Peregrinos de diversas partes del mundo observan las imágenes de los papas Juan Pablo II, Francisco y Juan XXIII 
en el Vaticano. (Foto/CNS/ Paul Haring)
Peregrinos de diversas partes del mundo observan las imágenes de los papas Juan Pablo II, Francisco y Juan XXIII en el Vaticano. (Foto/CNS/ Paul Haring)
Ya celebramos la canonización de nuestros dos queridos papas Juan XIII y Juan Pablo II, y los medios de comunicación nos abarrotaron con datos biográficos y anécdotas curiosas sobre sus vidas y ministerios.

Mas, yendo un poco más en profundidad sobre los aspectos que muchas veces no son “noticia”, pero que son parte fundamental de la “Buena Nueva” del Evangelio, podemos encontrar en la vida de estos santos aspectos que nos ayudarán a comprender el por qué de su ascensión a los altares.

Sin pretender hacer una lista extensiva de las razones de sus canonizaciones, quiero centrarme en algunos aspectos que podrían ser llamados su “legado a la humanidad”:

San Juan XXIII, el Papa bueno

Angelo Giuseppe Roncalli, nació el 25 de noviembre de 1881 en Sotto il Monte, cerca de Bérgamo. A la edad de 77 años fue elegido Papa y, a pesar de su avanzada edad, demostró que no era un Papa de transición, sino de cambio, ya que con su alegría y bondad se supo ganar rápidamente el respeto y cariño de todos. Su propósito en el pontificado pronto fue claro para todos: poner al día la Iglesia, adecuar su mensaje a los tiempos modernos enmendando pasados yerros y afrontando los nuevos problemas humanos, económicos y sociales.

Escribió siete encíclicas, entre ellas Mater et magistra (1961), donde enfatiza la dignidad individual como base de las instituciones sociales, y Pacem in terris (1963), que exhortó a la cooperación internacional por la paz y la justicia, y al compromiso de la Iglesia a interesarse por los problemas de toda la humanidad. En 1960 creó el Secretariado para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, con contactos con la Iglesia ortodoxa, con los líderes protestantes, con el Consejo Mundial de las Iglesias, amén de fomentar el diálogo con los judíos.

Se inclinó claramente por la paz, el diá-logo, el ecumenismo, y la misión de la Iglesia. El amor por la tradición de la iglesia y el conocimiento de su constante necesidad de renovarse dio paso al Concilio Vaticano II, idea suya, que, preparado y abierto, nos dejó la herencia viva de sus enseñanzas, que estimulan a los creyentes a pasar de una Iglesia separada del mundo, cerrada y a la defensiva como una ciudad amurallada contra sus adversarios, a una iglesia viva en la fe, cercana a los hombres y deseosa de contribuir al bien de todos.

Con el Concilio Vaticano II, Juan XXIII se proponía, según sus propias palabras: "Elaborar una nueva Teología de los misterios de Cristo, del mundo físico, del tiempo y las relaciones temporales, de la historia, del pecado, del hombre, del nacimiento, de los alimentos y la bebida, del trabajo, de la vista, del oído, del lenguaje, de las lágrimas y de la risa, de la música y de la danza, de la cultura, de la televisión, del matrimonio y de la familia, de los grupos étnicos y del Estado, en suma, de la humanidad toda". Una tarea de titanes, que aún hoy en día, 50 años después del Concilio, estamos realizando.

El papa Francisco canonizó a Juan XXIII por la actualidad de su ejemplo y su enseñanza. El testimonio de vida cristiana del Papa Bueno, la coherencia con la que enseñó y cómo vivió con fidelidad cotidiana su vocación, la urgencia de una renovación evangélica para despertar a la Iglesia, su intuición pastoral hacen de él “un faro luminoso para el camino que nos espera", como precisó el papa Francisco.

El papa Francisco subrayó en la vida de Juan XXIII, la nota de la obediencia. Fue un hombre de gobierno, un conductor, pero un conductor que se dejó conducir por el Espíritu. Fue la obediencia evangélica, no tanto un programa genial ideado por sí mismo, la fuente de un pontificado que marcó la segunda mitad del siglo XX.

A Juan XXIII se le pidió un último sacrificio, partir a la casa del Padre, sin haber culminado la travesía del Concilio. Murió el 3 de junio de 1963 en el Vaticano.

San Juan Pablo II

Nació el 18 de Mayo de 1920 en Wado-wice, sur de Polonia. Elegido pontífice, el 16 de octubre de 1978, rompiendo con la tradición de más de 400 años de Papas italianos.

Desde el comienzo de su pontificado, realizó 95 viajes pastorales fuera de Italia, y 141 por el interior de este país, lo que le valió el apelativo del Papa Viajero. Entre sus documentos principales se incluyen: 13 Encíclicas, 13 Exhortaciones apostólicas, 11 Constituciones apostólicas y 41 Cartas apostólicas. El Papa también publicó dos libros: "Cruzando el umbral de la esperanza" (octubre de 1994) y "Don y misterio: en el quincuagésimo aniversario de mi ordenación sacerdotal" (noviembre de 1996).

El primer Papa polaco, Juan Pablo II era un "hombre de oración". En él el deseo de perfección se manifestaba tan fuertemente que lograba tener siempre despierto el espíritu a través de la oración incesante y la escucha meditada de la palabra de Dios. La Eucaristía constituía el centro de su vida. Su fe profunda y la confianza en la ayuda divina en los eventos críticos de la vida, como también el total abandono en la ayuda materna de la Virgen María, se manifestaban con particular fuerza en los momentos de oscuridad, como, por ejemplo, después del trágico atentado de 1981 o durante la dura prueba del avance de la enfermedad. Agradecía siempre y atribuía a Dios los méritos por todo don recibido.

Su primer lema "¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!" pronunciado durante la celebración de apertura del ministerio marcó su programa durante su largo pontificado, permaneciendo vivo en los corazones de los fieles aun después de su muerte.

Sostuvo el anhelo de libertad de los pue-blos oprimidos por los diversos regímenes y totalitarismos, afirmando la dignidad inviolable de todo ser humano.

Promovió y vigorizó el diálogo ecuménico, buscando la unidad y la paz en la viva esperanza de un futuro de plena comunión con los hermanos separados. Su diálogo y amistad con judíos y musulmanes han abierto este camino hacia la unidad de forma eminente.

Un signo extraordinario de su esperanza fue la confianza que depositó en los jóvenes, esperanza de la Iglesia. Las Jornadas Mundiales de la Juventud y sus múltiples alocuciones y mensajes a los jóvenes dejan claro su anhelo de una Iglesia renovada también con la fuerza, anhelos y vigor de los jóvenes.

Dio de comer y de vestir a los necesitados, cuidó de los mendigos, se preocupó por la suerte de sus parientes ancianos, compartió el dolor de los sufrientes, destinó para ellos dinero propio, visitó a los enfermos y a los presos. Además, instruyó, aconsejó a los desorientados de corazón, ofreció el propio perdón a quién atentó contra su vida y a cuantos lo habían ofendido, soportó con paciencia a las personas que eran con él más hostiles, y en los últimos años el peso de la enfermedad, que fue minando poco a poco sus apariciones en público, hasta su muerte el 2 de abril de 2005.

Realmente aún tenemos mucho que comprender de la vida y ministerios de estos dos Papas. Por ahora, llenémonos de alegría que estos dos santos serán dos grandes luces que iluminarán nuestro camino como Iglesia, y que, por su intercesión, como dice la oración a San Juan Pablo II: “Desde la ventana del Cielo”, nos donen su bendición.

* Párroco de la iglesia de San Marcos el Evangelista.