En poco menos de ocho semanas sabremos quién estará dirigiendo el país. Entretanto priman, en ciertos sectores, sentimientos beligerantes e impregnados de ira cuando se habla de los inmigrantes indocumentados. Sentimientos que han sustituido al diálogo y al debate de ideas y propuestas cuando se aborda el impostergable tema de una reforma migratoria integral. La inmigración es un tema tan inflamable que, paradójicamente, en una nación hecha y que continúa haciéndose por inmigrantes, la sola propuesta de hacer justicia con los jóvenes indocumentados –dándoles la oportunidad de poder acceder a estudios superiores pagando el mismo costo que se ofrecen a los residentes (intuition)– chamuscó políticamente a precandidatos presidenciales, como sucedió con el  gobernador de Texas. La urgencia y sentido de seguridad que embarga a los pobladores de las zonas fronterizas es entendible si consideramos los problemas que traen consigo el tráfico de drogas. Sin embargo, esa ansie-dad no se justifica si tenemos en consideración el hecho factual que año tras año se incrementa significativamente el presu-puesto para la seguridad de la frontera sur, donde se gasta muchísimo dinero a pesar de haberse reducido a niveles históricos el número de inmigrantes que cruzan la frontera.

En lugar de dialogar y buscar una solución al tema migratorio, el miedo y la cólera azuzados por ciertos comentaristas radiales y, de una manera deplorable, por decir lo menos, por un candidato presidencial hacen casi imposible que, a escasas semanas de los comicios presidenciales del 8 de noviembre, se entable el diálogo y prime una conversación productiva. Es más probable que ese diálogo, si se da, será después de las elecciones. Mas, hablar sobre el tema es hablar sobre la integración que es una mezcla de todo, un tema de vital interés nacional, como lo fue en su nacimiento como país de inmigrantes y como lo sigue siendo hoy, como ayer, amén de haber nacido a la luz de los ideales de libertad e igualdad de oportunidades para todos los que arribaron y arriban a estas tierras. Y que bien lo expresa su lema fundacional: E Pluribus Unum. Necesitamos una política migratoria integral para invertir en la integración, ergo, en el capital humano que es el componente crítico para modernizar el país. La migración no es un fenómeno nuevo –es tan antigua como las civilizaciones– y no es un fenómeno que nos aqueja solo a nosotros. Es un fenómeno global que no deja espacio al reduccionismo, ni mucho menos a un anquilosado punto de vista nativista.

A todo esto, en tres encuestas independientes a nivel nacional, los electores dicen abrumadoramente estar de acuerdo (87%, 78% y 88%) en que se apruebe una legislación que contemple una hoja de ruta hacia la ciudadanía para las familias y trabajadores indocumentados. En otras palabras, la mayoría de los ciudadanos están de acuerdo en que se queden los inmigrantes indocumentados y que puedan normalizar su vida y salgan de las sombras y el limbo legal en el que viven.  ¿Por qué? Porque prima un sentido común cristiano y entienden que la migración está también sujeta a la ley de la oferta y la demanda. Si enfocáramos el diálogo en los costos y beneficios de la inmigración la actitud sobre el tema sería positiva. Mas, eso no sucede. Hay, por el contrario, una total falta de respeto a los inmigrantes y a sus contribuciones, olvidándose de manera supina que la inmigración, en sí misma, sigue siendo parte fundamental de la urdimbre de nuestras vidas. La próxima elección presidencial será, para bien o para mal, un referéndum de lo que queremos ser como nación, de allí la vital importancia de mostrar liderazgo, con el ejemplo, registrándonos para votar y acudir a las urnas a emitir un voto responsable.