Hace varios años, cuando la Iglesia comenzó a enfocarse con gran energía sobre la Nueva Evangelización, el papa Benedicto XVI nos recordó que hay dos aspectos distintos pero relacionados entre sí en esta gran iniciativa pastoral de volver a proponer el Evangelio de Cristo al mundo, comenzando con aquellos más cercanos a nosotros. En primer lugar, vamos a profundizar en nuestro propio sentido de la fe de modo que seamos capaces de dar una res-puesta a la esperanza dentro de nosotros. Esta profundización del conocimiento trae consigo una apropiación más profunda del misterio de Dios con nosotros, de la revelación de la palabra de Dios y la presencia    continua de Cristo en su Iglesia. Pero no es suficiente que nosotros simplemente conozcamos nuestra fe. La Nueva Evangelización nos llama a tener la confianza de compartirla. Debemos invitar a otros a entrar al maravilloso regalo de la vida nueva en Cristo.
En los últimos años he tenido el  privilegio de compartir con ustedes        reflexiones sobre algún aspecto del Catecismo de la Iglesia Católica y del Catecismo Católico para los Adultos de Estados Unidos. He tratado de proporcionar una apreciación y comprensión más profundas de la riqueza de la fe que se encuentra tan maravillosamente             resumida en los catecismos.
Parte del desafío fue presentar en una forma popular la enseñanza contenida en lo que san Juan Pablo II       describió como "un compendio de toda la doctrina católica, con respecto tanto a la fe como a la moral". Nos recordó que este catecismo no está destinado a reemplazar todos los otros catecismos y más bien, "tiene el propósito de estimular y facilitar la redacción de nuevos catecismos locales que tengan en cuenta las diversas situaciones y culturas, mientras preservan cuidadosamente la unidad de la fe y la fidelidad a la doctrina católica" (Fidei Depositum).
Al llevar a cabo este proyecto estaba muy consciente de que el catecismo nos dice que el propósito de la catequesis es hacer discípulos. Hemos de transmitir la fe de una manera que anime a la gente a aceptarla y vivirla. La tarea del catequista es la conversión, así como la educación.
Al igual que Pedro fue preguntado por nuestro Señor "¿y tú quién dices que soy yo?", así cada uno de nosotros debe responder ante Dios y en la tranquilidad de nuestro propio corazón: "¿quién digo yo que es Jesús -para mí?". La respuesta de Pedro y nuestra propia respuesta debe ser la misma: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". Sólo en la fe podemos hacer esta declaración. Sólo a través del don gratuito de Dios podemos proclamar que Jesús es el Señor. Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino en el Espíritu Santo (cf. 1 Co 12, 3).
Mi esperanza al escribir estos artículos es que, tanto para mí como para aquellos que los leen, la fe en Jesús pueda ser renovada y fortalecida; como discípulos avivaríamos una vez más la llama de la conversión que nos vuelve hacia Cristo y nos mantiene enfocados en él como el centro de nuestras vidas.
La conversión es una tarea de toda la vida. Es permanente, y todos estamos atrapados en ella en cada etapa de nuestra vida. También es totalmente dependiente de los dones del Espíritu Santo. Es por esta razón que la oración así como el estudio juegan un papel tan importante en la conversión personal que trae en su estela un cambio de estilo de vida y un compromiso con Cristo que se desborda en todas nuestras acciones  diarias.
Por un lado la llamada a renovar nuestra fe y vivirla más plenamente es tan antigua como la proclamación inicial de Jesús del Evangelio. Por otro lado, es tan fresca y nueva como lo es el anhelo en nuestro corazón de acercarnos un poco más a Dios cada día.
Al presentar estas reflexiones he encontrado personalmente que la revisión de la enseñanza de la Iglesia, la enseñanza de Cristo, me ha desafiado continuamente para penetrar más profundamente en el misterio de lo que significa ser un seguidor de Jesús –una persona "convertida en" Cristo¬–en todo lo que decimos y hacemos.
Al hacer estas reflexiones sobre ambos catecismos he quedado profundamente impresionado por el grado de compromiso de muchos de los fieles católicos tanto para aprender más sobre la fe, como para vivirla de una manera que haga realidad completamente el reino de Dios en nuestras vidas.
Cada uno de nosotros está llamado a ser un evangelista. Debemos difundir la fe y explicarla. Durante estos últimos siete años he encontrado inspiración en nuestra revisión de la fe de la Iglesia, como figura en el catecismo. Si alguien más se ha beneficiado en absoluto de este ejercicio, entonces estoy más que recompensado.