Mons. Mario Dorsonville
Mons. Mario Dorsonville

Desde el principio de nuestras vidas se nos enseñó que somos alma y, aunque muy conscientes de esta realidad, son contadas las veces en la vida en las que nos detenemos a mirar nuestra alma. El alma es el recinto sagrado en el cual sólo Dios entra, es el lugar más importante de toda nuestra persona humana. Por lo tanto, a nuestra alma debemos cuidar, fortalecer y darle siempre ese sentido humano que es propio de la misma, puesto que ella reside en nuestro cuerpo mortal. El alma es para Dios, pero también para todos los que a diario entran en contacto con nosotros. De la nobleza del alma canta la presencia de Dios y del amor que tenemos por la Eternidad; puesto que el alma nos hace ciudadanos del cielo y no nos permite aferrarnos a este mundo y sus pasiones. No nos instala en las cosas ni en el poder de esta tierra, sino que nos torna en auténticos instrumentos del amor de Dios. Así, podemos afirmar que existe una vida oculta en nuestra existencia, que es la vida del alma que comulga y se robustece por la vida sacramental de la Iglesia. El alma como las cosas de este mundo también puede llegar a tener sus días inmensamente tranquilos y serenos, como también sus noches amargas y de tribulación. Nuestra alma que define nuestro ser puede, a imagen de Cristo verdadero Dios y Hombre, experimentar auroras cargadas de ilusiones como también tardes tristes cargadas de dolor.

Nuestra alma, como nuestro mundo evoluciona, madura en la experiencia mística de la amistad con Jesucristo, comparte la alegría de su Resurrección y anhela por encima de cualquier ajuste terrenal, el premio de la Eternidad. Nos hace firmes y totalmente comprometidos con el devenir histórico del momento en el que nos ha tocado existir, pero jamás nos agota en la grandeza que le inspira el conocimiento de Dios. El alma atraviesa por las diferentes estaciones del año: sabemos claramente que su herencia siempre será el invierno que la sujeta al mundo imperfecto en el que vivimos y por el cual estamos expuestos al pecado, pero sabe bien nuestra alma, por la inspiración del Dios Vivo, que viene pronto una Eterna Primavera, en donde la felicidad completa estará dada por el conocimiento absoluto que, por la bondad de Dios, la criatura tendrá de su Creador. Aguardamos con gran gozo el día en que Dios nos llame para correr hacia Él como única meta y fin de nuestra existencia.

Una bendición de Pascua para toda la querida familia hispana.