Imágenes oficiales de la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II difundidas por el Vaticano en todo el mundo. (Foto/CNS)
Imágenes oficiales de la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II difundidas por el Vaticano en todo el mundo. (Foto/CNS)
Dos Papas, Juan XXIII y Juan Pablo II, han sido añadidos y oficialmente reconocidos por la Iglesia como extraordinarios en la vivencia de las virtudes humanas y cristianas. Pero, ¿cuáles son esas virtudes por las que la Iglesia les declara modelos de vida cristiana?

Empecemos por San Juan XXIII, conocido como el “Papa Bueno.” Ese título popular habla por sí mismo. El papa Juan XXIII era realmente un hombre de naturaleza bondadosa, una buena persona, conocedor del sufrimiento humano, muy cercano a la gente de su tiempo y que supo abrazar como padre a la humanidad entera.

Durante su pontificado, JXXIII quiso adecuar el mensaje doctrinal de la Iglesia Católica a su tiempo vivamente marcado por rápidos cambios sociales y culturales. Con esa finalidad escribió varias encíclicas y convocó el Concilio Vaticano II, concilio ecuménico que cambió el rostro del Catolicismo, adaptó la Iglesia a los nuevos tiempos (fenómeno conocido como “aggiornamento”) y acercó intensamente la Iglesia a las realidades del hombre nuevo, anticipándose, en cierto modo, al fenómeno de la “globalización” que tan marcadamente viene afectando y transformando nuestra sociedad.

Su alma sencilla le ayudó a experimentar la presencia de Dios en su vida de un modo muy particular, escribiendo un libro donde expresa su experiencia espiritual de Dios y que ha sido fuente de inspiración para muchos: “Diario de un alma.” El Papa Bueno canonizó a tres santos, entre ellos, a San Martín de Porres, el primer santo de color de América.

De la vida de Juan Pablo II, más comúnmente conocido como el “Papa Viajero,” todos sabemos, porque todos hemos sido testigos del legado de su vida y de su largo pontificado. Hombre de gran capacidad intelectual, fe grande y fortaleza física que le permitió, igualmente, hacerse presente y muy cercano en la vida y dificultades de tantas personas de todo el mundo, lo que le llevó a visitar, nada menos que, 129 países durante el tiempo que ocupó la silla de San Pedro convirtiéndose en el gran “Mensajero de la Paz.” Juan Pablo II realizó 483 cano-nizaciones y beatificó a 1.340 beatos en un deseo de manifestar la posibilidad de alcanzar la santidad en la realización de las obligaciones ordinarias de la vida. Igualmente, en su deseo de mostrar su cercanía y amor por las generaciones más jóvenes y más vulnerables de nuestra sociedad, creó en 1984 las “Jornadas Mundiales de la Juventud.”

Es evidente que ambos pontífices llevaron a cabo una obra extraordinaria en el cumplimiento del Ministerio Petrino, saliendo al encuentro de los hombres y mujeres de su época de un modo extraordinario y con una entrega total al servicio de la Iglesia Universal.

Ambos Papas fueron protagonistas del Concilio Vaticano II, Juan XXIII lo convocó mientras Juan Pablo II participó muy activamente durante su desarrollo. Tanto Juan XXIII, en su sencillez paternal, y Juan Pablo II, en su dinamismo evangélico, fueron almas misericordiosas y sufrientes que desearon hacer del mundo un lugar mejor, más de Dios.

Ambos pontífices fueron cristianos enraizados en la fe y devoción mariana, llevando a cabo su misión evangelizadora de la mano de la Madre de Dios a quien siempre ofrecieron un lugar primordial, “Ad Iesum per Mariam,” “A Jesús a través de María,” escribiría primero Juan XXIII en su libro “Diario de un alma”, expresión ésta, después, frecuentemente repetida por Juan Pablo II.

Dos Papas, dos santos, dos razones para creer que todo cristiano puede y debe encontrar oportunidades para la santidad personal en los acontecimientos más normales de la vida.

* Párroco de la Iglesia Santa Rosa de Lima en Gaithersburg, MD.