Una vez más las voces en nuestra nación se unen para continuar profundizando en la necesidad que todos tenemos de sentirnos uno. Evidentemente,  somos la raza humana, creaturas de Dios, hemos sido creados a imagen y semejanza suya y por tanto todos somos iguales en nuestra condición de personas humanas.  Nuestro mundo de hoy necesita ir mucho más en profundidad respecto a la valoración, de cada una de las culturas  que son  el encuentro humano e interpersonal de todos los seres que habitan la creación. Es necesario determinar más lo que nos une, que lo que nos separa, así  contribuiremos al desarrollo de una sociedad más sana. La comunidad mundial necesita la paz, pero como bien resuenan las palabras del papa Pablo VI que en el siglo pasado nos recordaba que la paz brota de la justicia social. Sin justicia no hay paz y la solidaridad humana no tendrá futuro.

Hoy, hacemos un nuevo alto para orar y centrarnos en la persona y familias inmigrantes de nuestra Arquidiócesis, nos alegra saber que no somos los únicos que se mo-vilizan para apoyar las causas del inmigrante y el aprecio por la multiculturalidad con la cual esta nación se ha enriquecido desde su fundación. Del 15 al 16 de abril se llevará a cabo una actividad de medios de comunicación hispanos, personalidades y artistas de nuestras culturas, que desean hacer un alto y, en un mismo sentir, manifestar la unidad del género humano y la alegría del encuentro en la diversidad llamando a  una unidad de criterio en cuanto y tanto  reconocemos en la presencia del otro un punto de enri-quecimiento más que de amenaza.

Celebrar quienes somos y como vivimos nuestra existencia son siempre motivos de alegría y orgullo de nuestra propia identidad, allí se encuentra siempre la presencia de nuestros amigos y compañeros de viaje,  Jesús y María . Ojalá todos nosotros católicos tengamos un momento de oración en el Mes de la Hispanidad , de la raza, para que en una acción de gracias podamos decirle a Dios, gracias por nuestra cultura porque en ella existe la solidaridad y la hermandad que fluyen del amor a Dios y la relación íntima que tenemos con Él desde nuestras propias familias.  Amar a Dios es amar al prójimo, es afirmar con nuestras acciones, unidos en el vínculo de Iglesia, un mismo sentir hacia nuestros hermanos, un sentir de respeto y valoración de la persona humana.