En los últimos meses los sacerdotes y religiosos que trabajan en el ministerio hispano de nuestra diócesis, han focalizado sus reflexiones acerca de la respuesta que nuestra Iglesia ha dado y continuará dando a nuestras amadas familias inmigrantes y a los que están solos y desamparados en nuestra región.

Los puntos de elaboración de una respuesta a la agonía que muchos viven por su condición migratoria, es una gran oportunidad para recordar la enseñanza de la doctrina social de la Iglesia que, por más de cien años, ha estado presente en el corazón de la acción de una Iglesia que desea caminar junto al pobre, y continuar dando un testimonio profundo y contundente de respeto hacia la persona humana que todo cristiano, a luz del evangelio, está comprometido a vivir.

El tema de la inmigración no debe ser tomado como el problema de un grupo de indocumentados que debe responder por sus actos, que sería una forma indiferente e inhumana de ver el dolor del otro.  El tema, en mención, va mucho más allá del hecho aislado de cruzar una frontera o de caminar de un país a otro. La inmigración, en un contexto global, está referido a la responsabilidad que unos y otros tienen por la consecución del bien común.

La solidaridad y la misericordia con el migrante que busca los recursos económicos necesarios para el bienestar y desarrollo de sus seres amados es esencial en la forma que la doctrina social de la Iglesia ve y aprecia al inmigrante. La libertad de un ser humano en su desplazamiento es connatural a los derechos inalienables del mismo.

Afortunadamente, descubrimos en nuestra propia historia que nosotros no estamos reaccionado a un problema, sino que hemos sido pioneros en las repuestas cristianas del desarrollo humano. La Arquidiócesis de Washington, por más de 50 años, ha sido subsidiaria de nuestros inmigrantes en la región  metropolitana. El Centro Católico Hispano desde su fundación abrió sus puertas a los inmigrantes implementando programas para integrar al recién llegado a una nueva vida y cultura. Los programas del Centro Católico enseñan a los inmigrantes el nuevo idioma y les capacita para entender y navegar en esta nueva cultura. Proporciona, también, servicios médicos y dentales a los que no gozan de un seguro médico, y brinda capacitación y ayuda para encontrar empleo.

Es importante destacar que el Centro Católico sirve a todos sin diferencia de raza, lengua, nacionalidad o religión. Los casos exitosos son miles puesto que es una historia que lleva cincuenta años, en los cuales, se ha servido y auxiliado a más de un millón de personas.

Además, la arquidiócesis, a través de sus 39 parroquias que tienen ministerio hispano, continúa siendo un lugar en donde todos están invitados a orar y profundizar su amistad con el Señor Jesús y su madre María Santísima. Somos conscientes que la evangelización también debe proporcionar a nuestros fieles los servicios sociales y de inmigración, importantes para nuestros hermanos/as que necesitan una orientación sobre los derechos y oportunidades que podrían encontrar en las regulaciones migratorias del Gobierno. Por último, somos conscientes de que debemos comprometernos a ser abogados de los que no tienen voz y sufren la peor de las experiencias que un ser humano puede padecer –respecto a la pobreza– que es la de ser invisible.

El papa Francisco nos invita a acercarnos a la experiencia del amor y la misericordia de Dios para que, con esta misma experiencia, no vacilemos en solidarizarnos y a acompañar a quienes necesitan de nuestra presencia y ayuda en estos momentos difíciles que atraviesan muchos de nuestros hermanos/as. El Papa nos recuerda que el otro es un regalo del amor de Dios. Que en esta Cuaresma, el propósito de cambio esté centrado en salir de la indiferencia, que podamos experimentar la tragedia del otro y que podamos orar por quienes no solo necesitan nuestra ayuda material, sino también nuestra oración y respaldo espiritual. Quien regala una oración invita a la presencia de la misericordia de Dios en la vida del otro.
Continuemos caminando en este tiempo de Cuaresma, a la vez que nos esforzamos por trabajar en nuestra conversión personal.