Mons. Mario Dorsonville
Mons. Mario Dorsonville

Durante la Cuaresma –un tiempo de conversión donde Dios y nuestros hermanos son el sentido de la misma– convendría reflexionar y asimilar, en nuestro camino cuaresmal, las enseñanzas del Evangelio que nos hacen comprender que Jesús vino a este mundo a salvarnos. Su misión no fue referida a sí mismo, sino que esta se realizó en busca de la salvación, el perdón y amor al prójimo. El principio fundamental de la Salvación ofrecida en el Evangelio es la humanidad redimida por el sacrificio y el amor del Hijo de Dios hacia los hombres.

Muchas veces, el pecado presente en nuestras vidas nos empuja a encerrarnos en nosotros mismos, a negarnos la presencia de Dios en nuestra existencia y a ignorar a los otros. El pecado tiende a alejarnos de nuestros deberes para con los demás haciéndonos cada día más egocéntricos en lo que decimos y cómo actuamos en la vida familiar, el trabajo o la escuela. Por lo tanto, una Cuaresma de ayuno y abstinencia –como una práctica individualista– no tiene ningún sentido cristiano y de comunión con Dios y los otros. Los esfuerzos de ayuno y abstinencia, de tiempo de oración y encuentro con Dios, deben ser momentos de profunda reflexión en mis comportamientos, actitudes y palabras para con los demás. Es muy importante recordar que toda práctica cuaresmal tiene el cometido final de la limosna que es el apoyo y la solidaridad en las dificultades de los pobres y los más necesitados de nuestra comunidad.

Este año, la Cuaresma vivida en nuestras comunidades debe tener como prioridad la oración, la solidaridad y el amor por todos los que enfrentan una gran incertidumbre por su condición migratoria. Los inmigrantes, especialmente niños y jóvenes, son el rostro sufriente de Cristo. Sus historias, sus desafortunadas experiencias vividas, cómo han sido maltratados y abusados nos recuerdan la condena de Jesús quien siendo inocente tuvo que sufrir hace más de dos mil años.

Abogar, solidarizarse y orar intensamente por el drama inmigratorio que a diario viven nuestras familias, es un deber de cristianos en esta Cuaresma. Sus lágrimas , angustias y desesperanzas son las consecuencias de una comunidad mundial que por las injusticias y los afanes de enriquecimiento personal arroja a estos grupos humanos fuera de sus propias tierras en busca de condiciones esenciales para un desarrollo humano de las nuevas generaciones.

En estas semanas de Cuaresma, las prácticas de ayuno, abstinencia y oración deben ser el motor que nos lleve a reconocer a los otros, los dramas por los que atraviesan y a sensibilizar nuestras mentes y corazones ante estas tragedias humanas que son el comienzo para transformarnos en los instrumentos que Jesús necesita en el mundo de hoy para seguir instaurando su Reino de justicia, de paz y de amor.

Qué Jesús acompañe nuestro camino cuaresmal y, por nuestra conversión personal, los demás puedan reconocer la presencia de Dios en sus vidas.