E­n todo aprendizaje hay un énfasis en el conocimiento de lo que “hay en el mundo” y “de lo que se puede hacer con él”, donde descubrir la verdad o la falsedad de un hecho está determinado por argumentos y los elementos coyunturales asociados. Pues bien, en febrero de 2016, el papa Francisco visitó la frontera México-EEUU llevando un mensaje de solidaridad y justicia para los inmigrantes. En febrero de 2019, el presidente Trump visitó la frontera con un mensaje de división y xenofobia. El mensaje del Papa “lleno de verdades del Evangelio” contrasta con el mensaje del Presidente “lleno de mentiras distorsionadas sobre los inmigrantes y nuestra frontera”. Mientras Francisco nos llamó “a recibir, proteger, promover e integrar a los inmigrantes”, Trump insistió en “la separación de las familias, las deportaciones, el retorno de los solicitantes de asilo, la eliminación del programa DACA y construir más del muro fronterizo”. Mientras un mensaje ofrecía “esperanza para la humanidad en nuestra compasión y solidaridad con los refugiados”, el otro ofrecía “más temor para justificar su obsesión con un muro fronterizo: un monumento al odio y una señal contraria al reino de Dios”.
Esas dos visiones conflictivas de nuestra nación y los valores cristianos, que se manifiestan todos los días a lo largo de la frontera de EEUU-México, hacen énfasis en el conocimiento de lo que “hay en el país” y “de lo que podemos hacer” subrayada por monseñor Arturo J. Bañuelas, párroco de la parroquia de San Marcos en El Paso, TX, en su reciente conferencia “Border Spirituality: ‘Tú eres mi otro yo’” en la Universidad de Santa Clara, CA. Su testimonio: “Mi casa a lo largo de la frontera EEUU-México parece un campo de batalla. Seis mil soldados recubren los muros fronterizos con un cable afilado como una navaja, y los agentes fronterizos están realizando ejercicios de estilo militar con equipo antidisturbios. La narrativa antiinmigrante del Gobierno continúa asustando, enojando y alentando a las personas para que odien a los recién llegados y promuevan políticas más estrictas de aplicación de la ley que separan a las familias, cierran la puerta a los inmigrantes que desean mantener a sus familias, aumenta el muro fronterizo, niega a los estudiantes de DACA un lugar en nuestra sociedad y detiene a los jóvenes en jaulas. Todo esto es moralmente incorrecto, profundamente inhumano, fundamentalmente antiamericano y no cristiano. Los que vivimos en la frontera podemos ver que aquí no existe una amenaza a la seguridad nacional. Proyectar el miedo con fines políticos nos deshumaniza, demoniza y desensibiliza a los sufrimientos de los demás. La presencia militar en la frontera fomenta una narrativa de los inmigrantes como el enemigo y da la percepción de la delincuencia rampante en nuestra frontera, lo que justifica la necesidad de la militarización de la frontera”. 
No se trata de entender aspectos del pasado en la misma forma que tratamos de entender el por qué alguien ganó la lotería. No interesan los meros “hechos”, sino el “razonado hecho”, la explicación de saber cosas sabiendo por qué se dan como tal. Las nuevas voces de los inmigrantes sufrientes que buscan una vida más digna están articulando “una nueva conversación, una nueva caminata de Dios y sus voces están formando una nueva humanidad que nos compromete a trabajar por los derechos humanos de los refugiados, especialmente por los niños, por los inmigrantes que buscan una nueva vida más allá de sus sufrimientos”, que llama a un encuentro de solidaridad que va más allá de la empatía y la caridad. Los antepasados indígenas de Bañuelas nos enseñan el significado de ese encuentro de solidaridad cuando dicen: “Tú eres mi otro yo”. Es decir, “todos estamos íntimamente relacionados y somos una parte sagrada de cada uno, de manera que si te lastimo, me lastimo a mí mismo. Por eso –como el padre Bañuelas– concluimos: “Me alegra decirte: Tú eres mi otro yo”.