La Santa Eucaristía nos permite reforzar nuestra presencia en la Iglesia y demostrar el amor que sentimos por nuestro Padre Creador.  (Foto/archivo)
La Santa Eucaristía nos permite reforzar nuestra presencia en la Iglesia y demostrar el amor que sentimos por nuestro Padre Creador. (Foto/archivo)

¿Se nos ha ocurrido en algún momento de nuestra existencia, cambiar a nuestra propia madre?  Creo que todos podrían afirmar que sería un tanto impensable hacerlo. De la misma forma la Iglesia instituida por nuestro Señor Jesucristo y por su vida sacramental, nos ha dado la vida de Dios en el baño bautismal y siempre ha velado por nuestro crecimiento espiritual mediante la celebración de los sacramentos en nuestra vida, particularmente el de la Santa Eucaristía.  

Durante los tiempos difíciles por los cuales atravesamos muchos podrán estar diciendo a nuestros fieles, es mejor cambiarse de Iglesia, preguntemos si es lo más correcto en un tiempo de tormenta saltar de la barca al océano. El único lugar de salvación es la barca de Jesús. Cuando Él lo desee va a confrontar la tormenta y traerá la paz y armonía a quienes le siguen en los buenos tiempos como también en los tiempos de tormenta.  Recordemos el sacramento celebrado por instrumentos que somos los hombres, trae el regalo infinito de la presencia Divina en nuestra existencia temporal. La Iglesia es un puente de esta tierra a la eternidad. Es cumplimiento de la promesa de Jesucristo de ascender a los cielos pero no dejarnos solos, es la salvación prometida a la humanidad por parte del deseo salvífico de Dios para quienes pueden perder su alma.

Por tal motivo, cuando vemos que el maligno ronda a la Iglesia para tratar de destruirla, lo mejor que podemos pensar es que todos somos Iglesia, que si la abandonamos en tiempo de necesidad , es como abandonarnos a nosotros mismos en momentos en que necesitamos más fuerza y claridad para poder continuar nuestra misión en este mundo. No olvidemos como discípulos misioneros del amor de Dios, debemos proclamar las buenas noticias de la Salvación en la medida que amamos, perdonamos y servimos a nuestros hermanos y hermanas en este mundo. Somos Iglesia en misión y nuestra meta es evangelizar con la alegría que da el mérito del servicio y el amor a todos nuestros hermanos y hermanas en necesidad espiritual y material. Así que más que reconocer nuestras palabras o acciones la presente generación debe reconocer la presencia y el amor de Jesucristo. Como lo afirma San Pablo en su carta a la comunidad de Corinto en el capítulo 4: Somos vasijas de barro que portamos un tesoro grande, el misterio de la Salvación.

Oremos por todos nosotros –que somos la Iglesia– para que podamos continuar amándola y santificándola con nuestro propio testimonio de vida.