El presidente de Estados Unidos, Barack Obama llega al Vaticano para tener una audiencia con el papa Francisco. (Foto/CNS)
El presidente de Estados Unidos, Barack Obama llega al Vaticano para tener una audiencia con el papa Francisco. (Foto/CNS)
Hace pocos días tuvo lugar en el Vaticano el encuentro entre el presidente Obama y el papa Francisco. La reunión se podría decir que era el final de un acercamiento con la Iglesia comenzado cuando Obama apenas tenía seis años y su madre lo matriculó en la Santo Fransiskus Asisi una escuela elemental católica en Yakarta, ciudad donde la familia se había trasladado. Sus asistencias a la misa dominical eran esporádicas.

Su primer contacto fuerte y serio con la Iglesia Católica se llevó a cabo cuando, recién graduado con apenas 25 años, comenzó a trabajar como organizador de comunidades en la arquidiócesis de Chicago. Era bien conocido en los círculos católicos afroamericanos de la ciudad de los vientos. Tuvo el apoyo y el respeto de varios párrocos y líderes católicos afroamericanos, llegando incluso a entablar conversaciones con algunos obispos a los cuales les solicitó fondos para financiar sus proyectos.

La vida siguió su curso y sus intereses en la doctrina católica se centraron sobre todo en temas sociales. Las divergencias comenzaron pronto cuando empezó a ignorar a los no nacidos. Era legítima su lucha por los derechos humanos, pero de los nacidos. Los sin aún nacer no contaban para él. La batalla ha sido, y sigue siendo, larga. La jerarquía católica defiende la vida desde el primer momento de la concepción. Para Obama empieza el derecho a la vida nueve meses después. Y, cuando se llega a ciertas etapas, se puede prescindir de ella. El diálogo con la Iglesia no corría con la fluidez y el respeto de sus primeros años en las parroquias de Chicago.

El paso del tiempo ha traído cambios profundos en el liderazgo de la Iglesia y de la política americana. Ahora ocupa la sede de Roma un hombre llegado de los confines del mundo, también organizador de comunidades. Que bien claro ha gritado contra las guerras, las leyes de mercado, la discriminación de jóvenes y ancianos. Un pastor respetado por su integridad y sinceridad.

El joven abogado afroamericano, líder comunitario, ha llegado lejos en su vida profesional y personal. Ahora es el presidente de Estados Unidos de América, la potencia quizás más grande que ha habido en la Historia de la humanidad. Se ha sentido atraído por la sinceridad y claridad del Pastor de Roma. Y ha hecho lo posible por encontrarse con él. Desea trabajar junto a él para eliminar la pobreza, construir la paz, erradicar la trata de seres humanos.

Francisco le ha recordado que la pobreza se vence desde el respeto a la persona toda, a la que es concebida y se le deja concluir su ciclo completo de existencia. Que la pobreza no se puede eliminar utilizando emigrantes a los que no se les respeta sus más mínimos derechos. Que la justicia no se consigue invadiendo países, encerrando personas sin haber pasado por un tribunal, que la paz se alcanza con soluciones negociadas.

El encuentro en el Vaticano, el pasado 27 marzo, entre el obispo de Roma y el presidente de Estados Unidos duró más de lo normal, cincuenta minutos. Obama regaló al Papa unas semillas de los árboles que crecen en la Casa Blanca. ¿Semillas de nuevas alianzas por la paz, la justicia y el respeto? Dejemos que las semillas crezcan desde “La Alegría del Evangelio” el libro que el Papa le obsequió.