Las liturgias de Semana Santa nos invitan a entrar en el corazón de nuestra redención y apreciar quiénes somos como discípulos de Cristo y lo que él ha logrado para nosotros.

Este tiempo nos es dado para abrir las puertas de nuestro corazón, como nuestro santo padre Francisco dijo en su primera Semana Santa como Papa, después de su elección hace cinco años este mes. Abrimos estas puertas tanto para dejar entrar el amor del Señor como para salir de nosotros mismos y llevar a otros su luz y alegría. Por lo   tanto este es un momento oportuno para compartir con otros la razón de nuestra esperanza cristiana  (1 Pedro 3,15) y para que los padres, especialmente, ayuden a sus hijos a descubrir por qué este tiempo es diferente a todos los demás en el año.

Las lecturas de la misa de esta semana hablan de muchas señales que manifiestan quién es Jesús en los eventos que rodearon su muerte, así como hubo epifanías en su nacimiento. Su entrada en Jerusalén, su unción, su inauguración de un nuevo pacto y su juicio, donde Jesús dijo: "Yo soy", cuando se le preguntó si era "el hijo del Bendito", la misma respuesta que Moisés recibió cuando le pidió a Dios su nombre, todos revelan que Jesús es el Mesías y el rey prometido. Pero aún más, él es Dios hecho hombre en la carne.

En el Domingo de Ramos, conscientes de que cada uno de nosotros está en su camino personal de fe que esperamos nos lleve a la gloria de la Pascua, reconocimos que no caminamos solos. Jesús nos acompaña a nosotros y a todo el pueblo de Dios a medida que hacemos de su camino nuestro camino. Por lo tanto, en vez de pasar semana santa solos en casa, nos reunimos en la iglesia con la fe de que es precisamente en los eventos de la vida de Jesús que se logra nuestra redención. Nuestra participación en el misterio de estos eventos tiene lugar en una comunidad, en la familia de Dios, la Iglesia, que nos ha transmitido la palabra de Dios y el testimonio de los Apóstoles.

El ministerio de Jesús trajo la presencia y la misericordia de Dios a otros a través de la enseñanza, la sanación y la consolación. Ahora, en Semana Santa –explicó el papa Francisco– "vivimos el momento culminante de este viaje, de este plan de amor que recorre toda la historia de las relaciones entre Dios y la humanidad. Jesús entra en Jerusalén para dar su último paso con el que resume toda su existencia. Se entrega sin reservas, no guarda nada para sí mismo, ni  siquiera la vida "(Audiencia General, 27 de marzo de 2013).

No solo escuchamos la historia de esos eventos, los revivimos espiritualmente y entramos en el misterio sacramentalmente. "Vivir la Semana Santa", añadió el Santo Padre, "es entrar cada vez más en la lógica de Dios, en la lógica de la Cruz, que no es ante todo aquella del dolor y de la muerte, sino la del amor y del don de sí que trae vida".

Al revivir y participar en este drama, encontramos también la realidad de nuestra condición humana, la realidad de encontrar el amor de Dios con la infidelidad y el pecado. Recordamos a Judas traicionando a Jesús por treinta piezas de plata y la negación del Señor por parte de Pedro tres veces.

En cada caso, el Señor está dispuesto a perdonar. Pero mientras Pedro se arrepiente consecuentemente y busca perdón, Judas no lo hace, a pesar de su arrepentimiento. El negador arrepentido obtiene la vida eterna, mientras que el traidor no arrepentido se quita la vida.

Para nosotros hoy, este es nuestro tiempo constante y más completo para volvernos al Señor y reconciliarnos. En palabras de San Ricardo de Chichester, este es nuestro momento para "verte más claramente, amarte más y seguirte más cerca cada día".

Como nos dice el profeta Isaías, nuestros pecados, aunque sean como la escarlata, se volverán blancos como la nieve por su amor divino (Isaías 1,18). Dios nunca vacila ni se cansa de perdonar, por lo que nunca debemos dudar ni cansarnos de pedir perdón.

Jesús había entrado a la ciudad santa el Domingo de Ramos como un rey, pero con humildad, tal como nació en un humilde establo. Entró para recibir una corona de espinas y tomar el madero de la Cruz como su trono real, nos recuerda el papa Francisco. Allí, "Jesús toma sobre sí el mal, la inmundicia, el pecado del mundo, incluido el pecado de todos nosotros, y él lo limpia, lo limpia con su sangre, con la misericordia y el amor de Dios" (Homilía para el Domingo de Ramos 2013). Al pie de la Cruz el Viernes Santo, vemos el terrible y atroz costo de nuestra redención.

Dos milenios después, este evento central de la salvación continúa siendo presentado nuevamente. El sacrificio del Cordero de Dios se vuelve verdaderamente presente para nosotros hoy en la Eucaristía que Cristo instituyó el Jueves Santo en la Última Cena y el trabajo de nuestra redención se lleva a cabo.

La semana termina en silencio y oscuridad, con el cuerpo de Jesús yaciendo en la frialdad de la tumba. Pero esta noche es diferente a todas las otras noches. Esta noche será nuestra liberación de la esclavitud en el pecado y la muerte a una nueva vida. Como era "en el principio", esta nueva vida, esta nueva creación entra con "que haya luz" en el fuego de la Vigilia Pascual, una luz que enciende en nuestros corazones el fuego del amor de Dios y se transmite de persona a persona para renovar la tierra.