Durante estas dos primeras semanas de Adviento estaremos inmersos en diferentes celebraciones, todas ellas, referentes a Santa María de Guadalupe. Es lógico que durante la preparación espiritual a la celebración de la Navidad, tengamos a María Santísima como un modelo perfecto del seguimiento y el amor a la voluntad de Dios. En ella encontramos el puente entre un pueblo que aspira profundamente el encuentro con la misericordia de Dios y el amor de ese mismo Dios misericordioso siempre dispuesto a caminar y a derramar sus bendiciones sobre sus hijos e hijas en necesidad.

En verdad ha sido una alegría el poder encontrar a diferentes comunidades parroquiales hispanas en la Arquidiócesis de Washington durante las semanas pasadas y confrontar una vez la gran labor de evangelización y presencia que nuestros sacerdotes hacen diariamente con nuestras familias. El pueblo inmigrante quiere y apoya a sus sacerdotes porque ve en ellos instrumentos del Dios misericordioso que ayuda, acompaña y auxilia al más necesitado. Esta es la realidad de nuestra Iglesia, una comunidad  que profesa la fe y el amor por Dios y ve en el sacerdocio la expresión de la voluntad de Jesús que al fundar la Iglesia llamó y continúa llamando a hombres para que sigan en fidelidad y santidad su obra de redención.

A la imagen de María, entonces, todos somos instrumentos de ese Niño Dios que nacerá en nuestros corazones, el 25 de diciembre, para derramar su amor, paz y bienestar en la vida de quienes nos rodean. Sin embargo, debemos aprovechar este tiempo de Adviento para reflexionar, ante la mirada de Dios, dándonos cuenta que tan cerca o lejos nuestra vida y acciones están de Él. La conversión de corazón emana del deseo de acercarnos al sacramento de la confesión y recibir el perdón de Dios, con la alegría de saber, que aún tenemos vida y tiempo para enmendar lo malo que hemos podido hacer. Esa es la ruta que cada santo o santa en la Iglesia ha tomado en algún momento de la vida.

Qué al contemplar la Virgen del Adviento, María de Guadalupe, podamos todos entender que tan solo somos instrumentos en las manos de Dios, sin embargo, él podrá hacer tantas cosas buenas por nuestra manos, si se lo permitimos. La decisión es nuestra. Les invito a que seamos como María Virgen, generosos en nuestra respuesta y fieles al llamado recibido de Dios. Recordemos a cada instante que vsomos Discípulos Misioneros de ese amor de Dios.

Qué la Virgen Santísima nos cubra con su manto y nos bendiga.