Un cartel  en la Plaza de San Pedro muestra la imagen de Jesús acompañada de Juan Pablo II y Juan XXIII durante la reciente misa de canonización de ambos papas. (Foto/CNS/ Paul Haring)
Un cartel en la Plaza de San Pedro muestra la imagen de Jesús acompañada de Juan Pablo II y Juan XXIII durante la reciente misa de canonización de ambos papas. (Foto/CNS/ Paul Haring)
Es necesario, pues, reconocer que estamos muy lejos de la vida de estos dos hombres santos, quienes, por su misericordia, nos alientan y nos llaman a ser santos dándonos –con su ejemplo de vida en santidad– la fuerza para continuar respondiéndole desde nuestro camino de imperfección. Por tanto, si nos abrimos a la acción de Dios y de su Espíritu Santo podremos trabajar en nuestra santidad personal a imagen y con las enseñanzas de la vida de estos dos santos pontífices que amaron a Dios y a su Iglesia.

Cuál sería el legado de San Juan Pablo II: Él dijo a sus colaboradores más cercanos en múltiples ocasiones que le gustaría ser recordado como el “Papa de la vida” y el “Papa de las familias”. Desde el inicio de su pontificado, en 1978, exhortó a reflexionar acerca de la verdad del hombre que no es otra que la proclamación de Cristo Redentor.

San Juan Pablo II desarrolló una teología del cuerpo humano y –como la existencia del ser humano es el resultado del amor de Dios y el plan trazado por el Creador desde un principio– de hacerlo realidad en el seno de una familia. Por tanto, amamos con el amor que es fruto del encuentro con Dios en la oración y estamos dados, por vocación, a compartirlo con quienes nos rodean.

San Juan Pablo II amó profundamente a los jóvenes, vio en ellos el futuro de la Iglesia y el futuro de la humanidad en este tercer milenio de la Cristiandad. Convocó durante su pontificado los encuentros mundiales de la juventud y se dirigió a millones de jóvenes invitándoles a ser generosos con Cristo, abrir las puertas de par en par a Cristo, con valentía y con generosidad, para edificar una sociedad basada en la voluntad de amar y servir.

San Juan Pablo II nunca olvidó a los pobres, a los marginados, a los inmigrantes y refugiados. Enseñó que el sacramento del amor cristiano radica en el corazón del hombre y cómo este debe ser permeable a los sufrimientos del prójimo. Oró por una sociedad más humana y mi-sericordiosa que enseñe y conduzca a las nuevas generaciones a vivir la solidaridad que es una acción que, más que dar, radica en el darse.

Sus últimos años de vida fueron una cruz en el dolor, sabemos que los aceptó con profunda humildad y resignación al encontrarse él mismo ante la misericordia y el amor de Dios. Así, amando la cruz de Jesucristo hasta el fin de su vida fue el último testimonio de la existencia de este santo para todos los que experimentamos la fragilidad del cuerpo humano.

En los últimos días previos a su muerte, no pudo volver a hablar y desde su silencio nos invitó a hacer un gran acto de fe de la presencia de Dios en su vida. Por esta razón al final de su funeral la multitud que participó en la Plaza de San Pedro clamó: “Santo Súbito, Santo ahora.”

San Juan Pablo II experimentó un gran amor hacia María Santísima a quien amó y consagró su ministerio sacerdotal, pero también la imitó en la contemplación, en la oración y la disponibilidad infinita ante la voluntad de Dios. En sus visitas pastorales alrededor del mundo, María Virgen fue reconocida en todas sus advocaciones. Es importante notar sus 5 visitas a México y su especial devoción a María de Guadalupe como la gran evangelizadora de nuestras culturas y nuestros pueblos. Para él, la Virgen Guadalupana es el camino de unidad en la fe en Jesucristo para los pueblos y culturas del hemisferio americano.

San Juan XXIII es un Santo que procede de un origen humilde y sencillo. Siempre se le conoció como el Papa bueno y también como el Papa reformador que le devolvió la alegría a la Iglesia. Un Santo que se dejó llevar por la acción del Espíritu Santo y contemplando los signos de su tiempo, decidió dar una respuesta a las oportunidades y retos que se le presentaron en su momento, mediante la convocación del Concilio Vaticano II.

Grandes reflexiones acerca de la misión y el papel de la Iglesia se hicieron durante su pontificado. De manera especial y constante hizo referencia a la solidaridad con las naciones más pobres del mundo, como también una expansión de la evangelización de la Iglesia en los continentes de África y Asia.

Fue un Papa con una visión global y universal, trabajó en la internaciona-lización del Colegio de Cardenales, dirigió sus exhortaciones no tan solo a los fieles de la Iglesia, sino que en cuestiones de responsabilidad social, de la paz y el desarrollo en pro de los pobres sus escritos fueron dirigidos a todos los hombres de buena voluntad.

El Santo Juan XXIII nos deja el legado de la alegría que produce trabajar por el Reino de Dios aquí en la tierra, su buen humor, su percepción y sensibilidad en los más sencillos detalles referentes a los más necesitados del amor de Dios, esta virtud siempre le acompañó en su vida sacerdotal hasta el final de su peregrinación en este mundo.

Es importante recordar que a los Santos les tenemos no tan solo como intercesores, pero también debemos con valentía seguirlos e imitarlos en su testimonio de vida. A los santos Juan Pablo II y Juan XXIII les imitaremos cada vez que nos preocupemos por estar unidos en la oración con Jesucristo, cuando miremos al otro con los ojos de Dios y así podamos descubrir en los mismos el rostro de su Hijo amado quien sufrió por nosotros.

Si optamos por el amor y el respeto de la dignidad de la persona humana y nos preocupamos que cada ser humano en este mundo tenga una familia en donde pueda ser formado en la oración y así experimentar el amor de Dios y el valor de una cultura de la vida, así seremos hombres y mujeres que buscan a Dios en la imitación de las virtudes de estos grandes santos quienes ya nos preceden en el Cielo y moran en la presencia de Dios.

* Vicepresidente de Caridades Católicas de la Arquidiócesis de Washington.