El papa Francisco se prueba un solideo (‘zucchetto’) obsequiado por el estudiante de Teología de la Universidad Católica de América, Ajani Gibson (extrema izq.), quien es de New Orleans. (Foto/CNS)
El papa Francisco se prueba un solideo (‘zucchetto’) obsequiado por el estudiante de Teología de la Universidad Católica de América, Ajani Gibson (extrema izq.), quien es de New Orleans. (Foto/CNS)
Muchas y variadas son las advertencias que se nos ofrecen en la disciplina de la vida cristiana. El Evangelio de Jesucristo el Señor es el fundamento de todo el llamado a esa disciplina. Lo complementa, por supuesto, toda la revelación de las Sagradas Escrituras y la experiencia vivida por la misma Iglesia, conocida como la tradición. Según los estudiosos del comportamiento, el ser humano se deja guiar por una “filosofía” o sea, un modo de pensar, sentir y vivir la vida. Cada quien defiende su derecho a vivir su vida a la luz de lo que le place. De ahí, la distinción entre los discípulos de Jesús y los demás.

Nuestro tema hace referencia a una advertencia que necesita explicación. En septiembre 24 del año pasado, el papa Francisco nos escribió una carta apostólica titulada “La Alegría del Evangelio” (Evangelii Gaudium), que ha causado sensación. Se podría decir que esta exhortación ha marcado las características de su pontificado. Desde su elección, el papa Francisco no ha medido palabras cuando desea expresar su ilusión de una Iglesia de los pobres, con los pobres y para los pobres. Se ha atrevido a explicar renglones de una pastoral eclesial que confronta estilos poco evangélicos y anquilosados. “El pastor debe de oler como sus ovejas”, dijo, insistiendo en un encajamiento del sacerdote con el pueblo a quien sirve. En otra analogía genial, el señala que la Iglesia debe de ser “como un hospital de campaña en medio de un campo de batalla”. Estas expresiones se encuentran en una entrevista que fue publicada por la “Civitta Catolica”, revista de los jesuitas en Roma.

Pero volvamos a la explicación de nuestro tema. En el número 83 de esa carta apostólica, el Santo Padre se expresa de esta manera: “Se desarrolla la psicología de la tumba, que poco a poco convierte a los cristianos en momias de museo.

Desilusionados con la realidad, con la Iglesia o consigo mismos, viven la constante tentación de apegarse a una tristeza dulzona, sin esperanza, que se apodera del corazón como «el más preciado de los elíxires del demonio.” ¡Imagínense la descripción de lo que la Iglesia actual refleja! ¿Es así como nos sentimos? ¿Es así como otros nos ven?

Al comienzo de esta Cuaresma, nos ayudaría grandemente, reflexionar en estas palabras de nuestro Santo Padre. Confrontémonos en cada uno de estos conceptos:

La tumba – imagen que evoca designio inescapable; el final de la vida; ya no existe alternativa para el ser humano; no existe la esperanza, no existe posibilidad de continuidad en el proceso de conversión, de cambio personal; la muerte tan temida ha prevalecido; el monumento que se erige en nombre del difunto/a es como una huella perpetuada en piedra. La vida del ser humano se origina en la oscuridad de un vientre y termina en la oscuridad de una tumba.

Momias de museo – una momia es una reliquia del pasado; es la muerte fosilizada, hecha figura de espectáculo como fenómeno poco usual; simboliza la inactividad con que el creyente pudiese estar viviendo su vida cristiana, al grado que traiciona todo el llamado bautismal hacia el testimonio y el discipulado. Un museo es lugar de antigüedades inertes, sin vida, sin motivación. Existen obras de arte que valen una millonada, pero son tesoros intocables. Nuestros templos y parroquias corren el riesgo de ser museo de momias si no tienen ni dan vida. Se cantan las mismas canciones cansadas de 40 años atrás a modo aburrido y propias de un sepelio. Los feligreses no se conocen ni les interesa formar una comunidad con efervescencia de energía evangelizadora y alegría fraternal. El sacerdote pudiese estar reflejando un ministerio que ha perdido la unción y pasión.

Desilusionados con la realidad, con la Iglesia, o consigo mismos - ¿Cuál es la realidad que identifica a la Iglesia en estos tiempos difíciles? No se tendría que entrar en grandes detalles del por qué de la desilusión. La modernidad arrastra a los fieles hacia un materialismo y consumismo vacío de Dios. La reputación de los líderes religiosos ha desmejorado tanto que han caído en descrédito. Se desmoraliza el pueblo a tal grado que cae en la inercia del conformismo. “Lo mismo del año pasado”, pudiese ser la actitud, como decía el bo-rrachito al oír el antiguo sermón de las Siete Palabras. La desilusión ocurre cuando las expectativas de los feligreses creyentes no se cumplen. Se espera que los ministerios laicales florezcan; que los grupos pa-rroquiales le añadan vitalidad, energía a la comunidad; que las Liturgias sean motivadoras de gozo e inspiración; que la predicación sacuda corazones y conciencias.

Una tristeza dulzona, sin esperanza, que se apodera del corazón – la tristeza es la ausencia de la esperanza; la virtud de la esperanza se explica mejor cuando se entiende como la capacidad de “esperar con confianza”; confiar (fiarse “con” o “de”) es el riesgo del abandono en la verdad que Dios no engaña ni juega con la vida de los creyentes; y esa tristeza, con ausencia de confianza, es “dulzona” pues se saborea sin caerse en cuenta como va destruyendo el ánimo de seguir abrazando el riesgo de creer.

Cuaresma es más que cenizas, ayunos y abstinencias. Es la invitación a cuestionar si la “Alegría del Evangelio” todavía es posible en la Iglesia de Jesucristo. Es estar alerta para que la filosofía de la tumba no ahogue el espíritu.