Pedro y Juan se quedaron mirando la tumba con asombro en aquella primera mañana de Pascua después del sábado, viendo lo que habían encontrado las mujeres que habían venido antes a ungir el cuerpo de Jesús: La tumba estaba vacía. Jesús no estaba allí.

Algo maravilloso y glorioso había ocurrido. Cuando comenzaron a recordar lo que Jesús había predicho, su perplejidad se desvaneció y los Apóstoles se dieron cuenta de que lo que había sido considerado completamente incomprensible y más allá de la creencia, era cierto. "¡Cristo ha Resucitado!", se atrevieron a decirse a sí mismos con gozo, tal como lo proclamamos valientemente hoy. El drama de Jesús debería haber terminado cuando fue colocado en la tierra y la tumba cubierta - que era sin duda la intención de los que lo hicieron matar. Sin embargo, como un grano de trigo en la tierra, de su cuerpo que fue colocado allí después de su muerte en la Cruz, brotó una nueva vida (Juan 12,24).

¡Jesús está vivo! Esta realidad es confirmada por el conocimiento de que Cristo apareció a sus discípulos con un cuerpo resucitado - uno que ellos podrían tocar e incluso colocar sus dedos en las heridas de su crucifixión que ahora marcan para siempre su cuerpo. Incluso comió con ellos. Jesús no resucitó en espíritu solamente, sino en la resurrección del cuerpo, en la totalidad de su ser glorificado.

Pero hay mucho más. La conquista de Cristo sobre la muerte es también una promesa para todos los creyentes de que si mueren con él, ellos también resucitarán con él a una nueva vida en cuerpos glorificados.

El Señor resucitado es la razón de nuestra fe y el motivo de nuestra esperanza. "Y si Cristo no resucitó, nuestra predicación no tiene contenido, como tampoco la fe de ustedes. Ustedes siguen en sus pecados ", dijo el apóstol Pablo (1 Corintios 15,14, 17). Pero como San Pablo atestigua, la Resurrección sucedió: "Cristo resucitó de entre los muertos, siendo el primero y primicia de los que se durmieron", dándonos esperanza de nuestra propia resurrección a la vida eterna (Id., 20).

Nosotros la Iglesia, tú y yo, podemos testificar con San Pablo esta Buena Nueva con certeza y exaltación porque hay testigos. Nosotros somos una parte de esa continuidad viva del testimonio que se remonta veinte siglos. No somos espectadores en la tumba. Somos participantes en la transformación, el cambio que Jesús trae al mundo. Cada semana de Pascua, cada creyente, cada católico, es una parte de la cadena ininterrumpida de testigos que proclaman que Cristo ha resucitado, que Cristo verdaderamente ha resucitado.

Lo que es aún más asombroso, es que en la comunión con Cristo y en el misterio del Señor resucitado, nosotros no sólo transmitimos los recuerdos de los demás, sino que somos participantes vivos en la salvación ganada para nosotros en la crucifixión y resurrección de Jesucristo. En la Misa, "cuando la Iglesia celebra la  Eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de su Señor, este evento central de la salvación se hace realmente presente y 'se realiza la obra de nuestra redención'" (Ecclesia de Eucharistia, 11).

La Pascua, como la "solemnidad de las solemnidades", es tan grande en la vida litúrgica de la Iglesia que no puede estar contenida en tan sólo 24 horas. Como en el caso de la Navidad, la Iglesia celebra la Pascua durante ocho días, llamados una "octava", como si los ocho fueran una sola ocasión. El octavo día es especial por derecho propio: el Domingo de la Di vina Misericordia. Pero incluso ocho días no son suficiente. La Pascua se observa específicamente durante toda una temporada, durante 50 días hasta Pentecostés, durante el cual las obras de salvación del Señor son especialmente experimentadas en la liturgia.

Hoy, encima de la tumba de Jesús está la Iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén, que cada año es visitada por innumerables peregrinos. Las historias noticiosas dicen a veces que este lugar, donde el cuerpo de Jesús fue colocado es venerado como el "lugar más ságrado de la tierra". Como lugar de la Resurrección, es ciertamente sagrado, pero aún así la tumba está vacía. El cuerpo de Cristo no está allí.

Un lugar aún más sagrado es el altar en la Misa porque el Jesús Resucitado está verdaderamente presente como realidad, no como recuerdo, en la Eucaristía. Él también está presente en el tabernáculo en su iglesia parroquial.

Todo lo que la Iglesia es, lo ha recibido de Jesús, el Hijo de Dios convertido en hombre. Él nos libera de la desesperación y del poder del pecado, nos da una esperanza firme, nos salva de la muerte y nos promete vida eterna en la plenitud del amor. La Iglesia recibe de su Señor no sólo la tremenda gracia que ha ganado para nosotros, sino también la comisión de compartir y de dar a conocer su victoria.

Cristo murió y resucitó, para nunca más morir, y esto cambió todo para siempre. Al igual que la Iglesia primitiva, nuestra tarea es ser testigos vivientes, compartiendo la Buena Nueva de la Resurrección de Cristo, que hace nuevas todas las cosas -y de ahí la promesa de nuestra propia resurrección- a un mundo necesitado de esperanza contra la oscuridad y finalmente contra la muerte. Este es el comienzo de la vida divina de Dios para ustedes y para mí que da pleno significado a la existencia. Su reino es real y se despliega en nuestro mundo a través del poder de su resurrección. Por eso es que cantamos "Aleluya".