Una mujer me preguntó, mientras saludaba a la gente fuera de la iglesia, “por qué la Iglesia no hace algo sobre esto” señalando un artículo de prensa que informaba sobre la reciente aprobación del suicidio médicamente asistido por algunos cuerpos legislativos. Esta no era la primera vez en 50 años como sacerdote y 30 como obispo que he sido confrontado por hombres y mujeres molestos por lo que ellos consideran un silencio de “la Iglesia”.
Lo que ellos realmente preguntan es “¿por qué los obispos y sacerdotes no hacen más, políticamente? ¿por qué los sacerdotes y los obispos no participan más en las cuestiones políticas que redefinen nuestra cultura? Preguntas que también podrían ser dirigidas a los pro-blemas de familia y matrimonio, libertad religiosa e inmigración, vida humana y pobreza, y más.

La respuesta breve es que la Iglesia debería hacer más, es decir, la Iglesia entendida como todos sus miembros con sus diferentes responsabilidades y funciones. Si queremos una sociedad en que la política pública defienda la vida y la dignidad de todos, apoye el matrimonio y la familia, promueva el bien común,  reconozca el derecho y el mal objetivos, y la libertad religiosa, ya sea personal o institucional, entonces, por supuesto, la Iglesia debe estar involucrada. Los fieles laicos, sobre todo, deben hablar y llegar a ser “sal y luz” en nuestra democracia.

La idea de que de alguna manera los sacerdotes u obispos deben ser los primeros en abordar las cuestiones públicas y la elaboración de las leyes, y la promoción de políticas públicas específicas, es una visión demasiado estrecha de la Iglesia, lo que dejaría fuera a alrededor del 99% de sus miembros. Los obispos y sacerdotes son los maestros de la fe, transmiten la revelación y la tradición recibida, llaman a los bautizados a vivir su fe todos los días. De hecho, en la instalación de cada párroco, le pido renovar sus promesas de ordenación, una de las cuales dice: “¿Está usted decidido a que en la prédica del Evangelio y la enseñanza de la fe católica cumplirá digna y sabiamente el ministerio de la Palabra de Dios?”
Esta formulación de la renovación de las promesas sacerdotales refleja la enseñanza de la Iglesia hoy, como ha sido claramente explicado desde la época del Concilio Vaticano II, hace 50 años.

El Concilio vio que el papel de los laicos debería ser la santificación y la transformación del orden temporal. En el Decreto sobre el Apostolado de los Laicos, esto se hace explícitamente claro: La misión de todo el Pueblo de Dios [...] se ejerce cuando ellos trabajan en la evangelización y santificación de los hombres; se ejerce también cuando se esfuerzan por permitir que el espíritu del Evangelio impregne y mejore el orden temporal (2). Los laicos deben asumir la renovación del orden temporal como su propia obligación especial. Guiados por la luz del Evangelio y el pensamiento de la Iglesia, y motivados por la caridad cristiana, deben actuar directamente y de manera definitiva en la esfera temporal (7).

La tarea del clero de enseñar y ayudar a formar las conciencias de los laicos, según lo previsto por el Concilio y los Papas posteriores, requiere paciencia para lidiar con diversas opiniones, fidelidad en la presentación de la enseñanza de la Iglesia en su totalidad, y la perseverancia para continuar enseñando, enseñando y enseñando.

Hay momentos en que los obispos y párrocos tienen el deber de compartir nuestra enseñanza católica, para señalar las dimensiones morales y humanas de los asuntos públicos y pedir la protección de los débiles y la búsqueda del bien común. Sin embargo, estas obligaciones no pueden sustituir el liderazgo de los hombres y mujeres laicos. Los párrocos tienen que alentar, informar y ayudar a las mujeres y hombres laicos en su deber de llevar los valores de nuestra fe a la vida cívica y pública.

La tentación podría ser saltarse este proceso y hacer que el clero imponga enfoques o políticas específicas e incluso anunciar sus preferencias por candidatos a cargos públicos. Esta práctica no es nueva. Poco después del Concilio, recuerdo vívidamente el debate sobre si los sacerdotes deberían postularse para un cargo político. Pensé entonces que era una mala idea, como lo sigo pensando ahora.

Que el obispo o el sacerdote se involucren directamente en la política partidista es confundir y distorsionar la correcta comprensión del papel distintivo y complementario del clero, y el papel de los laicos. Para muchos de los fieles y el clero, esta mezcla de papeles –pastor/maestro y autoridad política/abogado– tendría el desafortunado efecto de disminuir la autoridad espiritual y la credibilidad moral de los obispos, reduciendo, en la percepción de muchos, el papel del obispo al de un cabildero o partidario.

La apropiación por el obispo o el sacerdote del papel esencial de los laicos 'implica también que nuestro laicado  podría no ser capaz, incluso si está bien informado, de llevar a cabo sus propias responsabilidades únicas en el ámbito de la política y las políticas públicas. Hombres y mujeres laicos están llamados a ser “levadura” en nuestra democracia y llevar su fe y experiencia al ámbito público.

La comprensión de la función distintiva de los laicos en la misión de la Iglesia y en la transformación del orden temporal y su santificación fue desarrollada aún más después del Concilio Vaticano II por el papa san Juan Pablo II. En su exhortación apostólica Christifideles laici, él conecta la vocación de los laicos en el mundo, a vivir de acuerdo con la llamada universal a la santidad de que se habla en la Lumen Gentium: “La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese de un modo particular en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenales” (17). Otra característica específica de los laicos, para Juan Pablo II, es su secularidad. “En este trabajo de contribuir a la familia humana, por lo que toda la Iglesia es responsable, un lugar particular recae sobre los fieles laicos, en razón de su ‘índole secular’, que los obliga, en su forma correcta e irremplazable, a trabajar hacia la animación cristiana del orden temporal” (36).

Construyendo sobre la obra de su predecesor y del Concilio, el papa Benedicto XVI afirmaría en su primera encíclica que la justicia es a la vez el objetivo y el criterio intrínseco de toda política. El papa Benedicto esbozó un cuidadoso equilibrio: La Iglesia no puede y no debe tomar sobre sí misma la batalla política de producir la sociedad más justa posible. Ella no puede ni debe sustituir al Estado. Sin embargo, al mismo tiempo, ella no puede y no debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Ella tiene que jugar su papel a través de la argumentación racional y debe despertar la energía espiritual, sin la cual la justicia, que siempre demanda sacrificios, no puede prevalecer ni prosperar (Deus Caritas Est, 28).

Esto está muy lejos de los días en que la Iglesia se veía a sí misma o a sus líderes como una autoridad política dispuesta, secular, o incluso un poder militar. Sí, hay ejemplos históricos de liderazgo de la Iglesia intentando determinar cuestiones políticas –incluso de utilizar los sacramentos y sanciones eclesiales en estos esfuerzos– en formas que hicieron daño a la Iglesia y al Estado.

En tiempos más recientes la Iglesia ha cambiado su enfoque pastoral. Por ejemplo, san Juan XXIII levantó la excomunión impuesta en Italia a algunos políticos y votantes por decisiones que iban en contra de la voluntad de la Santa Sede.

Hoy en día el papel central del obispo y del sacerdote es enseñar la fe, compartir los principios morales y sociales católicos, y alentar a los hombres y mujeres laicos en su responsabilidad primordial de adoptar estas verdades y valores en el mundo económico, político y cultural. En lo que respecta al papel de la enseñanza de la Iglesia, el papa Francisco escribe en su primera exhortación apostólica: En su diálogo con el Estado y con la sociedad, la Iglesia no tiene soluciones para cada tema en particular. Junto con los diversos sectores de la sociedad, ella apoya aquellos programas que mejor responden a la dignidad de cada persona y al bien común. Al hacer esto, ella propone en forma clara los valores fundamentales de la vida humana y las convicciones que luego pueden encontrar expresión en la actividad política (Evangelii Gaudium, 241).

El documento ‘Formando la Conciencia para ser Ciudadanos Fieles’, publicado en 2015 por la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos con apoyo casi unánime, habla del papel primordial de la Iglesia de formar conciencias, y el deber de los laicos en el orden político y en el ámbito de la política partidista. Los obispos citan al papa Benedicto: La Iglesia quiere ayudar a formar conciencias en la vida política y estimular una visión más profunda sobre las verdaderas exigencias de la justicia, así como una mayor disponibilidad para actuar en consecuencia, aun cuando esto pueda involucrar conflicto con situaciones de interés personal (28).

Como ha explicado el papa Benedicto XVI, la Iglesia busca comunicar la deliberación moral y la participación política de nuestros miembros, así como de otros creyentes o personas de buena voluntad, con su enseñanza social pública, pero esta no tiene la intención de dictar los resultados en la arena política. "En este punto se sitúa la doctrina social católica: no pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado. Tampoco quiere imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento. Desea simplemente contribuir a la purificación de la razón y aportar su propia ayuda para que lo que es justo, aquí y ahora, pueda ser reconocido y después puesto también en práctica". (Deus Caritas Est, 28).

El papa Francisco se ha hecho eco constantemente de los temas del Concilio y de sus predecesores en su propia enseñanza. Al igual que el papa Benedicto, él ha insistido sobre la autonomía de la política y la religión. En una entrevista con el diario italiano La Repubblica, dice: “Yo digo que la política es la más importante de las actividades civiles y tiene su propio campo de acción, que no es el de la religión. Las instituciones políticas son seculares, por definición, y operan en esferas independientes. Todos mis predecesores han dicho lo mismo, al menos por muchos años, aunque con diferentes acentos. Creo que los católicos involucrados en política llevan los valores de su religión dentro de ellos, pero tienen el conocimiento maduro y la experiencia para ponerlos en práctica” (La Repubblica, octubre 1, 2013).

En su discurso ante la Conferencia Episcopal Italiana, el 18 de mayo de 2015, el papa Francisco  insistió en la responsabilidad de los laicos en el orden temporal sin la innecesaria supervisión e interferencia clerical: "Los laicos con una auténtica formación cristiana, no deben necesitar un obispo piloto o un monseñor piloto o una presencia clerical para asumir responsabilidades en todos los niveles. Desde lo político a lo social. Desde lo económico a las medidas legislativas".

Cuando reflexionaba sobre esa declaración, mis pensamientos se dirigieron a mis experiencias hace años con un párroco que utilizaba el designado "Rincón del Párroco" del boletín semanal de la parroquia para oficiar con sus muy claros puntos de vista políticos partidistas y sus análisis sobre los candidatos y políticos. Su justificación, que su congregación encontraba muy poco convincente, era que estaba escribiendo simplemente como un ciudadano estadounidense, no como su párroco. Pero era su párroco utilizando el boletín de la parroquia que era distribuido a todos los que iban a misa.

A veces, temo que puede haber una tentación a sustituir el compartir nuestras preferencias políticas e ideológicas por el muy exigente y desafiante papel de enseñar con la palabra y el ejemplo los principios de nuestra fe. Creo que nuestros  esfuerzos por predicar y persuadir son más creíbles y eficaces que la de proclamar nuestras propias opiniones políticas. Esa es también la manera que Jesús nos dio y el ejemplo de los Papas, incluyendo a san Juan Pablo II, Benedicto XVI y ahora Francisco.

Cada año en que nos movemos hacia una elección nacional, le recuerdo a mis hermanos sacerdotes que nos encontramos en el púlpito como proclamadores del Evangelio, no como líderes políticos. Nadie nos eligió como su representante político, y puede haber razones de peso para creer que probablemente no lo harían. Estamos allí para presentar la Palabra de Dios. Nuestros oyentes, que provienen de diferentes partidos políticos y tienen diversas perspectivas ideológicas, tienen derecho a escuchar el Evangelio y la enseñanza de la Iglesia sobre fe y moral proclamada con       fidelidad, firmeza y valentía, y no empacada en puntos de vista personales, partidistas y políticos de alguien.

Cuando miramos la declaración de los Obispos Católicos, ‘Formando la Conciencia para ser Ciudadanos Fieles’, la histórica presentación del papa Francisco a nuestro Congreso, o los escritos y el ejemplo de sus predecesores   recientes, vemos las mejores maneras de ofrecer una llamada de principios, seria y desafiante a los católicos para que lleven su fe a la vida pública. Es esencial para laicas y laicos asumir la responsabilidad de ponerse de pie y hablar en favor de los valores de nuestra fe.

Mi esperanza es que podamos leer y reflexionar sobre ‘Formando la Conciencia para ser Ciudadanos Fieles’, ya que proporciona una guía auténtica y práctica en vista de la complejidad de la toma de decisiones morales en el ejercicio de la responsabilidad política en estos tiempos difíciles. Está claro los papeles distintivos y complementarios de los miembros ordenados y laicos de nuestra comunidad de fe. Como pastores, estamos llamados a enseñar, enseñar y enseñar. Como hombres y mujeres laicos, los católicos están llamados a ser “sal, luz y levadura” en nuestra democracia.
Hay mucho en juego en la vida pública: cuestiones de vida y muerte, guerra y paz, libertad religiosa y dignidad humana. Simplemente no hay sustituto para mujeres y hombres laicos informados, fieles, activos y valientes que traerán la verdad del Evangelio y la sabiduría de la enseñanza católica a la vida pública.