En los Evangelios encontramos que no son pocas las ocasiones en las cuales el Señor Jesús en compañía de sus apóstoles entra en oración, su contacto con el padre es de vital importancia en la realización de su misión aquí en esta tierra. Es claro ver y darse cuenta de que la oración es ciertamente una necesidad constante en el transcurso de la vida pública del Señor. Durante esos años, encontramos en los Evangelios como los apóstoles piden a su maestro que les enseñe a orar. Jesús enseña a orar pero su oración es mediadora, es decir, Jesús más que por él mismo, Jesús ora por nosotros, su oración es de intercesión.

Es muy importante que durante estos tiempos un tanto difíciles para millones de nuestros queridos hermanos y hermanas inmigrantes, nuestra oración se vuelque a su necesidad. En otras palabras, estamos llamados a ser imagen de Jesucristo que no vino a salvarse a sí mismo, sino a dar su vida por amor a los otros. ¿Cuántas veces oramos por todas nuestras necesidades, olvidando la sed con la que otros beben de su propio cáliz? No podemos ser cristianos aislados y egoístas, no podemos caer en el mundo raquítico de nuestras propias conveniencias. La oración que hoy Dios le pide a la Iglesia en los Estados Unidos, es una oración mucho más generosa y solidaria por nuestro pueblo inmigrante, por nuestras familias, por nuestros niños y jóvenes, por el aumento de las vocaciones sacerdotales y religiosas.

Orar por una Iglesia fortalecida por la presencia del Espíritu Santo, es consolidar un presente y un futuro mucho más cierto para la Humanidad y nuestra propia Iglesia particular que se vive en el ambiente de la parroquia. Los frutos de la oración se encuentran principalmente en la santidad de vida, aquella que siempre vimos en el testimonio de nuestros queridos abuelos, personas que enseñaron a orar a nuestros padres y consiguientemente en esa línea de sucesión fueron los que nos enseñaron a orar a nosotros. El conocimiento de Dios y de la fuerza y poder de la oración se transmite en la familia y comienza por la misma experiencia del amor de Dios reflejado en un auténtico testimonio de vida cristiana.

Hoy en este mundo cargado de materialismo es cada vez más difícil encontrar el sentido de la vocación, de la vida y de la felicidad, porque muchos en vez de tratar de ponerse en busca de la amistad de Dios, lo que hacen más bien es ocultarse  en las pequeñeces de sus malos hábitos. La oración es virtud y arranca a hombres y mujeres de sus debilidades y llevándoles a un auténtico estilo de vida, que si bien conlleva el abrazar la cruz, también esta entraña un modo de vida en la paz y el amor de Dios  nuestro señor. Venir a la eucaristía dominical será la forma más perfecta de oración y conocimiento de Dios y de su plan en mi propia existencia.