La Cuaresma es una temporada penitencial de renovación espiritual en preparación no sólo para recordar la pasión, muerte y resurrección de Cristo, sino para que participemos en estos misterios de nuestra redención. "La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que conduce a la meta concreta de la Pascua, la victoria de Cristo sobre la muerte", dice el papa Francisco en su Mensaje para la Cuaresma de 2017. "Esta temporada nos llama urgentemente a la conversión. Se pide a los cristianos que regresen a Dios "con todo su corazón" (Joel 2,12).

Además de "profundizar nuestra vida espiritual a través de los medios de santificación que nos ofrece la Iglesia: ayuno, oración y limosna", agrega este pastor de almas, la Cuaresma es una época favorable para vivir en la Palabra de Dios y en los sacramentos. Especialmente queremos experimentar la misericordia del Señor en el Sacramento de la Confesión, también llamado de Penitencia y de Reconciliación. Aquí nos encontramos con Cristo en su Iglesia dispuesto y ansioso por absolvernos y restaurarnos a una nueva vida. Como señaló el papa Francisco al concluir el Jubileo de la Misericordia, "no hay pecado que la misericordia de Dios no pueda alcanzar y borrar cuando encuentra un corazón arrepentido buscando reconciliarse con el Padre" (Misericordia et Misera, 12).

Hace diez años, a raíz de mi Carta Pastoral de 2007, inauguramos "La Luz está Encendida para Ti", una iniciativa especial para aumentar la conciencia sobre este don de la  misericordia y hacerla más accesible. En la casa familiar, la luz es un faro de amor, cuidado y preocupación. Del mismo modo, en nuestro hogar espiritual, la luz en el confesionario es una "bienvenida a casa", una señal del amor misericordioso de Dios y de reconciliación. Para atender mejor esta necesidad, además de los horarios regulares para la Confesión, las parroquias de toda la Arquidiócesis tendrán "la luz encendida" todos los miércoles por la tarde durante la Cuaresma, invitando a la gente a venir a recibir la gracia del perdón y la curación. Algunas parroquias celebran con "la luz encendida" en diferentes momentos del día dependiendo de las circunstancias locales. Sin embargo, otras parroquias pueden ofrecer un servicio de penitencia cuaresmal común consistente en oración y una celebración de la palabra de Dios en conjunción con la confesión individual. Cualquiera que sea el tiempo o el formato, "La Luz está Encendida para Ti" es una invitación a la confesión.

Ciertamente, Dios podría transmitir la gracia del perdón fuera de la confesión sacramental, pero ¿cómo estaríamos seguros? La gracia es espiritual, no es algo que uno pueda ver o tocar. En consecuencia, para asegurarnos de que de hecho hemos recibido su gracia, Jesús estableció los sacramentos como canales tangibles del amor y la vida de Dios. En ellos, lo trascendente y eterno tocan lo material y lo temporal de una manera que hace visible la realidad invisible.

En su definición más sucinta, el sacramento es un signo exterior, instituido por Cristo, para transmitir su gracia a través de la Iglesia. Además, el sacramento no sólo apunta a lo que está más allá, sino que también realiza y logra lo que simboliza. Usando cosas ordinarias - el agua, el pan, el vino, el aceite, nuestra propia persona - y la forma de las palabras, los sacramentos hacen posible conocer a Dios actuando de una manera objetiva y segura. Además, habiendo establecido los sacramentos para nuestro beneficio, ellos son el camino que el Señor contempla para recibir esas gracias.

El Sacramento de la Confesión llena una verdadera necesidad humana que es esencial para la sanación y la paz. Al igual que hacemos con nuestros seres queridos, a quienes hemos ofendido, cuánto necesitamos realmente decirle a Dios las palabras "Te amo y lo siento", para manifestar externamente y hacer reales nuestros pensamientos internos e intangibles de remordimiento. Cuánto queremos y necesitamos escuchar realmente de una manera audible, "Yo también te amo. Estás perdonado". En cambio, cuando la contrición y el perdón quedan en silencio, sentimos que hace falta algo y que está pendiente.

En la noche de Pascua, Jesús Resucitado se apareció a los Apóstoles, y sopló sobre ellos, diciendo: "Reciban el Espíritu Santo. A quienes descarguen de sus pecados serán liberados  y a quienes se los retengan les serán retenidos" (Juan 20, 21-23). Llevamos nuestras fallas a Cristo en su Iglesia confiados en que él ha dado a la Iglesia autoridad y poder para restaurar y reconciliar a nosotros los pecadores con Dios y con la comunidad eclesial.

Los elementos básicos de una "buena confesión" consisten en ser honestos con nosotros mismos y con Dios, y confesar plenamente nuestros pecados con contrición y firme propósito de enmienda. El sacerdote que actúa in persona Christi - en la persona de Cristo - pronuncia entonces las palabras de absolución. Para completar el proceso, cumplimos la penitencia, es decir, alguna acción u oración que nos ayudará a reparar nuestros pecados y el mal que trajimos al mundo.

En estas sencillas acciones exteriores, recibimos la gracia sacramental del perdón y la fuerza y la gracia santificante para restaurar nuestra santa amistad con Dios. Sigue siendo una de las grandes maravillas el que Dios en su amor nos otorgaría el perdón y una participación en su vida divina tan fácilmente disponibles para cada uno de nosotros.

Con todas sus cenizas, negación propia, autodisciplina y penitencia, la dimensión espiritual de nuestra existencia es de lo que trata la Cuaresma. Sería difícil pensar en una forma mejor de prepararnos en esta temporada para nuestra salvación en el Triduo Pascual que regresar en humilde amor a Dios, cuyo perdón nos restaura como hijos y nos pone en paz con su Iglesia y nuestros vecinos.