Durante su visita del 2015, lo que el papa Francisco vio cuando contempló las inmensas multitudes en la Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción y la Universidad Católica de América fue un fragmento del mundo entero, unido para orar como uno solo. Esta comunión, unidad espiritual, de hombres y mujeres de orígenes muy diversos es el legado de los esfuerzos de muchos que vinieron antes, comenzando con los primeros colonos católicos en 1634 y continuando desde entonces con oleadas de inmigración.
Hoy en día, algunos miembros de nuestra familia espiritual pueden rastrear su ascendencia hasta donde todo comenzó, en la Tierra Santa, otros en África, Asia, Europa, Oceanía o aquí mismo en las Américas. Cuando ellos llegaron, trajeron consigo el don de sus tradiciones que seguimos apreciando en la unidad del Cuerpo de Cristo.

Uno de los aspectos más impresionantes de la Iglesia de Washington es ver cómo nos enriquecemos cada día con la experiencia viviente de tantos orígenes diferentes, nacionalidades, grupos lingüísticos, herencias y perspectivas culturales. Esto incluye a aproximadamente 270.000 católicos de ascendencia hispana, 100.000 católicos de origen africano y caribeño, y muchos más de todos los rincones del mundo. En consecuencia, la Misa se celebra cada semana en más de 20 idiomas, como inglés, español, tagalo, vietnamita, coreano, portugués, haitiano y creole, por nombrar sólo algunos.

Para que nuestra Iglesia local pueda acompañar mejor a estas comunidades y disfrutar más plenamente de la rica belleza que ofrecen, la Oficina Arquidiocesana de Diversidad Cultural y Alcance Comunitario apoya los esfuerzos de nuestros ministerios y parroquias. Este trabajo se desarrolla en una variedad de formas siguiendo las recomendaciones de nuestro Sínodo Arquidiocesano de ser la mejor Iglesia que podamos ser. Por ejemplo: nuestra Oficina Arquidiocesana de Diversidad se compromete con los miembros de estas comunidades y proporciona recursos y otras formas de asistencia a las parroquias y otras agencias y departamentos de la arquidiócesis en lo que respecta a la evangelización, el cuidado pastoral y la integración efectiva de herencias culturalmente diversas en la vida de la Iglesia. Para promover su misión particular, la Oficina de Diversidad Cultural y Extensión también planea llevar a cabo una serie de sesiones de escucha y conferencias interculturales.

Las bendiciones de nuestra familia multicultural de fe también se exhiben a lo largo del año en muchas liturgias especiales, peregrinaciones, festivales étnicos, talleres y otros eventos que son promovidos u organizados por la Oficina de Diversidad Cultural y Extensión. Siempre es una alegría para mí participar en estas celebraciones, como una Coronación especial de mayo con ceremonias vietnamitas tradicionales, y una peregrinación hacia aquí por miembros de varias comunidades asiáticas y de las islas del Pacífico. Recientemente, muchas de nuestras parroquias con grandes poblaciones afroamericanas se reunieron para el festival anual del Renacimiento del Río y observaremos en noviembre el Mes de la Historia Católica Negra. El proceso evangelizador del Encuentro en las comunidades hispanas/latinas también está en marcha para resaltar el llamamiento a ser discípulos misioneros y tener una mayor participación en la Iglesia.

Desde hace meses, una réplica de la tilma de San Juan Diego con la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe ha estado circulando también en las parroquias de la arquidiócesis. Regresará a casa el 9 de diciembre para una celebración de la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe. El objetivo de esta iniciativa "Caminar con María" es reunir a personas de diversas culturas con el mensaje de que no están solos, que la Santísima Madre Patrona de las Américas los acompaña y camina con ellos a través de la Iglesia. Así como la Virgen de Guadalupe se le apareció a san Juan Diego como una mujer embarazada a semejanza de la gente nativa, ella trae nueva vida en la diversidad a la Iglesia y al mundo de hoy.

El Papa Francisco afirma que "en la diversidad de los pueblos que experimentan el don de Dios, cada uno de acuerdo con su propia cultura, la Iglesia expresa su genuina catolicidad y muestra la ‘belleza de su rostro variado’” (Evangelii Gaudium, 116). Cuando miramos a la Iglesia de Washington, al igual que los mosaicos de la Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción que están hechos de incontables piezas de cristal de diferente color, las diferencias entre mujeres y hombres, niños y niñas de esta familia de fe se combinan para formar una sola brillante imagen de la belleza.

El armonioso mosaico de los pueblos de esta Iglesia local, con multitud de colores, lenguas, estatus migratorio y formas de vivir, es también un signo inestimable para una comunidad cada vez más dividida. Somos un ejemplo viviente de cómo las personas en la multiplicidad de culturas y antecedentes diversos pueden unirse en solidaridad, comunión y aprecio de que, adondequiera que podamos rastrear nuestro linaje familiar, somos hermanos y hermanas en una sola familia humana. Esta experiencia, mientras reconocemos que aún queda mucho por hacer, no es sólo una bendición para nuestra Iglesia, sino para nuestra nación y para el mundo.

*Esta columna fue publicada el 28 de septiembre del 2017.