El cardenal Donald Wuerl, arzobispo de Washington, habla sobre racismo en la Universidad Católica de América. (Foto/Jaclyn Lippelmann)
El cardenal Donald Wuerl, arzobispo de Washington, habla sobre racismo en la Universidad Católica de América. (Foto/Jaclyn Lippelmann)

Hay una sola raza, la humana, y todos somos hermanos y hermanas, hijos del mismo Dios único. Somos la misma especie, el mismo pueblo y la misma familia humana, manifestada en diversas formas étnicas, culturales y sociales. Contra 'esta unidad en la diversidad', la sociedad ha ido separando y clasificando a aquellos que son vistos como 'diferentes', quienes vienen de diferentes lugares o lucen distintos o hablan un lenguaje diferente. Lo que ha llevado a una innata superioridad de uno sobre otro, lo cual tiene reales efectos destructivos en la sociedad y en la vida de individuos y familias.

Así lo plasmó el cardenal Donald Wuerl, arzobispo de Washington, en su discurso sobre racismo el martes pasado en la Universidad Católica de América (CUA).

El cardenal se dirigió a estudiantes de CUA y seminaristas para ofrecer sus reflexiones sobre el flagelo del racismo en nuestra cultura y sociedad. Su discurso se basó en su carta pastoral "El reto del racismo hoy" de noviembre pasado que está disponible en español: adw.org/publications.

El arzobispo afirmó que este documento, que destaca la importancia del diálogo para confrontar este problema social, no intenta ser una palabra final sino más bien espera que sea el inicio de una robusta conversación que nos guíe hacia la reconciliación.

La raza humana parte de un creativo y amoroso acto de Dios, quien nos hizo a su imagen como hermanos y nos llamó a ser una familia -delineó el cardenal como punto de partida-. A lo cual agregó que estamos influenciados por nuestra cultura y sociedad, alimentados por muchos torrentes que en última instancia determinan la calidad de lo que consumimos y absorbemos. "Todos somos parte de esa fuente, todos de alguna manera somos tocados y tal vez incluso contaminados por lo que está en el "agua" cultural.

Algunos de esos torrentes incluyen -dijo- medios de comunicación informativos y de entretenimiento, instituciones educativas, iglesias y comunidades religiosas, políticos y retórica política, intereses empresariales y publicitarios, generadores de opinión y blogueros, entre otros. "Pienso que todos nos damos cuenta de que los medios de comunicación son menos y menos objetivos en la presentación de las noticias y son más y más voces de preferencia partidista. La distinción entre columnas noticiosas y páginas editoriales se ha evaporado bastante".

También considera que otro torrente que nos influye con su específico contenido es esa retórica política que se ha tornado demasiado a menudo exagerada -dijo incluso refiriéndose a un editorial que la califica de 'tóxica'.

Después se refirió a los prejuicios, como herencia que cargamos de la historia, que son claramente identificados como antisemitismo, anti-catolicismo y racismo, entre otros.

Todos estos torrentes fluyen en una fuente común de la cual somos influenciados -subrayó-. Dice que este pozo de la formación e influencia de la sociedad ha sido contaminado por prejuicios, hostilidades, formas de discriminación, separatismo e injusticias.

"Lo que hace que esta cultura o sociedad absorba estos contaminantes tan insanos es su matización y omnipresencia", dijo el cardenal agregando que si el virus está en todas partes, no se puede evitar contagiarse al menos con una infección menor.

"El veneno del racismo se ha revelado a sí mismo por medio del curso de la historia, tocando aparentemente cada continente a partir de la migración y el comercio, la exploración y expansión colonial crearon ambientes para el prejuicio, menosprecio, exclusión, discriminación y opresión, ya sea a indígenas o recién llegados".

El mal del racismo ofende a Dios porque es una negación de la bondad de la creación, es un pecado contra nuestro vecino -en especial cuando se manifiesta en apoyo de estructuras políticas, económicas y sociales de pecado. "Es también un pecado contra la unidad del Cuerpo de Cristo porque socava esa solidaridad por los pecados personales del prejuicio, la discriminación y la violencia".

Podemos hacer algo por nuestra parte, dice el cardenal. "Tenemos que ser capaces de reconocer, de modo que podamos evitar los contaminantes en nuestro pensamiento social y quizá -lo más importante- empezar a traer un pensamiento fresco como torrentes de agua clara para alimentar el pozo de los patrones de pensamiento colectivos prevalentes.

"Siempre sintámonos orgullosos de quienes somos, regocijémonos en nuestra fe y por los logros obtenidos en este recinto universitario y agradezcamos a Dios porque estamos tratando de ser el agua clara, fresca, en nuestra sociedad", concluyó el arzobispo de Washington.