Desde algunos años venimos escuchando sobre la necesidad de una Nueva Evangelización en nuestro mundo y nuestra Iglesia. En el 2012, Benedicto XVI convocó a un   sínodo sobre la Nueva Evangelización y el papa Francisco tomó el reto de la evangelización desde el inicio de su pontificado. Sería, pues, importante preguntarse si en realidad se sabe qué es la Evangelización o, si por el contrario, es una palabra que utilizamos en nuestras conversaciones  diarias y que a lo mejor no la sabemos definir.

Evangelización es la acción que la Iglesia ejercita através de todo el mundo anunciando la Buena Noticia del Evangelio, que no es otra que Cristo Resucitó y nos ha salvado de la muerte y del pecado. Este Anuncio ante los ojos de muchos, parecería que fuese fácil de compartir, pero si observamos con detenimiento, encontraremos que para la Iglesia primitiva este anuncio fue causa de martirio, en otras palabras, nuestra fe se funda en la sangre que se ha derramado de generación en generación a lo largo de estos veintiún siglos de la Historia de la Salvación.

La Evangelización tiene un fundamento que es muy importante y es altamente recomendable siempre tenerlo en cuenta. Es una misión a la cual se ha sido llamado, no es un antojo personal o un deseo propio. Dios nos conoce, nos ama y nos llama. Es la fuente fundamental de un anuncio que una persona está llamada a realizar y brota del encuentro profundo con Cristo. En nuestro caso, el encuentro mediante la vida sacramental de la Iglesia.

En los años setenta, el papa Pablo VI nos recor-daba siempre que nadie podía seguir a un desconocido. En otras palabras, las familias, los jóvenes profesionales, todos los que están consagrados a Dios podrán hacer un legítimo trabajo de evangelización, si en su corazón y en sus vidas hay una verdadera relación, una relación íntima con Jesús. Nadie puede anunciar lo que en su corazón no existe. En nuestro caso conocemos a nuestro Señor en la medida en que abrimos nuestro ser a la oración, a la meditación de la palabra y la vivencia de la Eucaristía. 

Por esta razón es que el testigo enviado a vivir dar testimonio del Evangelio, lo hace proclamando la palabra de Jesús, puesto que la conoce porque –tras los años– la ha visto hacerse vida en su propia existencia. El misionero o el enviado, sabe de sus limitaciones, pero también tiene fe en la grandeza de quien le envía a proclamar las buenas noticias de la Resurrección y la salvación del mundo. No obstante, esto no quiere decir que quien proclama la fe en Cristo, con su propia vida, está siempre confrontando el riesgo de perder su vida por amor al Evangelio. Confrontamos con dolor, como hoy en nuestro presente y en nuestro mundo el odio y la persecución a los cristianos se hace nuevamente intensa y presente, especialmente en naciones con conflictos armados.

Sacerdotes, religiosas, familias cristianas asesinadas, han muerto en el sólido testimonio de amor a Jesús y la firme esperanza en la Resurrección que Él ha prometido a quienes le sigan. Vemos con preocupación, pero también con gran esperanza, que en las décadas venideras para la humanidad, el dolor, el hambre, el desplazamiento humano, la pobreza y la enfermedad serán momentos muy difíciles para la comunidad mundial, pero a la vez para la Iglesia Universal una gran oportunidad para servir amando al pobre, al indigente, al inmigrante. Descubriendo en el rostro de todos estos hermanos y hermanas el rostro de Jesús. Amar al pobre siempre será amar a Jesús, encontrar la persona crucificada y doliente del Señor.  Así concluimos que el fin de toda acción evangelizadora, siempre será una oportunidad para reconocer y ayudar al pobre, que definitivamente es él, no otro más que él, quien se constituye en el centro de la predicación de Jesús. 

Les invito a que oremos, muy especialmente, por quienes han sido víctimas de los últimos desastres naturales, especialmente por el pueblo haitiano y todos los que perdieron a sus seres queridos. Que el Señor nos dé la alegría de evangelizar en la solidaridad y la oración por todos los que hoy sufren y no están lejanos de nuestra mente y de nuestro corazón.