTE TIENE UNA ENFERMEDAD GRAVE. HA ESTADO POR TODOS LADOS Y NADIE HA HECHO NADA. EL PLAN ES COMENZAR DESDE CERO. NO DEBE SALIR DEL HOSPITAL HASTA QUE TODO ESTÉ HECHO.

Después llamo a Husain. Él es el hombre detrás de la escena que hace que las cosas sucedan. Le digo: “Husain, quiero que consigas Revlimid de Celgene gratis”. A lo cual responde: “Sí, jefe”.

Unos minutos más tarde me dice que el pedido ha sido aprobado. Por unos minutos amo a esta grande y odiosa compañía farmacéutica.
Costo: 128.666 dólares por paciente estadounidense por año.

El Revlimid de Celgene ($CELG) no solo tiene una posición clave en la lista de los fármacos más caros, un 6% más que el año anterior, sino que ha sido la base del éxito de Celgene. El año pasado, generó 4.28 mil millones de dólares para la empresa, un aumento del 13.7%, que representa el 66% de los ingresos totales de la empresa.

¡Sí! Otra victoria para el equipo Robin Hood.

Bien, ya falta poco. Un comentario más. A Hazzel, a quien llamamos nuestra “Trabajadora Social para Casos Especiales”. Es de El Salvador y conoce el sistema. Sabe exactamente lo que necesitamos. Consigue lo que puedas. En estos casos, nunca sabemos en dónde encontraremos ayuda. Pero también sabemos que, si no nos rendimos, siempre podremos conseguir lo que necesitamos.

Hay una persona más a quien tengo que ver. Holy Cross es ese hospital sobre la carretera de circunvalación, con la cruz en uno de sus lados. La cruz no está solo para decoración. Se ocupan de todos. Esto es posible gracias a la Asistencia Médica Trinidad, las Hermanitas de los Pobres y la Iglesia Católica. La cara detrás de esto es la hermana Rachel. Sé que ella quiere enterarse de esto. A la hermana nunca le tengo que explicar nada. Ella sabe exactamente por qué estoy ahí, por qué le estoy planteando esto, y lo que necesito de ella. Necesito su apoyo. No es mi dinero el que estoy regalando. Me voy sabiendo que, como siempre, haremos que las cosas funcionen.

¿A dónde te has ido, Charles Dickens? Una nación vuelve su triste mirada hacia ti.

* Hematólogo/Oncólogo en el Hospital Holy Cross, Silver Spring, Maryland, 20910.