A medida que rezamos la oración del Señor nosotros pedimos "hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo".

¿Cuál es la voluntad de Dios? Al crearnos Dios estableció un plan para la vida humana. Al revelarse a nosotros en Jesús, Dios nos enseñó cómo hemos de vivir para que podamos estar más estrechamente identificados con él. En la efusión del Espíritu Santo recibimos la sabiduría para conocer el misterio de Dios actuando en nuestras vidas, y el poder para cooperar en este plan providencial. No nos deja a nuestros propios dispositivos como transeúntes mientras la vida se mueve a nuestro alrededor. Más bien Dios nos llama a ser partícipes en el viaje de la vida hacia el cielo. Él nos dota de la gracia para hacerlo.

Cuando oramos "hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo" pedimos que se cumpla el plan de Dios aquí en los corazones de los seres humanos con nuestro regalo de libre voluntad y libre elección, como en el cielo donde todos de buena gana y con amor se arrodillan ante la voluntad de Dios.

Nuestro Señor nos pide dar forma a nuestra vida por nuestra fe. También equiere que estemos preparados para profesar y reconocer nuestra fe cuando se le pone seriamente en tela de juicio o cuando el silencio de nuestra parte podría ser un mal ejemplo para los demás. "Al que se ponga de mi parte ante los hombres, yo me pondré de su parte ante mi Padre de los cielos. Y al que me niegue ante los hombres, yo también le negaré ante mi Padre que está en los cielos" (Mt 10,32-33).

Cuando oramos "hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo" pedimos la gracia de vivir nuestro propio compromiso cristiano de manifestar esa voluntad en nuestra propia respuesta diaria a Cristo. Esta petición no es sólo para conocer la voluntad de Dios, sino para ayudarnos a vivirla ahora.

Al pedir "danos hoy nuestro pan de cada día" oramos por nosotros y por todos, y de una manera especial por los pobres, para que nuestro necesario pan diario pueda ser concedido. Pero oramos también por ese pan profundamente necesario que es la Palabra de Dios y, más aún, que seamos alimentados por Cristo, nuestro pan eucarístico.

Con cuanta frecuencia hemos visto en las palabras de Jesús significados y niveles múltiples a las referencias que él hace. En esta petición se nos insta a orar por nuestro sustento diario, pero al mismo tiempo a reconocer que este alimento no es sólo material. No sólo de pan vive el hombre (cf. Lc. 4,4).

"Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden". En esta petición rogamos el perdón de Dios, pero lo hacemos   conscientes de que seremos perdonados sólo cuando estemos dispuestos a perdonar de todo corazón a nuestros hermanos y hermanas. Esta es una de las peticiones más difíciles de toda la oración. Aquí tú y yo condicionamos la forma en que esperamos ser perdonados por la forma en que estamos preparados para perdonar. Al hacer  esta petición necesitamos examinar seriamente nuestra conciencia.

Las dos últimas peticiones son "no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal". En la primera le pedimos a Dios que no nos permita experimentar cualquier tentación que podría llevarnos al pecado y la muerte final. Esto lo hacemos conscientes de que no vamos a ser probados más allá de nuestras fuerzas (cf. 1. Cor 10,13).

El sabio discípulo del Señor es el que no se pone imprudentemente a sí mismo en una ocasión de pecado. El cristiano prudente también se da cuenta de que en la cultura altamente secular y materialista, por no decir hedonista, en que vivimos, esas ocasiones son muchas y muchas veces aparentemente inevitables. Es por esta razón por la que pedimos a Dios que nos dé la gracia suficiente para ayudarnos a recorrer nuestro camino por la vida conscientes de sus muchas tentaciones para pecar y nos haga lo suficientemente fuertes para evitarlos.

La última petición nos insta a mantenernos libres del mal, Satanás, quien busca nuestra ruina. Aquí encontramos eco del discurso de despedida de Jesús a los apóstoles. "No te pido que los saques del mundo, sino que los defiendas del Maligno" (Jn. 17,15). Vivimos en el mundo. Este es el mundo que tene-mos que cambiar a través de nuestras obras de amor. No hay manera de evitar ser involucrados en este mundo. Al mismo tiempo, reconocemos que la parte no redimida de este mundo es de hecho el reino del maligno. Es por esa razón que Jesús nos exhorta a orar para ser continuamente librados del mal –de forma individual, personal y co- lectivamente como su santa Iglesia.

El Catecismo nos recuerda en este punto que no estamos tratando con el mal como una abstracción. Por el contrario, esa petición "designa a una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El diablo (diabolos) es aquel que 'se atraviesa' en el designio de Dios y su obra de salvación cumplida en Cristo" (2851). Así como Cristo salió victorioso sobre el príncipe de este mundo (cf. Jn. 14,30) así también nosotros debemos esperar, con la gracia de Dios y nuestras oraciones persistentes, salir victoriosos en nuestra peregrinación por la vida, en nuestro camino hacia el Padre en la gloria.