Esta nación fue fundada sobre la idea del consentimiento democrático de las personas, que están dotadas de ciertos derechos inalienables dados por Dios. El presidente Abraham Lincoln caracterizaría más tarde nuestro gobierno como "del pueblo, por el pueblo [y] para el pueblo". Sin embargo hoy, por miles de razones, vemos desafección ciudadana generalizada y separación entre las personas en todo el país.

Tenemos que darnos cuenta, sin embargo, que cada uno de nosotros tiene una responsabilidad en la dirección de la sociedad en que vivimos, y de su cultura y gobierno. Con decisiones que se toman a cada paso, que nos afectan a todos, el día de las elecciones podemos tener algo que decir sobre estos asuntos.

Cada uno de nosotros tiene una obligación moral solemne de informarse y participar en la vida cívica, incluyendo la emisión del voto por los candidatos y sobre cuestiones electorales en todos los niveles –nacional, estatal y local–, así como otras cosas tales como discutir los problemas con los demás y ponerse en contacto con los funcionarios públicos para comunicarles sus preocupaciones. "Ninguno de nosotros puede decir: 'No tengo nada que ver con esto'", ha dicho el papa Francisco. Con respecto a los funcionarios públicos, agregó, cada uno de nosotros tenemos que decirnos a nosotros mismos: "Yo soy responsable de su gestión, y tengo que hacer lo mejor para que gobiernen bien, y tengo que hacer todo lo posible por participar en la política, de acuerdo a mi capacidad".

Es cuando la gente buena permanece en silencio y no hace nada, que la injusticia y el mal son capaces de echar raíces. Una sociedad justa con igualdad y libertad para todos no se produce automáticamente, debemos trabajar para ello. Esto significa trascender la ganancia individual y la ambición personal, e ir más allá de los partidismos, de modo que podamos trabajar juntos por el bien común y el orden justo en la sociedad, en una forma que reconozca la dignidad intrínseca de todos. Las elecciones que hagamos contribuirán a la bondad –o maldad– de la sociedad.

Para esta temporada de elecciones, como en el pasado, los obispos de Estados Unidos han publicado un documento titulado ‘Formando la Conciencia para ser Ciudadanos Fieles’, en el que desafían a los votantes a que analicen críticamente las promesas de campaña y elijan líderes de acuerdo a "un tipo diferente de compromiso político: uno modelado por las convicciones morales de conciencias bien formadas y enfocadas en la dignidad de cada ser humano, la búsqueda del bien común, y la protección de los débiles y los vulnerables", como es expuesto más ampliamente en la doctrina social de la Iglesia (14, 17-18 ).

En el ejercicio de la función cívica, nuestra fe no se puede dejar en casa. Más bien, necesitamos conocer, y luego llevar al proceso, nuestra visión y valores morales (Id., 10-11). Por el contrario, donde las políticas públicas son separadas de la verdad objetiva y la justicia social, pronto no tendrían coherencia racional o autoridad moral.

Cada cristiano es encargado de buscar primero el reino de Dios. Pero nosotros emprendemos nuestras tareas en diferentes formas (Id., 15-16). Como ya lo discutí en detalle en un artículo anterior en El Pregonero, la función del clero es proporcionar la formación espiritual y moral, enseñando claramente y en su totalidad el mensaje del Evangelio con sus imperativos. Son las laicas y los laicos quienes tienen la responsabilidad igualmente demandante de aplicar estos imperativos en el orden político y social (‘Los problemas de los sacerdotes políticos: La urgencia de liderazgo laico’/septiembre 15, 2016). Es precisamente la voz y la participación de los laicos las que en última instancia determinan la dirección de la sociedad.

Cada elección coloca frente a nosotros serias opciones morales. Lo que nos define como pueblo, en una escala no muy pequeña, es cómo respondemos. Esas cuestiones fundamentales, que afectan a la vida humana, la dignidad y la verdadera naturaleza de la persona humana deben estar siempre en la parte superior de la lista (Ciudadanos Fieles, 21-30, 40-45, 64-67). También es importante la libertad religiosa, que toca el núcleo trascendente de la persona y el espíritu (Id., 72). Sin embargo, estos no son exclusivamente cuestiones "católicas". Son problemas humanos. La vida humana y la libertad no son doctrinas católicas. Son realidades humanas básicas.

La Iglesia reconoce y aplaude la libertad personal en la toma de decisiones morales, incluida la política. Sin embargo, como dice el papa Francisco, uno no debe "confundir la libertad genuina con la idea de que cada individuo puede actuar arbitrariamente, como si no hubiera verdades, valores y principios para proporcionar orientación, y todo fuera posible y permisible" (Amoris Laetitia, 34 ). Al ofrecer esa orientación, la Iglesia no está imponiendo creencias religiosas subjetivas sobre nadie ni dictando los resultados, sino que está trayendo al proceso el reconocimiento de los principios objetivos y universales con respecto a la dignidad humana trascendente, el bien común y lo fundamentalmente bueno y malo (Ciudadanos Fieles, 12).

De hecho, todos podemos estar agradecidos de que por más de 100 años, el cuerpo articulado de la doctrina social de la Iglesia ha ayudado a moldear y formular legislación y políticas públicas en las áreas de atención de la salud, el trabajo y las relaciones humanas, la asistencia social y el equilibrio apropiado de los derechos humanos dentro del bien común. Ésta bien informada doctrina se aplica igualmente hoy en la cabina de votación (Id., 40-56).

La participación cívica no es una tarea sencilla para los ciudadanos fieles (Id. 31-39). Se requiere una disposición para escuchar la enseñanza social católica, y luego aplicarla concienzudamente a la esfera política. Debemos orar por orientación en nuestras decisiones cívicas a fin de mantener la dignidad de toda vida y el bien común. Debemos aprender acerca de los problemas y donde se ubican los candidatos. Debemos votar en reconocimiento de la importante contribución que cada voz hace el día de elección, y debemos permanecer comprometidos a construir una civilización de justicia, paz y cuidado de unos a otros.