La narrativa de derechos humanos está siendo amenazada en Estados Unidos, donde al margen de nuestras diferencias y de la diversidad multicultural de la nación se pretende ignorar que, todos, sin excepción, respiramos el mismo aire. Vemos como se apela al inveterado instinto tribal del miedo al “otro”, miedo que envenena los corazones y compele a hacer cosas terribles. Los inmigrantes indocumentados son encarcelados por el solo hecho de buscar oportunidades y mejores condiciones de vida para sus familias. Para ellos el único antídoto al miedo es la esperanza que les alienta a seguir adelante. Mas, en la aldea global en que vivimos, dar la bienvenida al “otro” y aceptar la diversidad es un ideal que debería condecirse con la inobjetable realidad de un mundo diverso que nos “habla” de una cultura de encuentro donde hay y priman muchas historias.

Una cultura de encuentro implica dar la bienvenida al “otro”, buscando puntos de convergencia no solo con la prédica, que se puede hacer desde cualquier púlpito, sino con el ejemplo: dando la bienvenida a nuestros semejantes asumiendo el liderazgo de ser pacificadores, sin olvidar que las palabras serán huecas si no predicamos con el ejemplo de nuestras acciones. En un mundo de vertiginosos cambios, la inestabilidad es una norma donde escasea la paciencia de escuchar a los demás, a los “otros”, creando una crisis de identidad aprovechada por populistas inescrupulosos a quienes solo les interesa pescar en río revuelto, alimentando el miedo al “otro”, echando más leña al fuego de la polarización. No subestimar al miedo es prestar atención a sus mercaderes que hacen dinero vendiendo miedo.

Hay quienes dicen a la gente que deben tener miedo. Lo que ha generado políticas inhumanas ajenas a nuestras tradiciones democráticas y a la historia de una nación de inmigrantes por antonomasia. La separación de familias inmigrantes –de padres y niños–  es, nada más, ni nada menos, la deshumanización de los más vulnerables. Cuando se minimiza la muerte de un nonato, de un indocumentado o vemos con indiferencia el sufrimiento que padecen los inmigrantes que buscan reunirse con sus familias, simplemente, se les deshumaniza. Ese es uno de los trágicos costos del miedo, que para vencerlo es necesario que la gente se reúna y dialogue a pesar de sus diferencias, en caso contrario, los afectados por el racismo y el acoso se verán radicalizados por los mercaderes del odio. 

Cuando dos personas se reúnen y dialogan se entienden y descubren que la mayor parte de las veces, a pesar de sus diferencias, tienen mucho en común. Pensemos, pues, qué podemos hacer para mantener incólumes los principios sin apelar al odio, ni promover la polarización. Tenemos que recuperar la habilidad de respetar a la otra persona, porque mirar al “otro” como sospechoso es destructivo.  Escuchar lo que dice el “otro” es reconocer lo que significa ser persona, solo así podremos vencer el prejuicio que no se institucionaliza cuando se conoce al “otro”. Los que dicen que los inmigrantes deben regresar a sus países olvidan que sus ancestros arribaron a estas tierras por las mismas razones que los inmigrantes recién llegados, quienes son personas como todos nosotros y que, valga la redundancia, vinieron por las mismas razones que todos.

De allí la importancia del diálogo que debemos aprender y practicarlo escuchando con atención y creando puentes de entendimiento sobre la base de la economía de las palabras. Es importante sentirnos cómodos con los temas que se planteen en el diálogo, sean estos sobre el racismo o inmigración, y para ello es necesario que no se aborden como si fuera un debate que es una manera de hacer justicia en el enrarecido ambiente en que vivimos. Hay una necesidad vital de empoderar a nuestros líderes locales porque la gente –sobre todo los jóvenes– está deseosa de actuar cuando hay una visión clara de lo que se quiere y busca. Ante todo, debemos respondernos si vemos a la diversidad cómo una debilidad o cómo una oportunidad. La maestra historia enseña que si todo tiene que ser lo mismo, y la diversidad es superada, todos perderemos. El precepto de “ama a tu prójimo…” no viene acompañado con excepciones. No tiene excepciones.