La humanización de la migración de personas en Estados Unidos, México y Centroamérica es un clamor e ineludible imperativo moral expresado con meridiana claridad por los obispos católicos de México y Estados Unidos en la conferencia ‘Extraños nunca más, juntos en el camino de la esperanza’ realizado en el 2005 en El Paso, Texas. Entonces coincidieron señalar que “hay una gran deshumanización en el tema migratorio por parte de México y Estados Unidos”. Deshumanización que no ha contribuido en nada a solucionar el álgido problema de la migración indocumentada; por el contrario, ha dado paso a una creciente polarización política del país, a una cruel e inmoral política de separación de los niños de sus padres, a un insoslayable rechazo de la imagen del ‘otro’ -rayano en el racismo- que no se condice con las raíces fundacionales de un país de inmigrantes, a una soterrada explotación laboral, a un ‘desconocimiento’ de sus contribuciones económicas y culturales, amén de ser la causante de centenares de muertes en la frontera.

Ante esa realidad, los obispos afirmaron una consabida verdad causante de muchos de los problemas ‘creados’ -utilizados convenientemente por tirios y troyanos- que “el sistema migratorio de Estados Unidos está fracturado”. A decir verdad, si todos abrieran los ojos y vieran las condiciones en que llegan y viven los inmigrantes indocumentados, ninguno, en su sano juicio, permitiría que sigan viviendo como viven; y concluirían, además, que las actuales políticas migratorias son un fracaso y que, en definitiva, se deben cambiar las leyes que afectan a los migrantes y refugiados en Estados Unidos y México, sin dejar de seguir brindando cuidado pastoral a los migrantes y a sus familias, mas ese cambio exige también un cambio en la forma de pensar que la gente tiene acerca de los migrantes: tener siempre presente que el respeto de la dignidad humana de los migrantes es un tema que nos incumbe a todos.

Razón de más para que nos dejemos alcanzar por el mensaje consolador de la Pascua y por las alegrías sencillas vividas con fe y gratitud compartiendo momentos de cordialidad, de acogida y de amistad. Qué el Resucitado -mensaje consolador del papa Francisco- “abra nuestros corazones a las necesidades de los menesterosos, los indefensos, los pobres, los desempleados, los marginados, los que llaman a nuestra puerta en busca de pan, de un refugio o del reconocimiento de su dignidad”. Un buen momento también para hacer un alto en el camino y reflexionar sobre el presente educativo de nuestros vástagos, a sabiendas de que la educación es la clave del éxito de su vida futura. Sus éxitos y fracasos estarán directamente relacionados con todo lo que hoy hagamos o dejemos de hacer por ellos. Mas, de lo que se trata es de caer en cuenta de que es imperativo que nos involucremos decididamente en la tarea de formar y educar a nuestros jóvenes, empezando por preguntarnos cuáles son las prioridades de nuestras familias. Estoy seguro de que la mayoría pondrá en primer lugar a sus  hijos por quienes ningún sacrificio es poco. Ergo, la educación de nuestros hijos es o debería ser nuestra prioridad número uno porque de ello depende su futuro inmediato. En esa perspectiva no debemos preocuparnos por los costos, sacrificios o esfuerzos de hoy; más bien, deberíamos preocuparnos por lo que nos ‘costará’ mañana lo que dejemos de hacer hoy. Nuestra comunidad tiene muchísimas cosas que nos unen y nos dan identidad, muchas cosas buenas que enseñar, de las cuales sentirnos orgullosos de nuestra procedencia y de ser quiénes somos para trabajar unidos por el bien común de nuestra comunidad y del país. Mas, para establecer o profundizar nues­tras buenas relaciones en el seno de una sociedad multicultural es necesario dar un paso al frente para dar muestra de buena voluntad y liderazgo.