El miércoles 6 de marzo celebramos el Miércoles de Ceniza que da comienzo a la Cuaresma: cuarenta días de preparación al Triduo Pascual en donde celebraremos la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Todos estamos invitados a disponer nuestras almas y nuestro entero ser con una infinita humildad delante de la mirada de Dios y reconocer que somos pecadores y que muchas veces nos hemos equivocado. Por esa razón, recibimos las cenizas en nuestra frente como una señal de luto y tristeza por haber ofendido a Dios. 
Esa ofensa ha causado nuestro alejamiento de Dios. Sin embargo, a través de la Cuaresma, tenemos la oportunidad de arrepentirnos y caminar al encuentro del Dios misericordioso. La esperanza de poder restablecer nuestra condición de hijos e hijas de Dios es un motivo de una gran alegría que se experimenta en el camino cuaresmal, como una muestra de autenticidad en la vida del cristiano que debe ser recorrido por cada uno de los discípulos del Señor. 
A Dios amamos y sin importar cuanto le hemos fallado, sabemos que existe el perdón para quien arrepintiéndose de sus culpas busca la purificación y el encuentro con Dios. Sabiendo que en este encuentro existe la reconciliación y el volver a comenzar y a retomar lo que parecía estar perdido. Acercarse al sacramento de la confesión es indispensable en la jornada que emprendemos durante los cuarenta días de cuaresma.  
El arrepentimiento, de los que se comprometen a vivir en profundidad el tiempo de Cuaresma, está delineado por la lectura del Evangelio de Mateo en el capítulo 6 que será leído el Miércoles de Ceniza durante la celebración de la Santa Eucaristía. El ayuno como mortificación y dominio de nosotros mismos, la oración como el encuentro profundo con la misericordia de Dios y la limosna como una manifestación de nuestra solidaridad y caridad constante para con los más necesitados, serán una sólida expresión de nuestro anhelo de restituir nuestra amistad y el seguimiento a las enseñanzas evangélicas de Jesús.
 Les invito a ver y experimentar la Cuaresma no tan solo con la tristeza, y a lo mejor con la depresión de estar sumidos en nuestras culpas, sino a vivirla en la Esperanza y en la experiencia del amor de Dios. Los que vivan intensamente estos días de conversión saldrán fortalecidos para que, mediante un auténtico testimonio de vida, todos podamos anunciar las buenas noticias del Evangelio. Cristo ha vencido a la muerte y al pecado y nos ha asegurado la vida eterna para todos los que se abran sin temor a la auténtica existencia de los discípulos misioneros del amor de Dios. Los que reciban la experiencia del perdón están, en consciencia, obligados a dar lo mejor de sí mismos para continuar construyendo en el amor de Dios sus familias, su comunidad parroquial y esta Iglesia del Señor.  
Les invito para que en una forma muy especial tengamos muy presente, durante nuestro camino cuaresmal, a los que están alejados de Dios, a nuestras familias de inmigrantes que viven un continuo viacrucis en su peregrinar en esta nación, y de una manera muy particular a las víctimas de la trata de blancas que se hunden en un laberinto de violación de su dignidad humana. 
Qué nuestra oración y conversión no estén centrados en nuestros propios intereses, sino que muy por el contrario esta Cuaresma sea vivida en una Iglesia Universal que nos obliga a ser responsables los unos de los otros.
Qué Dios en su bondad nos perdone por todas las ofensas que a diario este mundo comete y que nos dé a todos y cada uno un camino cuaresmal de purificación y de una gran experiencia del amor de Dios.