La cruz es un lugar de encuentro con Jesucristo. (Foto/archivo)
La cruz es un lugar de encuentro con Jesucristo. (Foto/archivo)
En estos tiempos privilegiados de gracia, !cuánto aprovecharía una mirada al calvario y cuestionar el lenguaje de la cruz! ¿Cómo interpretarlo? ¿Cómo entenderlo? De las muchas posibles citas bíblicas que pudiesen ayudarnos en la interpretación, señalamos la de San Pablo en su Primera Carta a los Corintios (1,21-25):

“…pues ya que el mundo no reconoció a Dios en las obras de su sabiduría, Dios quiso salvar a los que creen por medio de la locura que predicamos… Porque la locura de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios es mucho más fuerte que los hombres”

Les quiero invitar al Monte Calvario, pero no en un Viernes Santo propiamente. Les quiero invitar a ese monte dos o tres años después de la Resurrección, aun después de la ascensión del Señor. Imaginémonos, que más que la tumba vacía, aquel monte se convirtió en el lugar preferido de reunión de María Santísima, los apóstoles y demás discípulos. No sabemos la historia de aquellos primeros creyentes seguidores de Jesús. Sí claro, tenemos los Hechos de los Apóstoles, un recuento a largos rasgos de las experiencias de los primeros años. Quisiera invitarles a que nos imaginemos lo que el Nuevo Testamento no nos relata.

Sería posible imaginarnos:

• a unos discípulos acongojados cuando la Virgen María se les desapareció; no hubo un cuerpo que venerar ni enterrar… ¿no creen que ellos fueron allá de nuevo al Calvario?

• cuando Lázaro por fin murió de nuevo… ¿no fueron al Calvario a recordar el milagro de su inesperada resurrección?

• ¿no fue allí que fueron los familiares de la hija de Jairo, la suegra de Pedro cuando éstas murieron?

• cuando las esposas de los apóstoles se sintieron confundidas y solitarias por los quehaceres del ministerio de sus maridos... ¿adónde creen ustedes que fueron?

• ¿adónde acudieron, sino fue al Calvario, cuando les expulsaron de la Sinagoga… cuando surgieron los primeros conflictos, las primeras dudas si todo aquello valía la pena?

La cruz es el lugar adonde la vida nos lleva a todos. La cruz es el lugar de encuentro, el primer pensamiento que viene a la mente de todos en los momentos de muerte, de dolor, de tragedia. “¡Que cruz!”, exclamamos. La cruz es la llave que cabe en toda cerradura, la que abre todos los corazones. Es ese último pedacito de pieza que completa el rompecabezas de nuestra vida. Es el lugar preferido de la humanidad cuando se descubre y se confiesa inepta, incapaz, desprovista de redención, de liberación. Es el símbolo más creíble, más común y conocido de toda la Cristiandad. Aun así, permanece un símbolo de contradicción. Es ahí que nos abrimos a la muerte para poder seguir viviendo.

La locura de Dios se resume en la cruz, siendo el emblema que traduce el amor del Padre… “Tanto amó Dios al mundo que nos dio su propio Hijo… (Jn 3,16). Locura es todo aquello que está fuera de lo normal y lo normal usualmente se mide por lo que es el entendido común en el comportamiento humano. El lenguaje de la cruz se traduce como locura cuando nosotros los creyentes decidimos actuar de acuerdo a las enseñanzas del Evangelio:

• actuando con honradez en transacciones financieras

• diciendo la verdad a pesar de las consecuencias

• siendo fiel al cónyuge, no importa lo seductora de la situación oportuna

• manteniendo la castidad; valorando la virginidad aunque sea una aberración moderna

• mordiéndonos la lengua ante la crítica y el comentario inapropiado

• relacionándonos con apertura, simpatía y sensatez a pesar de las diferencias políticas

• gozándonos de los éxitos y logros de los demás, especialmente los más antipáticos

• abrazando la caridad como prioridad en todo comportamiento

• superando el racismo endémico que todavía se da solapadamente entre nosotros

La debilidad de Dios se hace evidente cuando caemos en cuenta que el discipulado, ese costoso seguimiento de Cristo, está fundamentado, no en la fuerza de carácter del individuo, sino en su debilidad. (“…cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Corintios 12,10). En lo concreto de la vivencia cristiana, la debilidad nuestra se demuestra cuando:

• nos hacemos vulnerables ante la voluntad de Dios… aunque no nos sea conveniente

• asumimos el riesgo de la relación humana con los que juzgamos indeseables

• nos arriesgamos a confiar en la Divina Providencia como obedientes a sus designios

• admitimos culpa y nos humillamos pidiendo perdón

• no contestamos insultos con insultos

• somos víctimas de una injusticia, discrimación, rechazo, acusación falsa

En la cruz perdimos a Dios y ahí también es donde lo encontramos con mayor claridad, con mayor persuasión de vida, con resonancia impactante ante nuestra condición humana. En contemplación meditativa, ahí en la cruz es donde se constata su enseñanza: “…porque tuve hambre…, porque tuve sed…, estuve desnudo…, estuve enfermo, en la cárcel…, fui forastero, …cuando lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, conmigo lo hicieron”. (Mt 25,35-45)

Delante de la cruz, entremos en el silencio de nuestras heridas y traiciones. Deja que tu silencio te grite… “¡Crucifícalo, crucifícalo! Mira a tu alrededor. Contempla tristemente la indiferencia con que la gran mayoría de la humanidad sigue viviendo hoy en día. Es en lo profundo de nuestro corazón que el lenguaje de la cruz grita, con jadeos de muerte, la locura y debilidad que continúa adelantando la esperanza de todos nuestros sueños, aspiraciones, alegrías e ilusiones.

“Cuerpo llagado de amores,

yo te adoro y yo te sigo;

yo Señor de los señores,

quiero partir tus dolores

subiendo a la cruz contigo”

(Oficio Divino, Laudes, Viernes Santo)