Las primeras Navidades en la existencia de un niño, son Navidades para aprender y entender el espíritu navideño,  los mayores siempre son los que de una u otra forma hacen un especial énfasis en la tradición cultural que envuelve una forma de ser y de relacionarse en el contexto de un mensaje fundamental del amor de Dios vivido en familia.

Una vez que los almanaques corren, las Navidades comienzan a ser momentos que se pueden capitalizar y a los jóvenes les encanta volverse protagonistas de las mismas festividades. El gozo de la juventud y la generosidad de espíritu hacen de las fiestas navi-deñas un derroche de solidaridad, alegría y oración.  

Más adelante, cuando comenzamos a llegar a una edad madura, las Navidades no pierden en ningún momento su sentido fundamental que es el encuentro con Dios encarnado en las entrañas de una Virgen, pero este mismo acontecimiento se comienza a entender a la luz de la madurez cristiana, en el recuerdo hermoso de las primeras navidades y en el contexto de lograr una verdadera síntesis que nos lleve a continuar reinterpretando la Navidad en el amor siempre creativo de Dios.

En otras palabras, Navidad es la celebración del nacimiento del Salvador, aquel que nos arranca del pecado y la muerte y aquel que  nos dará, por su infinita misericordia, el gozo de la eternidad. Navidad es la fiesta del encuentro de nosotros aquí en la tierra, con una aspiración de lo infinito, salimos de Dios pero nuestro deseo ardiente es y será siempre volver a Él.  

La Navidad, más que una fiesta de cosas materiales, es una fiesta del Espíritu de Dios  que confirma  y nos recuerda la  Voluntad Eterna del Padre que no vaciló en enviarnos a su Hijo amado para que hecho Hombre, en las entrañas de una Virgen, fuera nuestro Redentor y  Salvador.

Navidad hoy más que nunca, en una sociedad altamente materialista como la nuestra, debe ser la fiesta espiritual que, en los pensamientos místicos de Santa Teresa, nos recuerda que nada nos puede turbar, que nada nos puede espantar, que todo pasa pero Dios no se muda, que la paciencia todo lo alcanza, puesto quien a Dios tiene nada le falta. Solo Dios basta.

Ese mismo Niño Jesús, nacido en el pesebre de Belén, es quien nos recuerda que debemos ser humildes, que debemos perdonar a quien nos hace mal, que la oración logra lo que pensamos que es imposible. La Iglesia en Estados Unidos abre sus puertas a los queridos inmigrantes y refugiados, oramos para que este sea siempre el sentimiento que inspire a una nación cristiana como la nuestra.

Para todas las queridas familias inmigrantes hispanas y muy especialmente para nuestros enfermos y todos los niños les envío una muy especial bendición de Navidad.