Uno de los aspectos más conmovedores de mi ministerio es la ordenación de nuevos sacerdotes. Ver a esos hombres mientras son ungidos en el sacramento de las Órdenes Sagradas invariablemente evoca recuerdos de mi propia ordenación sacerdotal, hace cincuenta años un mes de diciembre. De igual manera, siempre que nos reunimos para celebrar el jubileo de sacerdotes que están marcando aniversarios especiales de su ordenación, siempre es un tiempo de recordación y acción de gracias por el sublime don, misterio y llamado que recibimos del Señor.
Entre las innumerables bendiciones de mi ministerio sacerdotal estaba el honor de haber sido ordenado en la Basílica de San Pedro tras la conclusión del Concilio Vaticano II. Había una emocionante sensación de renovación y renuncia en la Iglesia, y una sensación de continuidad viva con la gran tradición apostólica.
Cuando nuestra clase de ordenación de más de cincuenta hombres marcha-ba en procesión en la Basílica, el 17 de diciembre de 1966, no sabíamos exactamente qué nos deparaba el futuro, pero sabíamos que nunca estaríamos solos. Mientras nos encontrábamos postrados en el suelo, la letanía de los santos reso-naba, recordándonos que esos santos estarían siempre presentes en nuestras vidas. Además, la Iglesia, que proporciona el contexto mismo para el sacerdocio, está siempre con un sacerdote. De hecho, el encargo del sacerdote es servir y caminar con el pueblo de Cristo como su líder espiritual, maestro, guía y ministro de los sacramentos.
El sacerdote es llamado a amar a la Iglesia. En retrospectiva, mirando con afecto estos cincuenta años, donde la Iglesia de Pittsburgh es mi amada madre y, ahora, la Iglesia de Washington es mi amada esposa, estoy profundamente agradecido por los muchos hombres buenos, mujeres y jóvenes que me han acompañado en este viaje. Son demasiados para enumerarlos aquí por su nombre, pero una mención especial es debida para los mentores y los profesores que me guiaron y me inspiraron en mi vocación, el padre Joseph Bryan, el cardenal John Wright, el padre Ronald Lawler, OFM, y, especialmente, el –ahora santo– papa Juan Pablo II. También, por supuesto, están mis padres que fueron un ejemplo de fieles seguidores del Señor. Puedo rastrear mi aprecio inicial por la misa y el rosario. También incluyo a los miembros de mi familia que continúan siendo una alegría, un apoyo en mi vida, así como a amigos, hermanos sacerdotes y obispos, muchos religiosos que me han inspirado y, ciertamente, a los fieles laicos que diariamente son un testimonio vivo de la obra del reino en nuestro medio.
En el sagrado ritual de la ordenación nos encontramos ante un profundo misterio de fe, dado que el sacerdote está configurado para Jesús, el único y eterno Sumo Sacerdote. Lo que ocurre es la continuación de la sagrada presencia ministerial de Cristo con su pueblo que comenzó hace dos milenios. En ese día de la ordenación hace cincuenta años, cuando estábamos postrados ante el altar del Señor como signo de donación total, a pocos metros de nosotros estaba el simple sepulcro de San Pedro, cabeza de los Apóstoles y piedra de toque de la Fe, y en la cripta cercana, varias tumbas de sus papas sucesores.
El significado de ser ordenado tan cerca de los huesos de aquel a quien Cristo confió las llaves del reino de los cielos y luego le encargó "apacienta a mis ovejas" ha permanecido conmigo desde entonces. Nuestra conexión y continuidad con Pedro y por lo tanto con Jesucristo es esencial. Es inspirador darnos cuenta de que nosotros, como sacerdotes, somos eslabones vivos en una cadena que se remonta a más de veinte siglos para contactar a la misma persona de nuestro Señor y avanzando también más allá del tiempo y la condición humana hasta la plenitud del reino y la gloria de Cristo.
Los encuentros con los jóvenes son otra alegría de mi ministerio. Hace algunos años, recibí una carta de un estudiante de cuarto grado, antes de una visita a su escuela. La carta comenzó: “Querido obispo: me parece increíble que conozcas a alguien que conoció a alguien que conoció a alguien…” Mi pequeño interlocutor siguió, y siguió, de esa manera –al parecer él quería llenar toda la página– hasta que finalmente concluyó,  “…que conoció a alguien, que conoció a Jesús”. Leyendo esto, pensé inmediatamente en nombrar a este muchacho a la Comisión Teológica Diocesana.
La conexión con la vid de Jesús y la continuidad en la fe viva son la esencia de nuestro testimonio cristiano. El sa-cerdocio nos garantiza que estamos conectados al mensaje del Evangelio, a la única enseñanza de los apóstoles y, por tanto, a Cristo. La conexión y la continuidad son centrales para el mi-nisterio sacerdotal, pero esto no siempre ha sido fácil. Nuestra clase de ordenados fue parte de la primera ge-neración de sacerdotes post-concilio, y los años siguientes vieron una lucha  social generalizada que también impactó negativamente a la Iglesia.
Se recuerda, sin embargo, que la       vocación y el sacerdocio no son meramente patrones de conducta humana, sino también operaciones de la gracia divina. Como nos aseguró Jesús: "No los dejaré huérfanos". Cerca del décimo aniversario de mi ordenación, escribí un libro describiendo una "crisis" en el sacerdocio católico. Ahora, en este quinquagésimo aniversario de la Nueva Evangelización, podemos regocijarnos en una renovación vibrante y entusiasta en el sacerdocio, ya que en este momento tantos hombres buenos responden generosamente a su vocación y ofrecen sus vidas y sus talentos para llevar a Cristo y su Evangelio a esta época, cultura y sociedad.
El sacerdocio sacramental es realmente un don para el mundo, que proviene de Cristo mismo, de la plenitud de su propio sacerdocio. Como humilde servidor del Señor y de su Iglesia, alabo a Dios por el don de mi vocación sacerdotal. Todos podemos también agradecerle a Dios por todos nuestros sacerdotes y rezar para que lo que el Señor ha trabajado maravillosamente en ellos pueda seguir bendiciendo ricamente a la Iglesia, al pueblo de Cristo y a toda la creación.