Hace un par de semanas millones de portugueses celebraron, con justificado orgullo, el histórico triunfo de su selección de fútbol que venció a la selección francesa en la final de la Eurocopa 2016, en tiempo extra, por el marcador de 1-0. Los franceses eran los favoritos para ha cerse del triunfo por lo demostrado durante el campeonato. Muchos dirían que así es el fútbol. Y es cierto, porque todo puede pasar en el campo de juego donde se enfrentan once jugadores contra once. Contra todo pronóstico, un hecho fortuito inclinó aún más la balanza a favor de los galos cuando en el minuto 21 del primer tiempo las cosas se pusieron color de hormiga para Portugal que se quedó sin su mejor jugador, Cristiano Ronaldo, quien se lesionó luego de un fuerte encontronazo y, a pesar de su voluntad e insistencia de seguir jugando, tuvo finalmente que abandonar el campo de juego, en medio de  lágrimas. La suerte parecía echada para los lusitanos que se replegaron para jugar defendiéndose cohesionadamente como un todo. En esos confusos momentos, el arquero portugués Rui Patricio se erigió como el baluarte de su equipo al realizar extraordinarias atajadas que ahogaron el grito de gol de los franceses.

El encuentro terminó cero a cero gracias a la imbatible muralla portuguesa: Rui Patricio. Se tuvo que ir al alargue de 30 minutos extras para dirimir el encuentro. Los lusitanos continuaron defendiéndose y atacando, pese al dominio francés, en cuanta oportunidad se le presentaba. En una de esas ins-tancias, Éder marcó el único gol del partido con más garra y fuerza que dominio técnico del balón que a la postre significó para su equipo levantar la copa de campeón de Europa 2016 que ganó Portugal, por primera vez en su historia, a pesar de haber jugado la mayor parte del partido sin su capitán.  En esa contigencia, y sin palabras, los lusitanos se decidieron a hilvanar jugadas en equipo para cubrir la ausencia de su mejor jugador. Sin su héroe nacional se mentalizaron a jugar como un bloque y evitar cometer los más mínimos errores. Esa cohesión les infundió la confianza y la fortaleza necesaria para superar la dependencia de jugar en función de la genialidad de un solo jugador. Al final de cuentas cada uno de los once jugadores lusitanos fueron en el gramado de juego ‘engranajes vitales’ que cumplieron su función a cabalidad.  No necesitaron de un ‘salvador’ o un ‘héroe’ para hacerse del triunfo luego de 120 minutos de brega y generosa entrega.

Lo propio sucede en todos los aspectos de nuestra vida cotidiana. Por donde uno quiera verlo, en la vida como en el deporte, no hay gran diferencia en la actitud con la que debemos salir a encarar nuestras tareas y responsabilidades cotidianas.  El entusiasmo y la entrega generosa con la que entremos al campo de la vida a jugar partidos vitales en el área de la educación, empleo, vivienda o inmigración marcarán los goles que harán diferencia. Hay que salir siempre a entregar lo mejor de uno, jugando en equipo, en lo que nos una como familia, comunidad o parroquia. En ese contexto, no necesitaremos de héroes, solo ser quienes somos, ciudadanos que asumimos, por ejemplo, la responsabilidad cívica de decidir nuestro destino registrándonos para votar y acudir en las elecciones presidenciales del 8 de noviembre a emitir un voto responsable, que reflejará nuestra participación y madurez cívica que no estará en manos ajenas o del azar, solo en el compromiso mancomunado que asumamos en beneficio de nuestros hogares y vecindarios. Porque, como lo demostraron los jugadores portugueses no se necesitan héroes para triunfar, solo ser cada uno de nosotros, erigiéndonos como ejemplos, ni mejores ni peores, solo únicos en la entrega.