Las bodas son eventos festivos y demandan una gran cantidad de planificación y esfuerzo, con mucha anticipación - desde el vestido hasta la música, flores y fotografía, hasta la cena de ensayo y la recepción. Pero una boda es sólo un comienzo; es sólo un día, no una vida.

En mujeres y hombres, jóvenes y viejos, hay un sueño permanente de amor duradero. Cuando una pareja está comprometida, ellos quieren que su futura unión sea permanente. Esperan que las palabras de sus votos matrimoniales: "Hasta que la muerte nos separe", tengan un significado real. Para que esto se convierta en una realidad vívida, la novia y el novio necesitan un claro entendimiento de, y un compromiso con, lo que ellos han comenzado. Tienen que prepararse no sólo para una boda, sino para el matrimonio. Deben prepararse para recibir el Sacramento del Matrimonio.

Mientras que la instrucción catequética sobre el significado del matrimonio debe incluirse en la educación religiosa de la juventud - y una comprensión de lo que es el matrimonio debe comenzar de cierta forma en la infancia con los padres ofreciendo un testimonio positivo de amor en el matrimonio - se necesita una preparación más inmediata y reflexiva. La Iglesia ha proporcionado durante mucho tiempo la preparación sacramental para las parejas, pero el Sínodo de Obispos sobre la Familia reconoció la necesidad de mejorar. Mientras se encaminan hacia la boda, como durante todos los días en que viven su vocación al matrimonio, la pareja debe contar con el apoyo y la ayuda del clero, de los ministerios institucionales y de todos los miembros de la Iglesia, especialmente familiares y amigos que suelen ser los "primeros en responder " si surgen dificultades.

Recientemente, el papa Francisco propuso un "nuevo catecumenado" en preparación para el Sacramento del Matrimonio, junto con un continuo acompañamiento pastoral posterior. Él ofrece sugerencias para estos programas en el capítulo quinto de Amoris Laetitia, mientras que en el capítulo cuarto presenta una hermosa meditación sobre el amor humano, ofreciendo a las parejas comprometidas y a los esposos una guía para la construcción de familias santas.

La mayoría de las parejas, tal vez especialmente aquellos que son hijos del divorcio, reconocen la necesidad de prepararse para una vida juntos. Algunos tratan de hacerlo por su cuenta, pensando a veces que deben vivir juntos o estar involucrados sexualmente antes del matrimonio para asegurarse de que son compatibles. Pero Dios tiene una idea diferente y mejor. Y al igual que ignorar los planes cuidadosamente elaborados en la construcción de un edificio de gran altura nunca es una buena opción, ya que podría hacer que todo se derrumbe, es importante seguir cuidadosamente el plan de Dios para el matrimonio.

Por naturaleza y como se afirma en los votos matrimoniales, el matrimonio es una asociación fiel y permanente de vida entre un hombre y una mujer, que es ordenada para el bienestar de los cónyuges y abierta a la nueva vida de esa unión, es decir, a los hijos. El matrimonio es una creación de Dios y el fundamento de la sociedad civil, pero el matrimonio sacramental es algo aún mayor.

Elevado a un sacramento por Jesús, de acuerdo con el plan divino, el matrimonio es más que un contrato - es un pacto de entrega total e incondicional mutua, una comunión amorosa y fructífera de personas que se convierten en una. De esta manera, el matrimonio es un signo visible de la unidad de la Santísima Trinidad, la amorosa relación nupcial de Dios con la humanidad y la unión de Cristo con su Novia, la Iglesia. En el sacramento, que produce la realidad divina que el matrimonio significa, el esposo y la  esposa participan en la vida de la Trinidad y reciben una gracia especial y un poder divino que los sostiene para bien y para mal, en los buenos y en los malos tiempos.

Por la gracia del Sacramento del Matrimonio, el amor natural y mutuo de una pareja se hace más fuerte, su amor es magnificado por el amor infinito y eterno de Dios. El estado natural viene a brillar con un resplandor sobrenatural. El matrimonio necesita esta ayuda divina porque como todos nosotros, el marido y la esposa son imperfectos y maniatados por la condición humana caída. Así, en su amor, Dios da a los esposos la gracia que necesitan para ser fieles y para ayudarles a ayudarse el uno al otro a llegar al cielo. Maridos y esposas exitosos son aquellos que aceptan la ayuda del Señor y aprenden a vivir con las imperfecciones del otro.

Esta gracia persiste en el matrimonio mientras vivan, y nada, excepto lo que ellos puedan hacer, puede separarlos de este amor de Dios en Cristo (cf. Romanos 8,39). El Señor no los abandonará ni les retirará su don de gracia, incluso si creen que el matrimonio está roto. Si surgen dificultades y los cónyuges deben separarse o incluso divorciarse, deben darse cuenta de que todavía son miembros de nuestra familia espiritual y que la Iglesia sigue cuidando de ellos.

El matrimonio es un hermoso estado de vida para la pareja involucrada y su familia, pero también tiene una gran importancia como el lente a través del cual podemos ver el plan de Dios para toda la humanidad. Como el "sacramento primordial" en las palabras de San Juan Pablo II en su catequesis del 20 de febrero de 1980, la  comunión de las personas que están casadas nos habla de la gloria del cielo, de la gran boda donde los fieles están unidos, como uno, con y en el Señor. "Felices los que han sido invitados al banquete de bodas del Cordero" (Apocalipsis 19,9).