El profeta se dirige a los israelitas que habían sido deportados a un país extranjero, y anuncia su regreso a la patria. Este retorno “es signo del amor infinito de Dios Padre que no abandona a sus hijos, sino que los cuida y los salva. El exilio fue una experiencia devastadora para Israel e hizo que su fe vacilase porque en tierra  extraña, sin templo, sin culto, después de haber visto su país en ruinas, era difícil seguir creyendo en la bondad del Señor”. Pienso en la cercana Albania y en cómo después de tantas persecuciones y tanta destrucción consiguió levantarse en la dignidad y en la fe. Así habrían sufrido los israelitas en el exilio.

También nosotros podemos vivir a veces algún tipo de exilio cuando la soledad, el sufrimiento, la muerte nos hacen pensar en que Dios nos ha abandonado. Cúantas veces hemos escuchado esas palabras: “Dios se ha olvidado de mí”. Lo dicen las personas que sufren y se sienten abandonadas.

¿Y cuántos hermanos nuestros viven en este momento una situación real y dramática del exilio, lejos de su tierra natal, con la mirada puesta todavía en los escombros de sus casas, el miedo en el corazón y, a menudo, por desgracia, el dolor por la pérdida de sus seres queridos? En estos casos uno se puede preguntar: ¿Dónde está Dios? ¿Cómo es posible que tanto sufrimiento se abata sobre hombres, mujeres y niños inocentes?  Y cuando intentan entrar en algún otro lugar les cierran la puerta. Y están allí, en el confín porque tantas puertas y tantos corazones están cerrados. Los migrantes de hoy sufren el frío, no tienen comida y no pueden entrar. No sienten la acogida. Me gusta mucho cuando veo que las naciones, los gobiernos abren el corazón y abren las puertas.

El profeta nos da una respuesta. El pueblo exiliado volverá a ver su tierra y a experimentar la misericordia del Señor.  Es el gran anuncio del consuelo: Dios no está ausente ni siquiera hoy frente a estas vivencias dramáticas. Dios está cerca, y hace grandes obras de salvación para los que confían en él. No debemos ceder a la desesperación, sino seguir estando seguros de que el bien vence al mal y de que el Señor enjugará todas las lágrimas y nos librará de todo miedo. Y Jeremías presta su voz a las palabras de amor de Dios por su pueblo cuando escribe: “Con amor eterno te he amado, por eso sigo siendo fiel a ti, volveré a edificarte y serás reedificada, Virgen de Israel, aún volverás a tener el adorno de tus laúdes y saldrás a bailar entre gestes festivas”.

El Señor es fiel, no nos abandona a la desolación. Dios nos ama con un amor sin límites, que ni siquiera el pecado puede frenar y gracias a Él, el corazón humano está lleno de alegría y consuelo. Así los exiliados regresarán llenos de alegría y agradecimiento y este retorno a Jerusalén y a los bienes que dejaron se describe con un verbo que significa literalmente "fluir, manar". El pueblo se ve, en un movimiento paradójico como un río que fluye hacia las alturas de Sion, subiendo hasta la cima del monte. ¡Una imagen audaz para decir cuán grande es la misericordia del Señor!  La tierra, que el pueblo había tenido que abandonar, se había convertido en presa de los enemigos y estaba desolada. Ahora, en cambio, se llena de vida y prospera. Y los mismos exiliados serán como un jardín bien regado, como una tierra fértil. Israel, que ha vuelto a su patria gracias a su Señor, asiste a la victoria de la vida sobre la muerte y de la bendición sobre la maldición. Así es como el pueblo se fortalece y es consolado por Dios. Llegados aquí el profeta anuncia la plenitud de la alegría, y siempre en nombre de Dios proclama: "Cambiaré tu duelo en regocijo, te consolaré y alegraré tu tristeza”.

Ese es el don que el Señor también quiere dar a cada uno de nosotros, con su perdón que convierte y reconcilia. El profeta Jeremías nos dio el anuncio, presentando el regreso de los exiliados como un gran símbolo del consuelo que recibe el corazón que se arrepiente. El Señor Jesús, cumplió este mensaje del profeta. El regreso real y radical del exilio y la luz reconfortante después de la oscuridad de la crisis de fe, se realiza en la Pascua, en la experiencia de amor total y definitivo de Dios, el amor misericordioso que da la alegría, la paz y la vida eterna.

* Misericordia y Consuelo, tema de catequesis elegido del libro del profeta Jeremías, llamado ''libro del consuelo'' porque en él Dios se presenta con toda su capacidad de confortar a los afligidos y abrir su corazón a la esperanza.