A juzgar por lo observado –en los últimos meses– en el acontecer nacional y al que nadie puede sustraerse, ni permanecer indiferente, las malas ideas que apelan a los prejuicios –y buscan chivos expiatorios de todos los males que nos aquejan– tienen un impresionante poder de permanencia, amén de afirmar estereotipos y despertar pasiones insanas. No importa que las evidencias digan lo contrario. No importa cuántas veces se demuestre que esas malas ideas, propa-ladas de manera malsana por un cierto candidato presidencial, están equivocadas. Ellas siguen presentes con un gran poder de distorsión. Mas, ¿qué las hace tan ‘serias’? Suena banal, pero lo cierto es que su poder y efectividad se resume en la simplona invocación de una cierta ‘grandeza’ que se perdió o, sencillamente, no existe. En el discurso se absuelve de responsabilidad a unos y se culpa a otros por la debacle y por los posibles sacrificios que se tendrá que pedir a los más pequeños para enmendar los ‘errores’. Lo grave del coyuntural tema es la determinación con la que un mal candidato ha asumido ideas perniciosas que apelan al más crudo racismo y nativismo en un país, paradójicamente, multicultural y, que duda cabe, hecho por inmigrantes.

No hay necesidad de esforzarnos demasiado para demostrar la absurdidad de esas malas ideas, por donde se las mire. En el aspecto económico, por ejemplo, que parece ser la madre del cordero, no olvidemos que la crisis financiera fue mundial  y fue provocada por ‘Wall Street’, no por ‘Main Street’, no por el hombre de la calle o el hombre de a pie. En ese sentido, todos los actuales reclamos de irresponsabilidad implican un reescribir la historia basándose en malas ideas que son presentadas como hechos y no como meras ‘opiniones’. Lo grave del tema es la determinación del ‘mensajero’ y de sus ideas llenas de prejuicios que apelan a lo más feo y hace que muchos crean en su falaz y  divisiva propaganda. En lugar de buscar una comunión de ideas y el concurso de todos para enfrentar los problemas, se opta por exacerbar los mismos. No se trata de ser políticamente correcto y dar crédito a la sinceridad, sino que las malas ideas tienen su ‘propia vida’ y si no le salimos al paso terminan enseñoreándose en nuestra cotidianeidad. No olvidemos que, por   lo general, no hay problemas que solucionar, sino condiciones de nuestro tiempo que necesitan ser manejadas en un ambiente de diálogo, que es una manera de abordar y gerenciar las condiciones coyunturales. En ese contexto, el tiempo establece la agenda donde hay muchos retos que responder y, desde el punto de vista político, cuando surge el desacuerdo a la larga se termina acordando en los fines, en el bien común que es importante tenerlo siempre presente.

Ahora, cuando los hechos son inciertos hay siempre el peligro de sustituir la verdad por nuestras propias preconcepciones o prejuicios. Al final de cuentas, si creemos más en la versión de un político que en la de un transeúnte o viceversa dependerá de nuestras propias preconcepciones. En la falta de certidumbre es, pues, vital la presencia de la verdad, sin tapujos, de ambas partes. En ese aspecto se necesita de un espíritu innovativo que se sustente en la dignidad de todos. Como lo señaló, en Polonia, el papa Francisco, los jóvenes del mundo han dado la respuesta a los desafíos de hoy, han dado “un signo de  esperanza que se llama fraternidad” y que tanto se necesita en un mundo en guerra, en  un mundo necesitado de cercanía, diálogo y amistad.